Mujeres de la paz y de la dignidad

Por: Francisco de Roux, S.J.
Marzo 12, 2015

Emergieron desde la pastoral social de la Iglesia católica en los años setenta, y desde allí desarrollaron una identidad propia alimentada inicialmente en la Teología de la Liberación, hasta constituirse en movimiento femenino popular autónomo.

Cuando la tempestad de la barbarie se precipitó en la ciudad a partir de 1998, se convirtieron en la base humana más contundente de defensa de la vida, en días de cinco asesinatos y masacres aterradoras, como la del 16 de mayo, cuando los paramilitares mataron a treinta y cinco jóvenes. Eran tiempos de complicidades entre la Fuerza Pública y las autodefensas, de paros armados en los que la guerrilla detenía la ciudad, y de movilizaciones campesinas por los derechos humanos que llegaron del valle del Cimitarra y de la cordillera de San Lucas.

La cooperación internacional quedó perpleja cuando ellas hicieron un acto público desafiando a los asesinos de su compañera Esperanza Amaris. El embajador de Holanda, ante el cadáver de la joven, expresó lo que todos sentíamos: “En otros países, a mujeres como ustedes las ponen como ejemplo de heroísmo; en este país, las matan”.

Las calles de Barrancabermeja fueron entonces escenario de las marchas femeninas de la OFP vestida de negro para decirle a la ciudad que el dolor tenía compañeras y que los crímenes no iban a quedar impunes. Ellas se hacían presentes por centenares en el ‘parque del descabezado’, junto a los ataúdes vacíos de los desaparecidos, en el barrio El Campín y en los dramas de las comunas, para gritar la consigna que llenó todos los espacios: ‘Las mujeres no parimos ni forjamos hijas e hijos para la guerra’. Fue entonces cuando, al lado de sus comedores populares, crearon las Casas de la Mujer, que recibían a las víctimas del desplazamiento y el terror, mientras movilizaban la campaña ‘Hagámosle el amor al miedo’.

La resistencia cultural para proteger la memoria de las víctimas y sostener los relatos y los bailes tradicionales frente al monstruo de la guerra las llevó a propiciar las danzas y las canciones libertarias y conocieron la persecución y la muerte en el mismo corazón de la cultura.

Cuando la visión de región tomó fuerza en el territorio al lado del Programa de Desarrollo Paz del Magdalena Medio, la Organización Femenina Popular extendió sus grupos a San Pablo y a los pueblos del sur de Bolívar y también a los pueblos de la cordillera de los Yariguíes. Desde allí, su inspiración y liderazgo saltaron a la dimensión nacional. Ya no eran más la organización de Barrancabermeja, era la OFP lanzada sobre Colombia.

Ellas fueron y siguen siendo, junto con millones de mujeres de este país, la expresión viva de la ética profunda que se abrió paso en el Magdalena Medio: la ética del valor absoluto de cada ser humano engendrado en sus entrañas y amamantado en sus pechos. Ellas son el rechazo vivo a la guerra de todos los lados. Ellas, frente a las dudas de muchos hombres y las críticas de carga política, muestran que ser mujer en Colombia hoy es estar por la paz ya, en la defensa de la vida y la dignidad de todas y de todos.