El Dios en quien creemos es comunidad

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Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

Celebramos este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. Podemos decir que es la fiesta que expresa la fe que profesamos, que nos hace sentirnos comunidad de creyentes, quienes se reúnen cada domingo en torno a la mesa del Señor para compartir el pan de la palabra y el pan de la eucaristía. Convocados por una misma fe, la celebramos y la hacemos vida en nuestros quehaceres diarios, los cuales forman parte de nuestra vocación.

Reconocer que nuestra fe es en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, es hablar de Dios como comunidad de amor, como el modelo y ejemplo de lo que debemos ser y como debemos vivir las personas. Dios que crea, es al mismo tiempo, el Dios que salva y redime, el Dios que ama y santifica. Comunidad que hace, como expresa San Ignacio, “redención del género humano por la encarnación del Hijo” que es la expresión de lo que nos dice el texto del evangelio de este domingo: “tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él”.

Dios, en la primera lectura tomada del Éxodo, se describe a sí mismo “yo soy el Señor, el Señor Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Pasando al terreno de la vida ordinaria la segunda lectura nos dice “vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes”. Esto se hace explícito cuando el mismo apóstol Pablo nos dice “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”.

Ese Dios en quien creemos es el Dios que camina con nosotros, es el Dios que se manifiesta en la historia personal y de todos, es el Dios de quien nosotros somos signo y presencia en un mundo marcado por los contrastes y los conflictos, es el Dios que nos invita a descubrirlo presente en los pobres, en los enfermos, en los necesitados, en aquellos que la sociedad margina y discrimina.

Es, al mismo tiempo, el Dios que llama a cada persona a realizarse plenamente en una vocación personal, puesta al servicio de los demás, bien sea como laico, sacerdote o religioso, como casado cristiano o como soltero, en las diversas profesiones y maneras de aportar a la construcción de una sociedad más justa y humana. Ese Dios se manifiesta y se revela, nos invita a ser como Él, pues hemos sido creados “a su imagen y semejanza”, llamados a construir comunidad.

Creer es algo profundamente existencial, que no se queda solamente en decirlo de palabra, es hacerlo realidad en lo cotidiano, en las obras diarias, como nos lo dice el apóstol Santiago “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no la demuestra con obras?... la persona es justificada por las obras, no por la fe sola. Pues así como un cuerpo que no respira es un cadáver, la fe sin obras está muerta”. Busquemos la coherencia entre lo que decimos y la manera como obramos, que seamos personas que damos testimonio por la vida más que por las palabras. El Dios en quien creemos es comunidad y nos llama a ser y vivir en comunidad. Es lo que celebramos este domingo y es lo que tratamos de vivir diariamente.