Aclarar la paz

Por: Francisco de Roux, S.J.
Mayo 14, 2015

Ante esta ausencia de claridad, hay que abundar en la explicación sobre las dos partes de este complejo proceso, en el que una cosa son los diálogos de La Habana en medio del conflicto, lo que los estudiosos de la paz llaman “hacer la paz”, peacemaking, y otra, “construir la paz”, o peacebuilding, que viene después y no se hace en La Habana.

Los diálogos de La Habana son solo la negociación para “hacer la paz” entre las partes confrontadas. No son un pacto para reestructurar el país, sino un intercambio exigente y difícil para lograr acuerdos sobre una agenda rigurosa de condiciones que ponen el Estado y las Farc para dar por terminado el conflicto armado, incorporando los requerimientos institucionales indispensables para que esas condiciones sean social y políticamente viables y jurídicamente seguras, y por lo mismo relevantes en el proceso participativo que seguirá después.

Estos diálogos, que no son un capricho personal del Jefe de Estado, sino un mandato dado por el pueblo al Presidente para terminar la violencia y el dolor de las víctimas, están necesariamente conectados con la construcción democrática posterior.

La tarea de “construir la paz”, después de La Habana, es un propósito de Estado y sociedad que requiere debates y consensos de largo plazo en todos los espacios significativos, pues se trata de hacer transformaciones con un contenido ético profundo para lograr entre todos y todas, desde nuestras diferencias, la nación que queremos y que solo será posible si estamos dispuestos a cambiar como personas, organizaciones e instituciones. Por eso implica un inmenso diálogo nacional, a partir de los territorios y no solo en Bogotá.

De hecho, este proceso ya está en marcha mientras se negocia en La Habana, pues el afán de transformaciones serias en democracia se evidencia en las movilizaciones sociales, en las muchas organizaciones por la paz y la reciente convocatoria a la asamblea nacional por la paz, de la USO, en el vigor de la Cumbre Agraria y sus componentes indígenas, negros y campesinos, en el clamor por la reforma de la justicia y del Congreso, en las declaraciones de importantes empresarios, en la visión del episcopado y la pastoral social de la Iglesia católica, y en las acciones por la reconciliación de otras confesiones religiosas.

Los dos momentos de “hacer la paz” y de “construir la paz” están unidos por la convicción de que los cambios que necesitamos no pueden lograrse mientras sigan la guerra y sus formas de financiación criminales y desestabilizadoras. Pues mientras en el debate legítimo por el poder político estén metidos los fusiles de los dos lados, guerrilla y paramilitares, no habrá democracia con autoridad moral soberana para cohesionar la nación en la tarea de superar nuestra profunda crisis espiritual, que se manifiesta continuamente en la violencia contra la vida; la inequidad, la exclusión, la corrupción y la impunidad.