Agolpados a la puerta: “La justicia: como una semilla que germina”

  •    Diciembre 15 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J. reflexiona en torno a la lectura del Evangelio para el domingo 17 de diciembre del presente año y señala que con Jesús, se hace imposible identificar la justicia como rasgo primordial de Dios. “De la única manera que podríamos hablar de la justicia como algo emparentado con Dios sería afirmando, de forma categórica, que la misericordia es la justicia de Dios.”


Que haya justicia siempre será un deseo de la humanidad. Sin embargo, no hemos sido capaces, hasta la fecha, de establecer instituciones que garanticen, en todos los casos, un tratamiento justo de quienes tengan que someterse a las mismas. Si pasa el tiempo sin que logremos mecanismos cualificados que permitan la construcción de una sociedad justa, deberíamos preguntarnos qué está fallando en los aparatos de justicia y qué modificaciones se requieren.

Los organismos de justicia internacional y cada nación en particular intentan, de muy diversos modos, hacer el mejor esfuerzo. Los resultados, muchas veces, estarán amarrados a ideologías políticas, religiosas o culturales; en otros casos la justicia claudicará ante la fuerza del dinero o del poder; se sabe también que puede terminar limitada por la fuerza de un solo caudillo, que sin dependencia de criterios externos la lleva a su más interesada expresión.

Las instituciones judiciales, como todo, tienen una historia. Nacen en un momento concreto e inician un camino de perfeccionamiento sostenido por la experiencia misma y los nuevos conocimientos que enriquecen las posibilidades de lograr los objetivos que se persiguen. Ante asuntos muy puntuales, es innegable el resultado positivo de las instituciones judiciales, de tal modo que en uno u otro caso puede decirse, con certeza, se hizo justicia. Sin embargo, la realidad de las relaciones humanas globales sigue atravesada por una multiplicidad de injusticias. Hoy por hoy es todavía más fácil reconocerlas debido a los instrumentos de información instantáneos que, en tiempo real, dan cuenta de la dolorosa realidad.

A pesar de todo, este domingo escucharemos de nuevo el texto de Isaías afirmando que el Señor hará que triunfe la justicia (Isaías 61, 11). Se escribió hace muchos siglos y, sin embargo, lo seguimos leyendo insistentemente, perplejos, al constatar el contraste tan grande entre una realidad plagada de injusticias y un anuncio lleno de esperanza.

Con frecuencia escuchamos decir que existe una justicia divina y una humana. Se cree que la justicia divina será rigurosa, sobre todo en aquellos casos donde la justicia humana se ha quedado corta o simplemente ha claudicado en su propósito. De este modo, la rabia acumulada en muchas personas ante la imperdonable injusticia humana, termina encontrando una salida tejida de esperanza, pues resulta obvio para el creyente que la justicia divina no dejará sin castigo la iniquidad.

¿Será correcta esta manera de pensar? ¿Tiene cabida dentro del pensamiento cristiano un Dios radicalmente justo, que lleva cuentas de las maldades y equivocaciones del ser humano? Parece fácil deslizar la respuesta a un sí rotundo. Sin embargo, lo que nos muestra Jesús con respecto a “su Padre” gira en otra línea. Los rasgos del Dios que alimentan y construyen la comprensión que tendrá Jesús de la realidad se encuentran indudablemente insinuados en las Escrituras. Seguramente, fue la escucha frecuente de textos como éste de Isaías -donde se afirma que la justicia de Dios triunfará-, lo que determinó y cualificó la experiencia espiritual de Jesús.

Ahora bien, el modo como el triunfo de la justicia de Dios aparece o se establece, según Isaías, se equipara con un hecho natural que fácilmente podemos observar: la germinación de las semillas o el florecimiento de un jardín. De cierta manera nos encontramos ante una dificultad: todos podemos contemplar con paciencia y asombro la germinación de unas semillas o el florecimiento de un jardín, pero pocos sabemos a ciencia cierta –o tal vez si lo supimos lo hemos olvidado- cuál es el proceso interno natural que opera en las semillas y en las flores, permitiendo su germinación o su florecimiento.

La ciencia biológica afirma, pues, que la germinación es un “proceso”. Aquí encontramos un primer elemento para considerar. Si es un proceso, quiere decir que toma tiempo. No es algo que ocurra de manera instantánea. No es fruto de un hecho mágico o milagroso. En el proceso, el embrión se convierte en planta.

Existe, por tanto, un momento embrionario de la justicia, momento de inicio en el que el embrión se hincha hasta romper la cubierta, dando paso a la planta que se encontraba contenida ya en el embrión. Al proceso, en sí mismo, sólo le interesa mantener activo el mecanismo por el cual aquello que está contenido en el embrión se convertirá en planta. Hay factores externos que pueden incidir positiva o negativamente en el proceso (temperatura, agua, dióxido de carbono y sales minerales), pero en condiciones normales, lo que genéticamente dinamiza al embrión es la tendencia natural a convertirse en planta.

Palabras más, palabras menos, todo lo dicho se ha realizado en Jesús. En el origen del ser humano llamado Jesús, está Dios como fuente de vida. El proceso de germinación es aquel que lleva a Jesús a la plenitud de su condición humana, algo que no dista de su condición divina. Se alcanza haciéndose naturalmente dócil al desarrollo genético de los rasgos más determinantes de quien está en el origen de su propia existencia: Dios mismo. Se han requerido factores externos: una madre como María, un padre como José, una realidad de pobreza e injusticia social como aquella de su tiempo, una posibilidad de alimentar el espíritu desde una tradición tan consolidada como el judaísmo. ¿Qué fue lo que floreció en Jesús de manera destacada, como fruto del proceso de germinación que lo llevó realizarse plenamente? Desde nuestra experiencia de fe afirmamos que fue la misericordia. Para desilusión de muchos, lo que aparece no es la manifestación de la justicia divina que vengará todas las injusticias humanas. Al contrario, lo que brota es una misericordia “infinita” que nos desconcierta, y nos hace conocer la dificultad que tenemos para alcanzar en toda su plenitud aquello mismo que Jesús alcanzó.

Pero hablamos de la dificultad, no de la imposibilidad. El proceso que movilizó a Jesús desde dentro de sí mismo, es el proceso que nos está movilizando a todos nosotros desde que fuimos traídos a la vida. Es un proceso que se deja afectar positiva o negativamente por las realidades sociales, económicas, políticas, culturales, religiosas y medioambientales. Lo que vivió Jesús no fue un proceso exclusivo. Si lo fuera no sería buena noticia. Muchos hombres y mujeres, incluso en medios nocivos para un adecuado proceso de germinación, han logrado desplegar plenamente sus existencias convirtiéndose, a su modo, como lo pedía Jesús, en luz del mundo. Hay una gran paradoja en nuestra experiencia de fe: reconociendo a Jesús como alguien excepcional, Hijo de Dios por excelencia, asumimos, al mismo tiempo, que no lo fue en exclusiva y que, por lo tanto, estamos invitados a dejarnos llevar del proceso de germinación en el que se manifestará, también en nosotros, el rasgo de la misericordia que identifica a Dios de la mejor manera.

Tal vez nos cueste comprenderlo: con Jesús, se hace imposible identificar la justicia como rasgo primordial de Dios. De la única manera que podríamos hablar de la justicia como algo emparentado con Dios sería afirmando, de forma categórica, que la misericordia es la justicia de Dios.

Desde ese punto de vista, la búsqueda de lo que llamamos justicia, en el ámbito cristiano, no puede sino entenderse como un despliegue de la misericordia. En general, todo ser humano dedicado a actuar con iniquidad, es alguien afectado internamente en su proceso de germinación humana y, por tanto, divina. Las instituciones públicas habrán de contemplar el tratamiento adecuado que se debe dar a dichas personas. Por su parte, los cristianos, movidos por el espíritu de Jesús resucitado, solo tenemos una opción: tratarlos y mirarlos con misericordia. Una frase de la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses me parece digna de ser resaltada para terminar esta reflexión: “Esto es lo que quiere Dios de ustedes” (2 Tesalonicenses 5, 18).