¿Sabemos discernir?

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Por: Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

¿Has tenido la oportunidad de ver cómo un cultivador de rosas separa las que le sirven para exportación de aquellas que tienen un defecto? Por si no lo recuerdas, piensa en una de las escenas de la película María, llena eres de gracia. O ¿has visto a un recolector de café o de frutas haciendo la selección (léase separación) de las frutas para lograr una buena venta? ¿Has presenciado alguna vez a una persona que trabaja en la cocina, utilizando el cedazo para cernir la harina o el azúcar, para preparar un determinado plato? Todo eso nos habla de cernir, de separar, de clasificar, de distinguir. Ese es el tema de este domingo.

En la primera lectura, Salomón, siendo muy joven como rey, cuando el Señor le dice “pídeme lo que quieras” responde “da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Lo que pidió le fue concedido y en abundancia. Me pregunto qué pediría yo si me encontrara en la situación de Salomón, siendo joven e inexperto. Me interrogo sobre lo que nuestros dirigentes, líderes y demás pedirían si se les hiciera la misma pregunta. No me atrevo a entrar en detalles sobre las posibles respuestas.

Pienso que la clave de intelección nos la da el ya mencionado texto: “por no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos”. Aparece en dicho pasaje una actitud diferente a la personal e individualista que la mayoría de nosotros podría tener. Pediríamos lo que más nos pudiera convenir, o pensaríamos en las personas más cercanas a nuestro entorno, llámense familiares o amigos. No sería fácil pensar en el bien común, en aquello que nos podría ayudar para ser mejores dirigentes, mejores líderes, más solidarios y comprometidos.

El evangelio de este domingo nos lo explica de una manera diferente. Es la actitud de quien encuentra un tesoro en el campo, vende todo lo que tiene y compra dicho campo. Es la manera de proceder del comerciante en perlas finas, que encuentra una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra. Es lo lógico que hace el pescador en el pasaje evangélico, al separar los peces buenos de los malos, los primeros van a la cesta, los segundos, los tira. Y concluye: “es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”.

Todo el asunto se resume en la expresión “saber discernir”. Cada uno de nosotros está llamado a tomar decisiones en su vida. Algunas veces serán pequeñas decisiones, otras tendremos que tomar decisiones trascendentales. ¿Cómo analizamos, cómo sopesamos, cómo discernimos? ¿Por conveniencias, por caprichos, por intereses personales o particulares? O lo hacemos sabiendo que debemos buscar lo mejor, siguiendo el ejemplo de Salomón, que pidió el don de discernimiento para saber gobernar a su pueblo. Reconoció su falta de experiencia y su juventud. Se sintió necesitado de ese don para “gobernar a ese pueblo tan numeroso”. Hoy, cuando las situaciones son más complejas, con mayor razón necesitamos saber discernir para acertar en las decisiones.