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Abrir la mano contrario a la naturaleza

  •   Domingo Noviembre 11 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El hombre, como ser de la naturaleza, que evolucionó y sigue evolucionando con ella, tiene una tendencia innata de apañarse con lo que encuentra a su alcance (o lo lejano con las facilidades modernas) de tal manera que se centra en sí mismo. Como el resto de los animales, tiende a no soltar lo que agarra con cualquiera de sus miembros.


Es claro en el niño que todo se lo lleva a su boca y nos dice la sicología evolutiva que es su forma de conocer el mundo. Cuando adulto, recoge cosas, personas y a sí mismo y las retiene para su satisfacción personal. Al ser racional, resulta más peligroso que el resto de los animales, que ponen un límite a su deseo cuando están biológicamente satisfechos.

El hombre por el contrario, no está nunca satisfecho y retiene bienes tangibles e intangibles: poder, prestigio, saber, orgullo, dones, además de tierras, cosechas, dinero, esclavos, cónyuge, hijos, recursos necesitados por los demás y necesarios para los demás. No hay animales ricos y pobres, buenos y malos, dominadores y esclavos como si los hay y ha habido entre los hombres. El evangelio no tiene soluciones mágicas para esta tendencia innata del ser humano, diferente a los consejos: compartir en vez de acumular, servir en vez de buscar poder, enseñar en vez de engreírse. Precisamente Jesús es el que vive para los demás y no para sí mismo y por esto dice Pablo que es igual en todo a nosotros menos en el “pecado” (egoísmo).

El evangelio de hoy nos presenta dos características de los fariseos, aunque pueden ser aplicadas a muchos otros grupos o personas. Buscaban el prestigio en las plazas, las sinagogas y los banquetes con la estrategia de hacerse vistosos con algunos adornos simbólicos de la piedad judía. Alargaban los flecos que simbolizaban, en número de cuatro colgantes del manto, los mandamientos divinos; agrandaban las filacterias que eran cajoncitos atados al brazo y la frente cuando se ora; usaban vestidos vistosos que los hacían ver recatados y puros (ritualmente).

Se dice que imitaban a los sumos sacerdotes en su función en el Templo. Era como una procesión en vivo de la “santidad” judía. Era la ambición de la fama, el honor, el buen nombre lo que los movía, pues igualmente utilizarían dar limosna con retintín de campanas, oración pública en plazas, ayuno con desfiguración del rostro. Pero no se limitaban a esa sola ambición. También lo religioso lo utilizaban para alimentar ambiciones económicas. Con largos rezos esquilmaban a las viudas, que era tenidas por representantes de los pobres de Israel. Viudas, huérfanos y extranjeros era la metáfora de quienes debían ser auxiliados en el judaísmo. Se hacían pagar bien sus recomendaciones y consejos explotando sin escrúpulos la hacienda de las viudas.

Como en otros comentarios se ha dicho, los fariseos tienen mala prensa en los evangelios, pero tiene sentido que la comunidad cristiana los incluya precisamente por ser los más religiosos. Los otros grupos como los saduceos, zelotes, esenios eran aún peores en su religiosidad y comportamiento público. Criticarlos pasaría por una perogrullada. Además, muchos cristianos se sentirían tentados a proceder como los fariseos, pues eran los más atractivos.

Para algunos comentaristas si reemplazamos fariseo por “algunos cristianos” el evangelio puede tomarse como material para un auto-examen o examen de conciencia: “Guardaos de los cristianos que acaparan saludos y primeros puestos en los banquetes y celebraciones; devoran viudas con rezos”. El bien, mientras más anónimo parece ser más cristiano. Reclamar fidelidad a Yahvéh, aún de las personas más estimadas como los jueces y los reyes, era parte de la función de los profetas en el Antiguo Testamento. Jesús, como profeta, reclama fidelidad al evangelio para todos.

La misericordia implícita en la salvación debe reflejarse en misericordia en esta vida; si implica juicio no es de condenación sino de advertencia, de invitación a la conversión que es tarea de todos. Aunque se cierre la puerta para orar, se haga limosna con la derecha sin que lo sepa la izquierda, se perfume la cabeza para ayunar, puede colarse un orgullo poco sano en la persona buena; hasta puede existir un orgullo en la humildad visible. Jesús invita a ser “limpios de corazón”. Los monjes del desierto tuvieron que luchar contra sus pasiones aunque vivieran en solitario, sin que nadie los viera.

Jesús era un defensor incorruptible de los pobres y de los oprimidos, y un acusador implacable que desenmascaraba una falsa piedad. Los escribas y los fariseos tenían un deber mayor por ser mejor conocedores de la Torah (sabiduría propia de Israel). Algo similar deben considerar los cristianos. Su fe no les da superioridad sobre los demás sino compromiso de servicio. Quien proclama las exigencias de Dios, debe tener en cuenta que el primer implicado es él mismo; bien porque cumpla tales exigencias o porque se esfuerce por cumplirlas que es la conversión permanente. La ofrenda de la viuda es como una ilustración, una parábola en acción, una escenificación de lo enseñado.

La viuda avergüenza a los que echaban monedas de cobre y a los ricos que echaban mucho porque tenían aún más. Nos recuerda las reparticiones de panes donde a partir de unos pocos panes y peces todos comen y sobra. Parece rendir más, en cuento a la misericordia, lo que aporta el pobre que lo que aporta el rico, pues el pobre da de su propia vida.

Si suponemos que el verdadero templo cristiano es el mismo creyente donde habita el Espíritu, el óbolo de la viuda se da al necesitado. En el Deuteronomio los diezmos y primicias eran primero que todo para el huérfano, la viuda y el extranjero y secundariamente para los levitas. Con Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, las ofrendas del Templo son para su boato y los levitas. Ya el judaísmo había perdido lentamente su contenido social, debido en buena parte a las invasiones.

El culto era a un Yahvéh abstracto y ritual; no al que vivía con el pueblo y para el pueblo. Dentro del recinto del templo, en el llamado atrio de las mujeres o lo gentiles —el que limpia Jesús—, se encontraba el gazofilacio o cámara del tesoro. Había trece cepillos (alcancías) en forma de trompeta. Los recipientes servían para recoger las ofrendas con distintos fines, incluso para las ofrendas libres sin ninguna finalidad concreta.

Los visitantes del templo no depositaban ellos mismos el dinero en los cepillos, como ocurre entre nosotros, sino que lo entregaban al sacerdote encargado, el cual lo depositaba en el arca correspondiente, según el deseo del donante. Así se explica que Jesús advierta la ofrenda de la viuda. Con el dinero allí recogido se ofrecían los holocaustos, se pagaba la leña, el incienso, los utensilios del Templo. La enseñanza que Jesús imparte a los discípulos, y con ellos a la comunidad posterior, es clara: la verdadera piedad es una entrega a Dios, un ponerse por completo a su disposición; no es tanto dar como darse que es lo que Pablo llama carisma.

No un don particular y extraordinario, sino la persona con lo sabe y puede. El rico daría de su abundancia y pensando que se la concedía Yahvéh por su piedad; la viuda, en cambio, no dio de lo superfluo, sino de su misma pobreza y de lo que le era necesario. Jesús en los evangelios no aparece propiamente dando limosnas, pues no tenía de dónde; pero aparece haciendo algo más profundo: dándose. Abrir no solamente la mano sino el corazón completo no es natural, no lo logra sino la gracia.