Septiembre 27: Del dicho al hecho

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Es común el lenguaje contrastante, dualista, alternativo, o lo uno o lo otro, bifurcante en los escritos religiosos. Es tremendamente económico para referirse a la realidad y aunque por un lado puede enriquecer enormemente las decisiones humanas, por otro lado también, a veces, puede oscurecerlas. Es el caso de la “parábola” de hoy sobre los dos hijos: el que afirma y no hace y el que niega y hace. Quizás nos sentimos tentados a identificarnos con alguno de los dos, especialmente con el segundo que es alabado por cumplir el mandato del padre. Pero la vida tiene sus matices. Es el caso, en el mismo evangelio, de Pedro quien afirma en momentos de entusiasmo que está dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte y luego huye y lo niega tres veces. La parábola está enmarcada en una respuesta a los ancianos y jefes judíos. «Llegado al Templo, mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?”» (Mt 21:23). Éstos habrían sido sordos a la predicación de la conversión por parte del Bautista mientras que rameras y publicanos habrían atendido su llamado; algo que no consta en el Nuevo Testamento pero sirve como ilustración. Lo que Yahvéh esperaba de todo el pueblo era la misericordia y tenían mayor responsabilidad las autoridades civiles –como los reyes– y religiosas –como sumos sacerdotes, rabinos, escribas, maestros de la ley y ancianos–. Serían una buena ilustración del dicho “el cura predica pero no aplica”. La conversión de rameras y publicanos sería potencial (en el futuro) pues partirían del reconocimiento de ser pecadores necesitados de cambio mientras los dirigentes religiosos se creían justos sin necesidad de él. En realidad en el cristianismo la conversión es para todos y un programa de vida hasta la muerte. El padre fácilmente puede identificarse con el propietario de la viña de Israel (Jesús nunca se proclama como tal) y los obreros serían los judíos y quizás los cristianos.

Esta parábola es exclusiva de Mateo, el más judaizante de los cuatro evangelios. Juan Crisóstomo, en su tono polémico, interpreta los dos hijos como judíos (que no hacen) y gentiles (que obedecen). Mientras los judíos habrían respondido a la alianza del Sinaí: “escucharemos y cumpliremos” pero luego desobedecieron, los gentiles no habiendo escuchado la ley, mostraron la obediencia con sus obras. Pablo hace un balance muy diferente pues dice que no fueron mejores los judíos con la ley que los gentiles sin ella. No respondía más que a la “ley natural” que ambos cumplieron y desobedecieron igualmente. Por esto ambos serían salvos por gracia, no por la ley. Jesús, en varias ocasiones, habla de su nueva familia como aquellos que escuchan la palabra y la guardan o ponen en práctica. Los judíos quedarían así en la peor de las opiniones pues no harían lo que prometieron como el que dice sí y no hace, sino que habrían rechazado imitar al que dice que no y luego hace. Solamente las rameras y publicanos lo habrían imitado. Hay tres parábolas seguidas, siendo la de los dos hijos la primera, para rechazar a los líderes religiosos. Ya había unos contrastes similares a los de los dos hijos en parábolas rabínicas basadas en el Éxodo y el Deuteronomio. El ser humano estará siempre sometido a esta lucha interior entre lo que expresa y hace, entre el bien que confiesa y el mal que hace o entre el mal que no quiere hacer y hace, como lo expresa Pablo. Un ser en agonía, en lucha. «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7:15-19). Pero es precisamente esta lucha interna e inevitable la que permite al hombre a abrirse a la gracia, la inspiración, el Espíritu, la ágape (amor sacrificial), la misericordia para obrar a la manera de Jesús. El hombre si por la razón tuviera el control total de todas sus actuaciones (así lo soñaban muchos padres platónicos de la iglesia) no pasaría de ser un excelente ser humano pero no un cristiano. Éste es quien entra en el proceso de deificación (ser semejante al Dios que es Jesús). Aunque la parábola no utiliza el término técnico de conversión (metanoia) dice del primero que se arrepintió de haber dicho “no” y finalmente fue a la viña. ¿Sintió la contradicción entre la palabra expresada y el deseo profundo?, ¿tuvo un conflicto interior entre el decir y el hacer? Como el apóstol Pablo llevamos un mensaje valioso en vasijas de barro. La iglesia misma es una comunidad de personas en proceso de conversión que debe crear espacios para la conversión a sabiendas de que ella misma a veces no es consecuente con su predicación. Es la agonía de todo lo humano. Las palabras evangélicas, así como las más profundas de nuestro ser, a menudo, más que decirlas, nos claman desde el interior como voces proféticas. Es lo que trata de expresar el concepto de voz de la conciencia como voz de Dios. Hoy sabemos que la conciencia no es tan cristalina, pues también hay voces del inconsciente y del subconsciente. En el caso de Jonás, le toca predicar en contra de su propio parecer, de su propia opinión sobre los ninivitas. Jeremías sufre con la palabra que tiene que tragarse aunque le sepa amarga. Isaías siente que sus labios impuros no pueden proclamar la palabra. Hasta el día de hoy seguimos en debate continuo sobre la palabra, incluida la palabra de la Biblia. Para el judío solamente Yahvéh era palabra creativa capaz de producir lo pronunciado: “Hágase la luz y la luz fue hecha”. En el hombre el paso de lo uno a lo otro es más complejo, pues su palabra no tiene poder mágico de producir el resultado que pueda desear.

Los dos hijos quizás no expresan tanto una disyuntiva (o el primero o el segundo) sino las situaciones reales y cambiantes a las que nos vemos sometidos. Ir o no ir a la viña apenas roza la experiencia diaria. Pero quien dice: “te amaré toda la vida”, ¿cómo evaluar su cumplimiento? El ánimo que nos da para el futuro es innegable y la palabra tiene capacidad para cambiar el futuro. “Yo te absuelvo” libera del pasado (algo quizás sicológico) pero ¿cómo impulsa o dinamiza o garantiza la conversión hacia el futuro?

La parábola no se resuelve en un dilema tan simple como que lo importante es hacer y no decir. Lo religioso se “hace” también con la palabra. La palabra nuestra puede ser tan creativa como la palabra divina: el consuelo, el consejo, la expresión misericordiosa, las palabras sacramentales, la bendición, la oración, el ánimo. También, infortunadamente, pueden ser armas destructivas. Jesús quizás podía hablar desde su propia experiencia en la cual habría coincidencia entre lo que decía y hacía. En el ser humano no coinciden ambos hechos siempre. Los buenos propósitos se quedan en palabras y nos sentimos humillados. Amar a los enemigos es fácil de decir y complejo de cumplir. Las bienaventuranzas a menudo nos quedan grandes, pero no por esto podemos borrarlas en Mateo y Lucas. Admiramos a quien hace el bien callada o anónimamente, incluso cuando se confiesa no creyente. Sabemos de la traición frecuente del político que promete una cosa y hace la contraria. Añoramos la palabra empeñada de antepasados que le daba valor de escritura pública. Deseamos unión total entre el decir y hacer, sin lograr ser consecuentes pero a la vez sin dejar de desearlo. Volviendo a los dirigentes religiosos, los escribas hablan constantemente de la ley: el nombre de Yahvéh está siempre en sus labios. Los sacerdotes del templo alaban a Yahvéh sin descanso; su boca está llena de salmos. Todos pensarían que estaban haciendo la voluntad del Yahvéh. Pero Jesús introduce la sospecha. La perfección que pone Mateo como ideal del Padre queda mejor expresada en Lucas: “Sed misericordioso como vuestro Padre es misericordioso”, ojalá con palabas, pero también sin ellas y contra ellas.