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Espíritu Santo, tan antiguo y tan nuevo

  •   Domingo Mayo 20 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Pascua

El Espíritu Santo, enriquecido sin lugar a dudas por la encarnación, está presente en toda la historia de la salvación. Es dimensión esencial del pensamiento religioso pues es la presencia actuante en el ser humano; es decir, la única forma de trascendencia de Dios en el hombre.


En el cristianismo da forma a la teología, la iglesia, la espiritualidad, la liturgia, los sacramentos, etc. Es lo invocado de manera explícita o implícita en cada oración, súplica, alabanza, petición. En Lucas es la respuesta universal a toda petición: lo que Dios puede darnos es el Espíritu; nada más pero tampoco menos. En el Antiguo Testamento a menudo no es posible diferenciar entre la palabra (davar, en hebreo) y el Espíritu (ruaj, en hebreo). La palabra de Yahvéh es viva y tiene el poder santificador del Espíritu. Jesús es engendrado por el Espíritu en Lucas y Mateo y es la palabra (verbo, logos) encarnada en Juan. No solamente el Espíritu habla en la palabra escrita (Torah) sino en la palabra vida de los profetas así como en la palabra sugerente y poética de los salmos.

Sin el Espíritu la palabra escrita no pasa de un texto corriente de literatura y la palabra hablada de un regaño de los profetas; no hay interpretación sin el Espíritu actuando en el lector o el oyente. Tan novedoso aparece el Espíritu que se marcan ciertos momentos de manifestación especial como si antes no estuviera actuando. Así, en le vida de Jesús se habla del momento del bautismo en el Jordán, pero como antes se dijo, ya en la encarnación misma ha hecho presencia. Desde el momento del bautismo, ya la expresión del Espíritu es tangible en la vida de Jesús; es decir, oír a Jesús es oír al Espíritu; ver a Jesús es ver al Espíritu, seguir a Jesús es seguir al Espíritu. El Espíritu lo impulsa al desierto, a predicar la buena nueva a los pobres, a curar, a expulsar demonios, a enseñar. No es que sean dos diferentes: Jesús y el Espíritu como puede pensarse al llamarlos “persona” sino que forman una unidad . Jesús ora en el Espíritu y Pablo nos dice que sin él ni siquiera podemos llamar Abba a Dios; incluso que el Espíritu ora en nosotros con gemidos indecibles (algunos autores los llaman iluminaciones, inspiraciones, diálogo interior, mociones).

Si el ideal evangélico se contiene en las Bienaventuranzas, que son como las notas autobiográficas de Jesús, entonces desprenderse de sus propios intereses y vivir bajo la inspiración del Espíritu sería la consumación de «bienaventurados los pobres en el Espíritu, porque de ellos es el reino de Dios» (Mat 5:3). Podríamos decir que en el Espíritu nunca podemos ser ricos porque no puede acumularse nada; la inspiración es como la gracia, para actuar en el momento. Si no la usamos se desvanece. Como las vitaminas que entran en el cuerpo y si no se aprovechan se expelen como residuos inútiles. En el momento final de la muerte de Jesús, en el evangelio de Juan, se nos dice que Jesús entregó su Espíritu, como si fuera algo prestado. Lo más suyo no era suyo sino del Padre. Así se concibe en el Génesis el espíritu (soplo, ruaj) de Dios para que el hombre viva. Pertenece siempre a Dios. Al hombre le pertenece su corazón, sede de sentimientos, alegrías, intenciones y tristezas. En la oración judía de la mañana, llamada Modeh ani, se da gracias a Yahvéh así: “Gracias porque me has devuelto el Espíritu”. Ese es el que es novedad cada mañana y no el sol que sale hoy como salió ayer y saldrá mañana. Pero con la resurrección, ahora el Espíritu es el que supera la tumba, llena a los discípulos y a las mujeres que llegan con especias a la tumba, impulsa a los apóstoles a la predicación, les recuerda las palabras de Jesús y los guía a la verdad plena.

Es tan singular la idea del Espíritu, que estrictamente hablando solamente Dios lo es; que en las Escrituras se usan a menudo símbolos: dedo de Dios, poder, luz, nube, reino o imágenes de los efectos en el creyente: paz, alegría, mansedumbre, compasión, sabiduría, consolación, valor. Juan afirma, en el diálogo con la Samaritana, que la adoración de Dios se hace en Espíritu y verdad, desligándola del culto en Jerusalén y Garizim. En las oraciones sacramentales (en todas aparece de una u otra forma) la fuerza actuante es el Espíritu en la persona; son las epiclesis o invocaciones. Así como puede definirse la Iglesia como el cuerpo de Cristo, igualmente puede definirse como Templo del Espíritu que habita en la comunidad y en cada creyente. Así, el Espíritu permite un balance entre, de un lado, los principios, tradiciones, sacramentos, liturgia y formas canónicas, y, de otro lado, los principios de libertad cristiana, creatividad, responsabilidad personal, integridad humana, comunidad local, carismas, estructuras y asegura una relación vertical entre el creyente y Dios, entre lo local y Jesús universal. Este balance no se alcanza en un momento y para siempre, sino que se renueva continuamente.

La inspiración del Espíritu no puede codificarse sino encarnarse en tiempos, lugares y personas. La verdad del Espíritu encarna novedades difíciles de congelar o petrificar en fórmulas dogmáticas. El dogma, en general, se define para combatir ciertas herejías y establecer marcos para la fe ortodoxa. La tradición cristiano no es solamente mantener una suma de afirmaciones tenidas por ciertas sino la realidad viva transmitida por la comunidad bajo el efecto del Espíritu que las adecua a la vida. Las afirmaciones las conserva un libro, la vida una comunidad creyente. Las palabras mismas del Evangelio son las garantes de que la acción es del Espíritu, pues no puede ir en contra del Espíritu de Jesús. Precisamente muchos grupos pentecostales, exaltando el Espíritu en la comunidad, pueden terminan olvidando el mensaje de Jesús quien no vino solamente a llenar a los fieles de alegría o entusiasmo, sino a moverlos a la misericordia y la compasión por los desvalidos. El Espíritu derrama nuevos carismas que incluso pueden sacudir nuestras formas tradicionales de vivir la vida cristiana. Se trata del carisma profético que nos invita a la conversión, al cambio o nos alerta sobre la “mundanización ” de la fe.

Es a través del Espíritu como mejor podemos entender lo que dice Pablo de que Jesús es cabeza de la Iglesia. Entendida como persona, cualquiera que sea, terminaría en un cuerpo deforme. Jesús, en cambio, irriga como la sangre todos los miembros y les lleva vida. Por el Espíritu es cabeza en este sentido de fuente de todo. En hebreo cabeza (rosh) era el origen o nacimiento de una corriente de agua. Es “cabeza” en toda la Iglesia y en cada miembro. La continuidad de la Iglesia en el tiempo es la acción del Espíritu del Resucitado. El Vaticano II favoreció una mirada más profunda a la acción del Espíritu, pues como decía Yves-Marie Congar, el Espíritu parecía antes una espolvoreada de azúcar sobre tortas cuando el azúcar debía ir dentro. El Espíritu era lo que endulzaba desde antiguo, endulza hoy y en el futuro.