El reto para los comunicadores de inspiración ignaciana, ante un universo de plataformas tecnológicas de comunicación, estará en conectar más corazones que perfiles de usuarios.

 

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Redes sociales: un amor inmediato

Si la idea de red social, en su estricto significado, ha estado ligada a nuestra existencia humana desde el inicio, ¿cuál es la novedad de las plataformas recientes como Facebook, Twitter e Instagram, entre otras?

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Redes sociales: un amor inmediato

Si la idea de red social, en su estricto significado, ha estado ligada a nuestra existencia humana desde el inicio, ¿cuál es la novedad de las plataformas recientes como Facebook, Twitter e Instagram, entre otras?


Estamos viviendo un fenómeno particular desde las dos últimas décadas respecto a la forma como nos comunicamos con los otros. Las redes sociales se han convertido en un tema central y necesario para las estrategias comunicativas de las empresas así como para las relaciones personales de sus usuarios. Ahora, al pensar en redes sociales, es frecuente asociarlas con marcas de empresas como Facebook, Twitter, Instagram, entre otras. ¿Una red social es una marca? Tal vez no haya justicia al reducir un concepto tan complejo, rico en significados y necesario, a una marca comercial que pueda tener fines distintos al de tejer redes entre personas.

¿Qué es, entonces, una red social? Las mismas dos palabras permiten pensar que, ciertamente, es un concepto que está lejos de ser un fenómeno de dos décadas atrás. La pregunta por ser y hacer una red social está ligada, en esencia, a cualquier ser humano que se pregunte por la relación con sus otros. Si se tiene claro el rumbo que se quiere y se necesita al ser y hacer red, el instrumento tecnológico o la marca comercial son temas secundarios; importantes pero no prioritarios. Es común encontrar propuestas comunicativas donde la prioridad cambia y pasa a primer lugar la preocupación por dominar y abarcar la mayor cantidad de plataformas tecnológicas. Se suele escuchar que “si no estás en redes sociales, no existes”. Eso, en términos pragmáticos comerciales, puede ser cierto, pero la invitación es también a pensar en cómo se existe. No sirve de nada “existir” en múltiples plataformas si lo que se comunica en estos canales no habla de quién es el que habla. Eso también es “no existir”.

Si la idea de red social, en su estricto significado, ha estado ligada a nuestra existencia humana desde el inicio, ¿cuál es la novedad de las plataformas recientes como Facebook, Twitter e Instagram, entre otras? Es la inmediatez, que no es lo mismo que el afán. Hoy, en un mundo hiperconectado, tenemos la oportunidad de asumir con optimismo y esperanza el riesgo de ser inmediatos. Entendido desde nuestra espiritualidad ignaciana, la inmediatez es vivir los ritmos humanos con liberalidad, con una generosidad profunda que nos permita amar siempre, en todo momento. ¿Acaso esa no es la manera como Dios nos ama? En correspondencia con ese amor, nuestras comunicaciones deben estar al servicio de todos, hoy y ahora. El afán, por el contrario, es proceder sin tener claro ese horizonte de servicio generoso; es responder de forma reactiva, lo que pone en riesgo la toma de conciencia del sentido de lo que estamos comunicando.

Son innumerables los casos de uso de plataformas tecnológicas de comunicación que, en vez de ayudar a tejer redes, lo que hacen es aportar a deshilar las frágiles relaciones humanas en contextos donde una palabra de más o una pequeña omisión puede hacer la diferencia entre escoger la vida o la muerte. El argumento en defensa de varias de estas marcas comerciales, ante casos trágicos de sus usuarios, se limita a decir que sus plataformas solo funcionan como medio para decisiones que toma cada persona libremente. Eso es verdad, pero también es cierto que detrás de estos medios hay, de igual manera, personas que podrían asumir una postura ética frente a sus plataformas y tomar decisiones en beneficio de desescalar las tensiones. Es en esas coyunturas donde se prueba realmente qué tan red es esa sociedad conectada, o qué tan social es esa red.

El reto para los comunicadores de inspiración ignaciana, ante un universo de plataformas tecnológicas de comunicación, estará en conectar más corazones que perfiles de usuarios. Si lo que comunicamos realmente seduce el corazón de nuestros seguidores, la herramienta con la que lo hagamos será solo eso, una herramienta. Necesitamos, entonces, dominar lo tecnológico solo con el fin de evitar distracciones sobre lo esencial. Seamos en nuestras redes sociales unas verdaderas sociedades en red.