Vivamos la alegría verdadera

Vivamos la alegría verdadera

Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

Hemos culminado el camino de la Semana Santa. Podemos decir que la de este año pertenece ya a la historia, al pasado, a lo ya vivido. Pero vale la pena preguntarse ¿qué nos dejó de especial esta semana mayor? ¿Ha cambiado en algo nuestra vida o seguimos igual que antes?

Quiero invitar a toda persona que lee esta columna a vivir la experiencia de la alegría verdadera, la que nace de saber que se tiene un sentido en la vida, que se está obrando con rectitud tanto en lo personal como en lo social, que se piensa con criterio de la búsqueda del bien común, que se hace todo lo posible para ser solidario, para sentir como propias las alegrías y tristezas de los demás, que la patria nos duele porque hay hermanos nuestros que sufren y queremos comprometernos a buscar caminos que ayuden a aliviar su dolor y su tragedia.

Cuando he escuchado el estribillo de un canto que se hizo muy conocido hace algunos años y lo repito mentalmente me doy cuenta de la fuerza que tiene para vivir la alegría verdadera “compartir, compartir con alegría”. He descubierto en esa expresión la fuerza para vivir de una manera diferente, para ser más solidario y darle un enfoque y un sentido nuevos a mi vida. He descubierto que esa verdadera alegría se vive y se expresa en el construir comunidad. Eso es compartir y eso es hacerlo con alegría.

Pienso en la experiencia de los discípulos después de la resurrección de Jesús: van construyendo comunidad, se van apoyando los unos a los otros, van cambiando la tristeza en alegría, se van comprometiendo en la misión que deben asumir como los testigos de la resurrección. Va uno descubriendo una fuerza interior que mueve y transforma, el amor que irradia e ilumina. Es la clave de las grandes cosas que marcan huella en la historia: hacerlas con amor. Jesús es el ejemplo sublime de amor, entregó su vida por nosotros.

Cuando sentimos que dentro de nosotros hay algo que cambia, cuando descubrimos que la vida se mira desde una perspectiva diferente, cuando encontramos que es más fácil brindar una sonrisa que un insulto o desplante, cuando sentimos el deseo de ayudar a quien está en necesidad, podemos decir que ha empezado a hacerse vida en nosotros la resurrección de Jesús y el mensaje que nos trae para que vivamos la alegría verdadera. Podremos decir entonces que la Semana Mayor dejó huella en nosotros.

Podemos sacar como conclusión de todo esto que la Semana Santa es un espacio privilegiado que debemos saber aprovechar, que estamos llamados a hacerla vida en lo ordinario y cotidiano de nuestra vida y de nuestro trabajo. Que ser cristiano no es algo ajeno a lo humano y que, por el contrario, están íntimamente conectados. Que la invitación es a saber vivir la cruz que aparece en nuestras vidas (Viernes Santo) y a saber vivir también la luz (Domingo de Pascua) que se expresa en la alegría y el compartir. Por eso, con razón y pleno sentido les digo a todos “feliz pascua de resurrección”. Que el Señor resucitado colme sus vidas de alegría verdadera hoy y siempre. Esto, en medio de las circunstancias que estamos viviendo. Hoy más que nunca necesitamos fortalecer la esperanza.