Octubre 4: El reinado de Dios no es un reino

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Jesús predica el reinado de Dios como presente en su misma persona o como por llegar a los demás mediante la conversión. Qué sea dicho reinado lo expresa con parábolas, lo suficientemente claras como para entusiasmar y lo suficientemente oscuras para que no se confunda con muchas otras instituciones humanas. Los judíos, desde la elección de los reyes, tuvieron una fuerte tendencia nacionalista confrontada y criticada por algunos profetas. Esperaban que el reino de Yahvéh fuera un Israel poderoso al que se rindieran las demás naciones de la tierra con sus gobiernos y sus tesoros. Hacen a Yahvéh señor de los ejércitos (Sahbaot) que vencería con las tropas judías a las naciones. Pero Jesús, a pesar de ser judío (un judío marginal), no muestra mayor interés en esta concepción del reinado. Precisamente para resaltar la novedad de lo que predica Jesús, los biblistas aconsejan usar reinado en vez de reino, que es la palabra usada en los evangelios. El reino supone un territorio, un soberano, una autonomía, una identidad nacional que integra pero a la vez excluye; supone una jerarquía o linaje de seres que el evangelio no respalda. «Vosotros no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro maestro: el Cristo» (Mt 23:8-10).  El reinado (del Señor o Kyrios, como lo llama Pablo) no supone una estructura terrenal, como creyó Eusebio de Cesarea, quien compara a Constantino rodeado de sus obispos como la expresión del reino de Dios en la tierra. Llama a Constantino el nuevo David. Lo mejor de la esperanza judía iba por otro lado. Los profetas judíos, preocupados por el futuro, del cual no sabían sino que implicaba la conversión en el presente, miraban la historia humana no solamente como el campo de la acción divina en una serie de eventos fortuitos y caprichosos, sino como eventos que prefiguraban una gloriosa consumación. Los cristianos tienen una concepción similar, pero la consumación no vendrá por sí misma sino en sinergia, cooperación, colaboración entre el hombre y Dios. Éste sin nosotros no ha querido, como lo muestra la encarnación, y nosotros sin él no podemos, como lo muestra la resurrección. Esta es futuro para Cristo mismo.

La monarquía llega a Israel al final del período de los jueces y a pesar de Yahvéh quien advierte de sus riesgos. Para los pueblos vecinos la monarquía habría venido de sus dioses desde el tiempo de la creación. Mientras que otros pueblos divinizaron a sus monarcas, en Israel fueron los profetas los que impidieron se cayera en tal absurdo. No sucedió así en la Edad Media en la cual los profetas fueron perseguidos, expatriados, encarcelados, declarados locos o reos de muerte y los reyes se tuvieron por elegidos de Dios mismo. Sus luchas con papas y obispos eran más por el poder o jurisdicción terrenal que por razones evangélicas. ¿Cuál era un poder mayor: el temporal o el espiritual? Jesús no predicaba nada diferente al servicio contra las ambiciones de poder. Si la metáfora clásica de Israel como una viña, creada por Isaías, se entiende por el reinado de Dios, no puede menos que quedar coja. Ni Yahvéh arrienda su viña para obtener ganancias ni mucho menos el Dios cristiano. Una parábola también puede servir para intuir lo contrario de lo racional o evidente. Así, por ejemplo, Kierkegaard opina que el “hijo pródigo” es el mismo Jesús quien “dilapida” la herencia de su padre. Este, en vez de castigarlo, lo acoge y lo resucita. Mateo habla del reino del cielo y del reino de la tierra, pero en términos tan disímiles que ninguno coincide con el otro. Lo que los unificaría sería la voluntad de Dios hecha en ambos reinos. Lucas usa expresiones similares pero en vez de cielo utiliza reino de Dios. Aunque el Antiguo Testamento habla de Yahvéh como rey (unas 30 veces), solamente una vez habla de reino de Yahvéh que sería conocido por la Sabiduría (Sab 10:10).

El reinado de Dios aparece en el Nuevo Testamento con las siguientes características:

  1. Es un reinado como actividad de un Dios que se manifiesta como actor creador continuo, la novedad está siempre a la vuelta de la esquina.
  2. Es un reinado de salvación que tiene como prioridad a los que el sistema religioso, social y político marginaba con múltiples excusas.
  3. Es un reinado bipolar entre el presente y el futuro, lo material y lo espiritual, la misericordia ahora y los nuevos cielos y la nueva tierra venidera; es una de las peticiones del Padrenuestro (¡venga tu reinado!) y el contenido de las bienaventuranzas. No acude Jesús, algo sintomático, al lenguaje de contraste entre “este mundo” y el “mundo venidero” como si hubiera oposición entre ellos[1].  El reinado era como levadura en la masa, como la sal, como el grano de mostaza, como la semilla que crece de día y de noche. La escatología (el fin) no estaba desligada del presente. Esto es claro en el evangelio de Juan.
  4. El reinado se manifiesta en Jesús mismo. No se trata de la teocracia judía hoy predicada por algunos pueblos musulmanes (régimen de la Sharia), sino de las acciones de Jesús expresadas en curaciones (leprosos, paralíticos) y expulsiones de demonios (sordos, mudos, lunáticos, epilépticos). Dios no es el soberano sino el padre misericordioso. De ahí que las parábolas se tomen por auto biográficas. Como si Jesús dijera: “Yo soy como un grano de mostaza… como levadura en la masa”, etc. Si el futuro reinado ya ha llegado en la persona de Jesús, el futuro esperado del reinado es una humanidad a la manera de Jesús. Como lo expresa el Concilio Vaticano II en la encarnación se revela al hombre su misma esencia.

En la predicación de los apóstoles aparece poco el tema del reinado de Dios y en cambio aparece la salvación por Cristo, mediante su muerte y su resurrección. Pero es necesario no desligar lo uno de lo otro. De nuevo, citando al Concilio Vaticano II, hay que pasar de una espiritualidad de “huida del mundo” (fuga mundi, en latín) a una espiritualidad de “compromiso con el mundo”. Con el cambio de tema de predicación se dan, sin embargo, énfasis variables en los evangelistas. Mateo enfatiza el sentido ético para entrar en el reinado de Dios, pero no lo confunde con la iglesia. Lucas enfatiza la presentación y enseñanza como maneras de entrar en el reinado de Dios; enfatiza la continuidad entre Cristo y la iglesia. Para Juan se entra al reinado de Dios por la ágape o el amor sacrificial cristiano. En Marcos se entra al reinado por la pasión a la manera de Jesús. En Pablo se entra al reinado de Dios por la gracia de la fe o la fe en la gracia, que lleva a obrar a la manera de Jesús siendo hombres y mujeres para los demás. Con los carismas propios, puestos al servicio de la comunidad, se construye el reinado. La expresión mística máxima en Pablo es que se llegará a que Dios sea todo en todo.

Indudablemente, en el judaísmo no se habla de un final eterno y definitivo, sino de pasos hacia un futuro diferente que serían transitorios. En los primeros siglos del cristianismo se decía que los mártires entraban ya a disfrutar del “reino” de Dios y se concibió como un lugar, incluso geográfico, en el cielo. Hoy no es posible tal concepción del espacio y en parte tampoco del tiempo. Si la parábola se interpretó alegóricamente como la historia de Israel, no logró dar en el clavo. No desapareció Israel ni fue substituido por el cristianismo y este mismo sigue en marcha hacia un futuro que compromete tanto a la humanidad como a Dios mismo. Cristo resucitado es futuro para sí mismo.

 

[1] Se dice de Teresa de Lisieux que no quería ir al cielo sino bajar el cielo a la tierra.