24 cuadros | J’ai perdu mon corps (Perdí mi cuerpo)

Foto de Josh Beaver en Pexels

Por: Pablo Ivorra Peñafort

Oficina Provincial de Comunicaciones

“Perdí mi cuerpo” (2019) es un largometraje francés de animación nominado al Óscar como mejor película de animación. Antes que nada, en el espíritu de esta columna de vivir el cine como una experiencia orante, la animación como género y técnica merece una consideración especial para reconocer su valor al ser contemplada. Para los lectores que no lo saben, una explicación de cómo se construye una animación de este tipo. Mientras que el cine tradicional –análogo o digital– se arma por la sucesión consecutiva de veinticuatro fotografías por segundo, la animación lo hace, en términos generales, basada en veinticuatro dibujos por segundo. En el primero, la cámara de cine resuelve la veloz captura fotográfica de forma mecánica y electrónica; en el segundo, cada cuadro es manualmente construido por las manos de los animadores y, luego, fotografiado por separado. 

En una película como “Perdí mi cuerpo”, de 81 minutos de duración, estamos hablando de más de 116.000 dibujos consecutivos. Me detengo un momento a pensar en lo meditativa y exigente, en términos de paciencia, que es la experiencia de animar en el cine. En este caso, como espectador, la vivencia de contemplar la historia y “reflectir” en el corazón para sacar provecho, se ve amplificada y enriquecida por la toma de consciencia de las miles de horas de trabajo que implicó para los autores su realización.

Es un relato con una rica carga simbólica en sus personajes y giros dramáticos. Naoufel, un repartidor de pizza decepcionado del curso de su vida y sin un norte aparente, encuentra en Gabrielle, una bibliotecaria sobrina de un carpintero, la razón perfecta para tener un propósito vital y seguir su corazón por amor. Paralelo a esta historia, una mano amputada –sí, una mano– recorre una París subterránea y poco turística en búsqueda del cuerpo de quien fuera otrora su dueño. Naoufel y su mano buscarán, sin saberlo, un reencuentro que parece imposible.

Esta historia cae a mis ojos y oídos como bálsamo en contextos de pandemia. Qué bella metáfora la de “perder mi cuerpo” y que este me busque. Un mundo en cuarentena por una emergencia global de salud tiene que ser señal suficiente para un llamado a la reconexión con aquello que nos configura. Como humanidad, llevábamos décadas, si no siglos, con nuestro cuerpo perdido. No me refiero solo al aspecto fisiológico y de cuidados sanitarios, sino también a nuestra conexión con lo que nos hace humanos: nuestra Casa Común, nuestras relaciones, nuestros actos de bondad (sin desconocer los pocos de maldad que hemos visto en estos tiempos), nuestra consciencia de ciudadanía global, entre otros ejemplos. Naoufel buscó reconectarse con su vida a través del amor, al tiempo que su mano buscaba reconectarse con él. Que esta pandemia nos permita tomar la iniciativa para reconectarnos con nuestro “cuerpo perdido”, antes que a este le toque buscarnos primero. 

 

Mira el artículo en la Revista Jesuitas Colombia | MAY-JUN 2020.

Fotograma de “Yo perdí mi cuerpo”. Fuente: imdb.com