Octubre 11: Muchos llamados y pocos escogidos

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Varias parábolas alegorizadas, como la de hoy, tienen su origen en un principio, dicho, máxima o refrán, de manera que la conclusión (moraleja de las fábulas) más bien podría ser un epígrafe. La de hoy (con la boda del hijo del rey, los invitados de honor que se excusan, los habitantes de los caminos invitados inesperados, el hombre expulsado, etc.), tiene como objetivo ilustrar los pocos escogidos entre los muchos invitados. La parábola alegorizada, con detalles muy conflictivos desde el punto de vista evangélico, tampoco resulta tan evidente en su axioma final: muchos llamados y pocos escogidos. Mateo, quien es el único evangelista que usa la palabra iglesia y la usa solamente dos veces (cuando se refiere a Pedro y la roca y cuando habla de la corrección fraterna), le da el sentido arquitectónico en la primera y sentido de “convocados” en la segunda. La iglesia estará compuesta de trigo y cizaña hasta el final de los tiempos, nos dice otra parábola. No es posible ni conveniente separar el trigo de la cizaña en este mundo.

Una lectura común, igualmente alegórica, es que se trataría de una lectura que hacen los cristianos de la historia del pueblo judío, quienes habrían ultrajado a los siervos, los profetas, y habrían sido castigados con asesinatos y la ciudad de Jerusalén en llamas. Sin embargo, ni se acabó el judaísmo ni desapareció el pueblo judío substituido por los cristianos. Hacer una teología de la historia es no solamente difícil sino riesgoso. La voluntad de Dios no es un plan trazado de antemano para la historia, pues cuenta con muchos imponderables como la libertad humana, la capacidad de conversión, la sorpresa de la gracia. El banquete de bodas, símbolo del fin, introducido por el profeta Jeremías, sigue a la espera tanto para judíos como para cristianos. Para los primeros, alrededor de Abrahán, los patriarcas y los profetas; para los segundos, como etapa final de la construcción del reinado de Dios, en sinergia, en simbiosis entre el hombre y Dios. Su símbolo es el banquete de bodas del Cordero. Para el judaísmo, Yahvéh habría llamado a todos los pueblos pero solamente Israel respondió diciendo: “Te escuchamos y obedecemos”. La idea de pueblo escogido de Yahvéh entre los judíos era bastante fuerte. Pero dentro del mismo pueblo los “escogidos” como Moisés, los patriarcas, los profetas no tenían mérito especial por sí mismos sino al servicio del pueblo. Ser escogido era, entonces, asumir una obligación, un compromiso, una tarea.

En la versión paralela de Lucas no hay respuesta violenta del rey (en Lucas es un hombre que dio una gran cena). Tal respuesta desdice de Dios y sería ofensiva para muchos oyentes. Para algunos comentaristas, los versículos pueden ser un injerto posterior buscando explicar la destrucción de Jerusalén por parte de Tito Flavio, en el año 70. Algunos apologista como Justino, Tertuliano y Orígenes cayeron en esta cruel lectura de la caída de Jerusalén como castigo divino por la muerte de Jesús. Nada diferente a las venganzas ordinarias de la especie humana: por la muerte de uno se asesina a miles. Lo que Helder Camera llamaba la “espiral de la violencia”. Pero los que lo crucificaron fueron precisamente los romanos. Los ortodoxos habrían sufrido el castigo de la caída de Constantinopla en el año 1453[1] por el cisma de oriente. Pero la alegorización puede ser tan arbitraria y falta de misericordia que si el primer grupo de invitados fueran los judíos, el segundo serían los gentiles o los mismos cristianos que rechazaban la gracia de Dios. En el Nuevo Testamento, a diferencia del Antiguo, se busca corregir al hombre con la ágape (amor sacrificial) y no con el castigo. Por meras leyes históricas, triunfa el más fuerte y entonces Dios debe pasarse al grupo de los vencidos, ofendidos, derrotados, aplastados; lo proclama el Magnificat.

Pero la extrañeza no termina acá, pues es difícil imaginar (si la imagen de la parábola es Jesús) que alguien obligado a asistir al banquete, por el simple hecho de no tener vestido de bodas, sea “arrojado a las tinieblas exteriores donde hay llanto y crujir de dientes”. Entraría en contradicción con muchos otros ejemplos de Jesús, entre estos: compartir la capa con el que pide la túnica, vestir al desnudo, invitar a los cojos y rengos a las comidas. Como se preguntaba con su ironía característica Voltaire: “¿Por qué el rey no le dio un vestido?”. Otras alegorías más espirituales hablan del vestido como el arrepentimiento (¿de qué se arrepiente el pobre si es víctima?) y la fe (que no le exigieron al invitarlo). Agustín, interpretando alegóricamente lo que dice el pasaje paralelo de Lucas (haz que entren), sostenía el derecho de la iglesia a bautizar a los gentiles contra su consentimiento. Algo que resulta aberrante. Otra posible lectura, dado que los criados al final son los diákonos (servidores) lo interpretan como el poder de la iglesia de expulsar creyentes, como en el caso de la excomunión. Pero Jesús da ejemplo de lo contrario, de la inclusión, al igual que varias recomendaciones de Paulo. En el relato de la institución de la Eucaristía de Mateo leemos: «Porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26:28) con la palabra griega πολλων (polloon) que ha sido traducida por “todos”, no “por pocos”. Cuando le preguntan si son muchos o pocos los que se salvan, no responde Jesús con números sino a entrar por la puerta estrecha. Decía Ratzinger en sus clases respecto a este tema:

Dios no divide a la humanidad en pocos y muchos para arrojar a éstos a la fosa de perdición y salvar a aquéllos, ni tampoco para salvar a los muchos fácilmente y a los pocos con muchos requisitos, sino que utiliza a los pocos casi como el punto de apoyo de Arquímedes con el que poder sacar de quicio a los muchos, como palanca con que atraerlos a Sí.

La función de los creyentes no depende de su número sino de su misión; ésta es la de salvar a la humanidad. Aunque sean pocos, Dios utiliza esos pocos como punto de apoyo para salvar a los demás.

También se ha dado a la parábola alegorizada una lectura ética, de manera que el hombre sin traje de bodas sería imagen de las personas que han escuchado la llamada y acudido en respuesta a ella. Quien llamaría sería el Espíritu Santo que actúa en las personas. En este sentido la iglesia sería la comunidad de los llamados por el Espíritu más que el cuerpo de Cristo conformado por los bautizados. La parábola serviría para alertar a los creyentes sobre la necesidad de responder con la vida y en la vida al seguimiento de Jesús. En ser llamados o convocados por el Espíritu no hay lugar a la jactancia y la ufanía. Es por el contrario, recibir la gracia como tarea, tarea de salvar a otros habiendo sido salvado de sí mismo. Más que “vestirse”, el cristiano está llamado a vestir a otros. Como invitaba al rey la ironía de Voltaire. Las seis reparticiones de panes, que también son imágenes eucarísticas, no discriminan a nadie y por el contrario usan cifras para multitudes. El mismo llamado y envío que se hace a “los doce” (pocos) en Marcos, Mateo y Lucas, se extiende a “los setenta y dos” en el evangelio de Lucas y las multitudes en la predicación de Jesús. Una iglesia excluyente, para unos pocos, como un club privado, como lo deseaban los jansenistas, abandona uno de sus títulos más destacados que es ser “católica”, universal. No por geografía, que es un influjo del imperio romano, sino por apertura a todos sin distingo. Como lo expresa Pablo: «Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). La discriminación es un invento humano que Jesús en el evangelio nos invita a superar. Vivió, murió y resucitó para todos. Para los intereses humanos no es fácil mantener esta apertura.

 

[1] Se considera el final de la Edad Media y el comienzo del Renacimiento. Constantinopla era llamada la Roma de oriente y luego tal título pasó a Moscú: la tercera Roma.