Homilía de Monseñor Juan Vicente Córdoba Villota en la ordenación presbiteral de Mauricio Mosquera, S.J. y Diaconál de Jonathan Marín, S.J.

  •    Agosto 15 de 2019
  •    Monseñor Juan Vicente Córdoba, S.J.

Compartimos la homilía de Monseñor Juan Vicente Córdoba Villota el pasado 27 de julio de 2019 en la Iglesia de San Ignacio.


Querido Padre Provincial Carlos Eduardo Correa, S.J., padre Gerardo Villota, S.J., Delegado para la formación, padre Germán Bernal Rector del Templo de San Ignacio de Loyola, queridos padres y hermanos Jesuitas, amados hermanos, Jonathan Marín S.J., Mauricio Mosquera, S.J., que serán ordenados hoy, queridas religiosas, religiosos y sacerdotes diocesanos aquí presentes, padres y hermanos Jesuitas, hermanas y hermanos en el bautismo de nuestro Señor Jesucristo.

Con inmenso gozo y alegría nos reunimos en familia, en este hermoso templo de San Ignacio de Loyola, nuestro patrono, fundador e intercesor, para la ordenación presbiteral de Mauricio Mosquera y la ordenación diaconal de Jonathan Marín.

Estos candidatos rodeados del cariño y del afecto de los suyos, de los miembros de su amada Compañía de Jesús y de un selecto grupo de sus más directos amigos, conscientes de lo que esto significa, se presentan aquí y ahora para recibir este sacramento, para servir a Jesucristo nuestro Señor y a su esposa la Iglesia bajo el Romano Pontífice en la Compañía de Jesús.

Querido Jonathan:
Como bautizado que eres, llamado por vocación específica al ministerio y hoy como diacono transitorio, vive de tal manera que tus enseñanzas sean alimento para el pueblo de Dios, que tu vida sea un estímulo para los discípulos de Cristo, a fin de que, con tu palabra y tu ejemplo, se vaya edificando la casa que es la Iglesia de Dios.

El diaconado, con la expresión usada de los hechos de los apóstoles, significa precisamente servicio y servidor. Sea el diaconado permanente, es decir, vocación explícita a ese estado y no al presbiterado, o el diaconado transitorio, como vocación al diaconado y al presbiterado como un solo llamado. En ambos la persona estará siempre presta al servicio de la Iglesia, en diligente asistencia en las celebraciones litúrgicas, en esmerada caridad con los más necesitados, según las necesidades de la parroquia, sean sacramentales o pastorales y en la administración de los quehaceres eclesiales que coordine el pastor.

Querido Mauricio:

Hoy das un paso al frente para responder con libertad y alegría el llamado que Jesucristo te ha hecho para recibir el mismo sacerdocio del Señor, de manos del Obispo como delegación y participación del ministerio sacerdotal del sumo y eterno sacerdote, nuestro Señor Jesucristo.

1. El sacerdote es pastor de una comunidad eclesial, es hombre de Iglesia. Por el bautismo quedó incorporado a la Iglesia, pero por el sacramento del orden, le da el fundamento y origen de la eclesialidad de su ministerio, que recibe de la Iglesia y, por ésta, es puesto como pastor y guía del pueblo de Dios. La relación del sacerdote con la Iglesia se enraíza en la identidad del sacerdote con Cristo, cabeza de la Iglesia.

2. El sacerdote es pastor de una comunidad de fe, que sirve y guía a la comunidad cristiana, y debe tomar conciencia de que el factor constitutivo de la comunidad a la que sirve es la fe, y ésta, es también el factor constitutivo del ministerio pastoral que realiza. Por eso, el sacerdote es testigo de fe para la comunidad y es a la vez educador de la fe.

3. Mención especial merece la responsabilidad educadora del sacerdote en relación a la catequesis, que es de por sí “una acción educativa” que afecta a toda la comunidad. Consecuentemente, el pastor de esa comunidad ha de asumir responsablemente la función de catequista y formador de catequistas, desde su propia función de guía de la comunidad.

4. El sacerdote es maestro de la palabra. El Papa Juan Pablo II en su encíclica “Pastores dabo vobis”, nos dice: “en una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo cabeza y pastor, y en su nombre”.

5. El sacerdote es pastor de una comunidad que celebra la fe. Toda celebración litúrgica por ser obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia. El sacerdote que preside la acción litúrgica ha de imbuirse, en las profundidades del misterio que celebra, por eso debe comprender lo que celebra, vivir la vida litúrgica y comunicarla a los fieles.

6. El sacerdote es pastor de una comunidad encarnada. No puede en manera alguna, olvidar sus raíces de pertenencia al pueblo del que ha sido elegido para servirlo. Descubrir la relación existente entre origen, elección y misión es fundamental para la toma de conciencia del que el sacerdote no es para sí sino para todos. El sacerdote ha de ser profundamente humano, con una preocupación y amor especial por los más pobres, que no supone exclusión de nadie de la comunidad, pero ciertamente, mucho menos debe suponer exclusión de los pobres. Una postura pastoral de gran calado espiritual es que el sacerdote examine con frecuencia cuál es su actitud relacional con los pobres, para así integrar en la propia caridad pastoral la preocupación prioritaria por ellos.

Dejémonos iluminar por la Palabra de Dios y procedamos guiados por el Espíritu del Resucitado.

El Profeta Jeremías en su pobreza, debilidad y sentimiento de inseguridad ante la Misión recibida exclama en su íntima unión con Dios: “Me sedujiste Señor y yo me dejé seducir, me has tomado y me has vencido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban”. “Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre” Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía.

Ante tan abrumadora llamada con la imposición de manos para ser otro Cristo y obrar en Persona de Él, emergen de inmediato los sentimientos de inferioridad e incapacidad para tan arrolladora y sublime Misión.

Unimos nuestra voz a la del Profeta para expresar el sí del neodiacono y el neopresbitero: “nos sedujiste Señor y nosotros nos dejamos seducir”, porque contamos con tu amorosa gracia, tu segura cercanía y tu infinita misericordia.

Celebrando la fiesta de nuestro Fundador San Ignacio de Loyola dejemos resonar en nuestro interior, que todo nuestro Ministerio esté motivado y llevado a la acción, para en todo extender por el mundo la buena noticia del Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, en la carta de San Pablo a Timoteo, el apóstol expresa su debilidad y su pecado que contrastan en una maravillosa experiencia salvífica con la infinita misericordia del Padre obrada en Cristo nuestro Señor, quien no solo se apiada, perdona y ama, sino que nos elige como somos para colaborarle en la misión de salir en búsqueda de las ovejas perdidas, de los alejados y de las almas frías, para que no se pierda ninguno. Nosotros pecadores somos objeto de la mirada amorosa de Dios y Cristo cree y confía en nosotros para realizar con él la gran obra evangelizadora de salvación. Dice San Pablo: “  Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero precisamente por eso Dios fue misericordioso conmigo, a fin de que en mí, el peor de los pecadores, pudiera Cristo Jesús mostrar su infinita bondad”.

Por eso nos unimos al salmo 88 que acabamos de escuchar para decir: “cantaré eternamente las misericordias del señor,
y anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

El evangelio de San Juan nos introduce en una maravillosa aventura de amor loco por Cristo, de tal manera que esta misión y consagración que hoy reciben estos jóvenes hermanos, si no es motivada e impulsada con un profundo amor a Jesucristo, está destinada a fracasar, porque el motor de toda esta gesta salvífica, es el padre amoroso que envía a su hijo que por infinito amor realiza la salvación y nos deja al Espíritu Paráclito, el abogado consolador, quien nos explicará todo. Escuchemos el evangelio de Juan: “Jesús le contestó: El que me ama de verdad se mantendrá fiel a mi mensaje; mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada. Por el contrario, el que no me ama no se mantiene fiel a mi mensaje. Y este mensaje que os transmito no es mío; es del Padre que me envió. Os he dicho todo esto durante el tiempo de mi permanencia entre vosotros. Pero el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis cuanto yo os he enseñado y os lo explicará todo.”

Muy queridas familias de los nuevos ordenandos. Por imposición de las manos del Obispo, a sus hijos les será conferida la ordenación presbiteral a Mauricio y diaconal a Jonathan. Reciban mi cercano y caluroso saludo, con una efusiva felicitación porque el Poderoso también ha hecho muchas obras grandes en ustedes. Gracias por su generosidad con Dios, con la Iglesia y con la Compañía de Jesús, al entregar decididamente, por requerimiento del Señor a sus amados hijos y hermanos, quienes voluntariamente aceptaron su invitación. Que Dios los colme de bendiciones.

Que María santísima nuestra madre y nuestro padre San Ignacio de Loyola los ponga con Jesús en un clima de cercanía, amistad y encuentro personal, para que colaboren en la misión apostólica que la Compañía presta a la Iglesia, que está en salida, para que no se pierda ninguno, como nos lo pide el Papa Francisco. Que así sea.