Octubre 18: Al César y a Dios

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El reinado de Dios, tema de la predicación de Jesús, nos exige vivir en la bipolaridad y sentirnos a gusto en ella. Por un lado, es un reinado que para judíos y cristianos debe construirse en este mundo y, por tanto, toca con todos los órdenes de la vida social (política, económica, cultural, organizativa). Por otro lado, es un reinado que no es de este mundo (no se identifica con ningún modelo) y por tanto está siempre a la búsqueda de algo nuevo, algo que exprese mejor el ideal de igualdad y fraternidad. Ideal que aparece tanto en el judaísmo como en el cristianismo. En el judaísmo porque todos son hijos (= siervos) de Yahvéh y en el cristianismo porque todos somos hermanos en Cristo. Pero en el judaísmo establecieron diferencias (sobre todo con la monarquía) inadmisibles y en el cristianismo las ha habido en todos los órdenes. Dios habría nombrado los reyes como reyes y elegido a los súbditos como súbditos. Aceptar que el dominio del los emperadores o césares romanos fuera voluntad divina –de los dioses romanos– era un afrenta para los judíos, por más que Augusto fuera tenido por “hijo de Dios” (el divino Augusto) a quien hasta milagros le atribuían. Aún hoy en Jerusalén, en el barrio ortodoxo judío (Mea Shearim) sus habitantes rechazan el estado de Israel, pues solamente la venida del Mesías puede fundar un reino judío. No pagan impuestos, ni prestan servicio militar. Apedrean a quien no guarde el reposo sabático (menuha). También en países occidentales se discrimina a grupos de orientación menonita, de total pacifismo, como los cuáqueros. Algunos grupos hasidistas (espiritualidad judía) también rechazan el Estado de Israel, no pagan impuestos y colaboran con los palestinos. En la Rusia zarista, invasora y guerrera, León Tolstoy invitaba a los verdaderos creyentes a no pagar impuestos que iban para la guerra y los ejércitos, igual lo hizo Walt Whitman en USA durante la guerra con México. Solo un auténtico creyente puede ser un disidente político, decía Tolstoy, pues no le “comía carreta” a nadie.

Mientras en el destierro a Babilonia los judíos tuvieron que someterse a los impuestos del lugar, en tierra de Israel (Erets Yisra‘el) resistirse a pagar impuestos era considerado un expresión legítima de resistencia al poder de Roma. Maimónides, español y gran teólogo judío medieval, aceptaba la obligación de los judíos de pagar impuestos y prohibía taxativamente la evasión tributaria, que asimilaba a robo público, pues debía colaborarse con el bien común. Jesús llama a un cobrador de impuestos como Leví y se hospeda en casa de un jefe de cobradores de impuestos como Zaqueo. Pero no todo el evangelio es consistente en este punto. En Lucas «Comenzaron a acusarle diciendo: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey”» (Lc 23:2), lo que muestra que Jesús pudo sentir el mismo desagrado judío con los impuestos romanos. Las dos acusaciones, acertadas o exageradas, serían un desafío al dominio del emperador. Dejar libre a Jesús era declararse enemigo del emperador. Lógicamente en la antigüedad no existían las ciencias sociales de hoy y las comunidades, trabajando el campo, el comercio o las manufacturas, eran un colectivo que no diferenciaba las formas de interacción, excepto los violentos como los zelotas, los piadosos como los fariseos y sediciosos aislados. Las revueltas de los judíos contra Roma fueron todas sangrientamente reprimidas. Roma eterna significaba que el imperio romano nunca desaparecería, que duraría eternamente. La riqueza, el poder, la propiedad de la tierra se concentraba en una elite urbana, especialmente en Jerusalén, y los impuestos recaían sobre los campesinos de Judea y Galilea para mantener el glamuroso estilo de vida de la élite (gobernantes, sumos sacerdotes, funcionarios, legiones militares, terratenientes, etc.). Jesús poco comparte con tal clase y por el contrario pide a sus discípulos no imitarlos: “Entre vosotros no sea así, el que quiera ser primero que sirva”.

Las formas redistributivas en la época de Jesús serían los diezmos y primicias (ya muy opacadas), los tributos, los impuestos y los peajes comerciales. Malaquías se queja, ya muy cerca de la era cristiana, que no se pagan diezmos y primicias: «¿Puede un hombre defraudar a Dios? ¡Pues vosotros me defraudáis a mí! Y aún decís: ¿En qué te hemos defraudado? En el diezmo y en la ofrenda reservada. (Mal 3:8). A diferencia de los tributos religiosos, que se esperaba fueran voluntarios y agradecidos, los tributos civiles eran obligados y por fuerza, y básicamente se usaban para mantener las actividades militares en los pueblos conquistados. Los tributos se pagaban a los extranjeros y los impuestos a las autoridades locales. Así, los judíos pagaron tributos a los ptolomeos en Egipto, a los seléucidas en Siria, a los romanos en Israel. Las autoridades judías cobraban impuestos a los judíos en la diáspora, como el impuesto del Templo, que justifica los cambistas de moneda en su atrio. Herodes el grande impuso sus propios tributos, además de los romanos de manera que en la época de Jesús eran asfixiantes para los campesinos. El censo de Cirino, atribuido en Lucas a Herodes, durante el nacimiento de Jesús, era un censo de propiedades (catastro) y no de personas (censo) con el propósito de recoger impuestos.

Con el anterior panorama es entendible que muchos quisieran una respuesta contundente de Jesús sobre pagar o no impuestos a las autoridades religiosas y civiles. Aparece con los judíos y con los herodianos como en el evangelio de hoy. La moneda del denario, con la efigie del emperador, también sería ofensiva por acuñar imágenes prohibidas por el judaísmo. La respuesta de Jesús no es evidentemente clara y más bien podemos decir que es críptica. ¿Reconocía que el emperador tenía legítimamente sus derechos y propiedades?, el uso de sus monedas ¿era una aceptación tácita de la gente de que reconocía la legitimidad del emperador? En Marcos se nos dice que la gente quedó perpleja con la respuesta: «Jesús les dijo: “Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios”. Y se asombraban de él» (Mc 12:17). Puede interpretarse por un lado que el emperador tenía derecho legítimo y por el otro lado que, puesto que todo pertenece a Dios, el derecho del emperador es ilusorio. Pero indudablemente los judíos no vivían en la teocracia que seguían soñando[1]. Cuando fue depuesto Arquelao (mencionado en Mateo al regresar la familia de Jesús de Egipto), Judas el Galileo predicó no pagar impuestos basado en que la tierra pertenece a Yahvéh y no a los gobernantes. Esta idea “teocrática” fue aplastada por las legiones romanas. También Juan el Bautista habría criticado a Herodes por lo cual no era novedad que se quisiera conocer el concepto de Jesús sobre los gobernantes. Jesús era testigo del poder de Mamón (el dinero como Dios) y su incompatibilidad con el reinado de Dios. Salarios, limosnas, impuestos, tesoros, herencias, depósitos, sobornos, préstamos, denarios, talentos, minas aparecen en los evangelios como testigos de la omnipresencia del dinero. Pero “no se puede servir a dos señores: Dios y Mamón” es la síntesis de Jesús a sus contradicciones. Hasta hoy no hemos encontrado un equilibrio adecuado que pueda expresar un Estado al servicio del reinado de Dios y un reinado de Dios que arroje criterios éticos universales en un estado plural, aconfesional, respetuoso de la libertad religiosa y la libertad de conciencia. Quizás León Tolstoy tenía razón en cuanto a que no queda más que la auténtica disidencia y la voz profética que recuerde al Estado que aún no es lo que debería ser: protector del pobre.

 

[1] La teocracia o gobierno directo de Dios es una idea regulativa de la ética pública pero no una forma de gobierno realizable aunque algunos regímenes cristianos y musulmanes han pretendido serla.