Dios se volvió loco

  •    Diciembre 19 de 2017
  •    Gustavo Jiménez Cadena, S.J.

En su artículo de opinión, el P. Gustavo Jiménez Cadena, S.J. señala que Dios es amor, fue el inventor del amor, se sometió a las leyes del amor y cometió una locura, que nunca acabaremos de comprender: “Dios resolvió acercarse a nuestro mundo, a nosotros sus hijos queridos, hasta hacerse como uno de nosotros. ¡Dios se volvió loco!”


Si el título de este artículo le pareció escandaloso, le ruego que lo lea en su totalidad y con atención. Tal vez así no le resulte tan chocante…

Navidad no es simplemente una fiesta de luces multicolores, de festivos villancicos, de baile y rumba, de buñuelos, tamales y natilla, de intercambio de regalos. Tiene un sentido mucho más hondo. Es muy posible que las ramas nos impidan ver el bosque, que las chispas nos tapen el resplandor de la fogata y que el revoltijo de tantas músicas no nos deje saborear la dulzura de la melodía.

Los invito a hacer un esfuerzo para penetrar, con la ayuda de Dios, en el significado profundo de la Navidad. La llamamos “Nochebuena”, pues es la más buena de todas las noches buenas.

Navidad es el recuerdo agradecido de un acontecimiento histórico que afecta a toda la humanidad, que nos afecta a cada uno de nosotros. El ángel les dijo a aquellos hombres que cuidaban las vacas y las ovejas en la montaña: “Les traigo una magnífica noticia, una gran alegría: hoy les ha nacido un Salvador”. Y les dio una señal desconcertante: “encontrarán un niñito envuelto en pañales y acostado en una pesebrera”.

Nuestra fe cristiana reconoce en ese bebé a nuestro Dios, el creador y dueño de todos los mundos, al inventor de la vida. Le decimos el Niño-Dios ¡Dios y a la vez niño! ¿Es esto posible? ¿Un niñito, a quien reconocemos como nuestro Dios, chillando y pataleando en el fondo de una canoa, entre los restos de la comida de unos animales?

Esto es una locura: una escena que escandaliza a los “inteligentes” de todos los tiempos. Quiero decir a los orgullosos que se creen inteligentes... Siglo y medio después del nacimiento de Jesús, el hereje Marción se rebelaba contra la narración del evangelista Lucas: “Quítenme esos pañales vergonzosos y esa pesebrera, indignos del Dios a quien yo adoro".

La grandeza de nuestro Dios está en su pequeñez... Y en la pequeñez está su grandeza. Su mamá fue una campesina de Galilea, pobre e ignorada del gran mundo, que se llamaba María; pero a los ojos de Dios, era la bendita entre todas las mujeres que han existido y existirán.

Se dice, y no sin razón, que el amor es loco. Los enamorados son propensos a cometer locuras: locuras incomprensibles para quien razona con tranquilidad. Es que el amor no se entiende con el cerebro sino con el corazón. Por ello Dios, que es amor y fue el inventor del amor, se sometió a las leyes del amor y cometió una locura, que nunca acabaremos de comprender: Dios resolvió acercarse a nuestro mundo, a nosotros sus hijos queridos, hasta hacerse como uno de nosotros. ¡Dios se volvió loco!

San Juan utiliza un lenguaje que puede parecer rudo: “El Hijo eterno de Dios se hizo carne”. ¡Carne! Tuvo un cuerpo como el de cualquier hombre o mujer. Empezó a vivir, casi microscópico, en el vientre de la mamá. Unas semanas más tarde, aunque allí escondido nadie lo podía ver, sabemos que se parecía a un renacuajo. Y siguió creciendo hasta que pudo salir de la barriguita de María, como un muñeco vivo de carne; y lo acostaron en la pesebrera de los animales.

Y empezó una vida enteramente humana, nos predicó la buena noticia de salvación y terminó muriendo como un criminal, clavado de pies y manos sobre un palo vertical y otro horizontal. ¡Una locura!

Sí, una auténtica locura, una insensatez. A la que, si se quiere, se le puede dar un nombre más técnico: el nombre de “misterio”: ¡Un misterio de amor!