Las tentaciones del mundo moderno

Las tentaciones del mundo moderno

Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

Cuando leemos ciertos pasajes del Evangelio tenemos el peligro de pensar que son hechos, acontecimientos y enseñanzas de un tiempo pasado, que no son cosas para el mundo del siglo XXI, que hoy los problemas son diferentes y que, por lo tanto, debemos buscar en otro lugar aquello que nos pueda iluminar para el mundo de la informática y la automatización. Nada más lejano a la realidad. Analicemos y encontraremos la razón del error en el cual podemos caer todos.

Es cierto que la escena de las tentaciones de Jesús en el desierto hoy sería diferente. Pero lo que cuenta es el sentido y el mensaje que nos entregan para un mundo complejo, globalizado y con problemas muy diferentes. Lo que no puede cambiar es la luz que nos dan para la vida ordinaria de las personas y los pueblos.

Uno de los grandes pecados, para llamarlo de alguna manera, del mundo contemporáneo es su afán de la eficiencia, de la productividad, del consumo exagerado sin dar tiempo al análisis de las personas, a que se cuestionen sobre la conveniencia o no de comprar algo, de decidir algo. Podríamos decir que el lema de un mundo así es “compre y consuma, no piense”. Si nos descuidamos, el mundo de la moda, de la información y la sociedad de consumo, nos estarían determinando qué hacer, qué decir, qué comer, qué comprar y casi qué pensar. Quien se deja llevar de todo esto, sin una actitud crítica, vende su alma a la sociedad del bienestar, del lujo y del vacío.

Un segundo elemento que nos afecta es el descubrir que hay personas, grupos, países y organizaciones que se arrogan el derecho de sentirse o ser, según ellos, los dueños del mundo. Se creen con la libertad de determinar qué es bueno y qué es malo. Cuándo y cómo se debe invadir un país, cuáles deben ser sus opciones y alianzas. Más aún, se creen poseedores del derecho a establecer las sanciones para todo aquel que infrinja sus normas o las contradiga. Esto lleva a una nueva forma de dominación ya superada en la historia de la humanidad, la cual va en contra de las libertades personales y sociales. Y cuando esto pasa al campo de lo religioso, las cosas se vuelven más complejas, pues aparece la intolerancia que ha causado tantos males y muertos a la humanidad. No necesitamos retroceder demasiado en la historia de la humanidad para darnos cuenta de lo que han sido las consecuencias de los fanatismos a diversos niveles y, particularmente, en el campo de lo religioso.

Hay un tercer elemento que nos está destruyendo. La pérdida de los valores a nivel personal, familiar y social nos ha llevado a ser exageradamente materialistas, a perder el horizonte de lo espiritual y del sentido del porqué hacemos o dejamos de hacer algo. Nos hemos acostumbrado a vivir en función de aquello que es palpable y consideramos que esos valores que no se ven, que no producen, no son importantes. Qué equivocados estamos cuando pensamos de esa manera. El futuro de nuestras familias, de nuestras ciudades, de nuestros países y del mundo, está en la tarea de rescatar los valores, de resignificarlos en un contexto como el actual.

Como vemos, el mundo actual sí tiene peligros y tentaciones. Lo que Jesús nos enseña es a no dejarnos deslumbrar por lo aparente, por lo que brilla y se acaba.