Algunas reflexiones sobre la ancianidad en la Compañía

  •    Mayo 15 de 2014
  •    P. Alejandro Tilve, S.J.
  •    Jesuitas
  •    CPAL

Para responder al pedido de hablar sobre la ancianidad en la Compañía de Jesús de inmediato me vienen a la mente nuestras enfermerías de Provincia.


"En el catálogo de Provincia los miembros de esa comunidad tienen asignada una misión muy específica, de pocas palabras pero de gran intensidad: “Ruega por la Iglesia y la Compañía”. Para los que vivimos entre laberintos de actividades multiplicadas por las demandas cotidianas del Reino, esa frase nos interpela.

Cuando joven, en lo que menos se piensa es en los riesgos que acarrea una enfermedad. Intentamos vivir al ritmo de los acontecimientos planificando nuestra acción. Vivimos el presente proyectados hacia el futuro.

El Papa Francisco nos brinda una buena síntesis sobre el valor de la juventud y la ancianidad cuando en la Evangelii Gaudium expresa:

“…tengan en cuenta que, cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos.

Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual” (EG 108).

Sólo de vez en cuando recordamos lo del Principio y Fundamento, de que nuestro servicio y alabanza a Dios es también en la enfermedad, así como en la salud. Ciertamente los Ejercicios Espirituales anuales nos hacen sintonizar con la actitud de “indiferencia”, nos recuerdan que sin Pasión no hay Resurrección. Que nuestro seguimiento es un acto libre y deseado ante toda adversidad. En clave ignaciana, las situaciones dolorosas no deben amedrentar la energía o el celo apostólico. La enfermedad o las fuerzas disminuidas, como fruto de los años, son un desafío para concientizarnos sobre el “para qué” cotidiano de la vida que hemos elegido.

La limitación está puesta delante de nosotros como una gran pregunta: ¿elegimos enojarnos con ella o servir en el padecimiento, el reposo o la “inacción”?

El Padre Arrupe nos narraba su experiencia en la enfermedad:

“Yo me siento más que nunca en las manos de Dios. Eso es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia”.

En la finitud nos preparamos para la eternidad desde la confianza en las promesas de Dios.

Las enfermerías pueden tener un lado triste, porque se hace palpable el declinar de las fuerzas, sin embargo la celebración de la Eucaristía en la nuestra de San Miguel (Buenos Aires) despierta consuelo en el corazón. Como sucede muchas veces en nuestra experiencia espiritual, no sabemos explicar muy bien qué sucede, pero sé que hay algo que hace vibrar el espíritu y nos acerca al misterio de Dios. Sé que a muchas personas que visitan a nuestros compañeros y a los ejercitantes que comparten la celebración les sucede lo mismo. Algo de lo que pone de sí cada participante la transforma en una experiencia serena y devota, en que la alegría es más profunda que superficial.

El destino a las enfermerías de Provincia puede ser vivido por algunos como algo muy lejano, para otros es algo amenazador. Creo que son pocos los que pueden vivirlo como algo cercano que llegará naturalmente en el tiempo. Como dice el P. Juan, Superior de esa comunidad en San Miguel, “para quien se ha entregado con convicción al Reino para ser compañero de Cristo el destino a la enfermería es la misión menos visible en la acción y más fiel en la pasión, como Cristo entregado a la espera de la Resurrección”.

“Cuando se acerca la edad del retiro es muy conveniente una preparación humana y espiritual para asumir con alegría y sentido esta etapa de la vida y aceptar la disminución de la actividad… La atención a los ancianos y enfermos tiene una parte relevante en la vida de la Compañía. Además del cariño y agradecimiento que sentimos y expresamos a nuestros hermanos que se han desgastado en el servicio del Señor y de la Compañía en la Iglesia, les decimos que también el atardecer y el anochecer de la vida tienen una misión y por lo mismo es necesario vivir esta etapa en actitud de formación continua. Nuestros ancianos y enfermos continúan siendo apostólicamente fecundos al hacer a los demás partícipes de su sabiduría, acumulada en la experiencia de su servicio a nuestra misión y dejándose plasmar por la experiencia pascual y configurándose con Cristo crucificado que se abandona en las manos del Padre hasta entregarle su espíritu … para experimentar en esta etapa de su vida, lo que dice el salmista hablando del justo y compararlo con el cedro del Líbano: ´… en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, proclamando que el Señor es recto…´[ Salmo 92, 15]”. (Peter-Hans Kolvenbach, S.J. La formación permanente como fidelidad creativa - Carta a la Compañía de Jesús. Roma, 7 de marzo de 2002).

Que nosotros también lo podamos vivir así… ¡con la gracia de Dios!"