Marzo 15: Agua, pozo, samaria, matrimonio y otros temas

Marzo 15: Agua, pozo, samaria, matrimonio y otros temas

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Siendo el evangelio de Juan el último que se recoge, de una comunidad que parece ser la joánica o joanea, tiene un estilo más acabado, coherente y profundo que los otros evangelios. Juan acude mucho a los diálogos: con Nicodemo, con Marta, con los discípulos (aunque éste casi es un monólogo), con la Samaritana. Los temas tratados en el diálogo son múltiples pero resalta la conversación alrededor del agua, elemento común a todas las religiones.

El agua es el prerrequisito para toda vida y determina la existencia diaria en todo momento. Es el 60 por ciento de nuestro cuerpo y cubre ¾ de la tierra. Símbolo de vida y muerte, de purificación y destrucción, fuente de la vida en mitos, de bendición en lagunas, fuentes y ríos sagrados, de oasis[1] en el desierto y en Palestina de pozos vitales. La cultura y religión egipcia surge alrededor del Nilo, el hinduismo del Ganges, Mesopotamia del Tigris y el Éufrates. La religión que nace y se nutre de los sentidos, puede sentir, oír, ver, oler y gustar el agua.

El “agua de vida” de Juan era el agua corriente, o al menos no estancada, que exigía el baño judío de los prosélitos. En el Apocalipsis es el símbolo de la vida eterna e inextinguible. Un rio de aguas cristalinas emanaría del trono de Dios y el Cordero, rodeada de árboles que producen frutos cada mes. Del Edén manarían el Pisón, Gihón, Tigris y Éufrates. Si el Diluvio mata, Jesús camina sobre el agua. Israel nace al cruzar el Jordán como en las mitologías se entra al paraíso pasando ríos. El agua del bautismo y el agua bendita para con ella bendecir, es el uso más popular al menos entre los católicos. Del agua bendita decía Justino mártir que había sido inventada por el demonio para imitar el verdadero bautismo.

En el judaísmo el agua tiene su valor simbólico y ritual. Llevó al conflicto entre Abrahán y Abimelec y su falta en el desierto lleva a protestar contra Moisés; es el origen de las aguas de Meribá. Ya en Palestina, a pesar de la escasez de agua, las abluciones y lavatorios eran frecuentes. En la fiesta de Sukkoth o de las tiendas o ramas (cuando Jesús habría subido a Jerusalén) incluía el sacar agua y libar con ella. Para algunos comentaristas el evangelio de hoy sería una lectura paralela de los cristianos a la fiesta del agua de los judíos. Serían dos celebraciones simultáneas sobre el mismo tema. La verdadera fuente de agua no sería Meribá en el desierto sino Jesús mismo. El agua es símbolo de la Torah (sabiduría propia de Israel). Junto con las cenizas de la vaca roja, el aceite y el fuego, el agua era elemento purificador en el judaísmo[2].

Dada la escasez de agua en Palestina los extranjeros y los pobres tenían que comprarla. El aprecio y propiedad de los pozos por las tribus da origen a multitud de nombres bíblicos. Muchos salmos mencionan la bendición de las aguas y los pozos. El agua del Jordán es el medio en el que bautizaba Juan el Bautista, como también el de algunos discípulos de Jesús. En Mateo habría mandado Jesús bautizar en agua. Según el Génesis el agua es el origen de todo, pues sobre ellas se cernía el espíritu (ruah, en hebreo). En el evangelio de hoy Jesús se llama a sí mismo fuente de agua viva, una metáfora elaborada por Jeremías, y quien cree en Jesús  se convertirá a su vez en fuente de vida. Como en la bendición de las personas que han de volverse bendición para los demás.

Algunos padres de la iglesia veían en Cristo un nuevo Noé y el arca que salva de las aguas destructoras como la iglesia. Simbolizando al agua muerte y vida, en el bautismo confluyen ambas pues es sumergirse en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitados. “El agua —escribe Tertuliano—ha sido la primera sede del Espíritu divino que se cernía sobre ella. El agua es a la primera que se ordena la producción de criaturas vivas. Es el agua la primera que produce lo que tiene vida, para que no nos asombrásemos cuando un día diera a luz la vida en el bautismo”. Pensando en una generación espontánea, hoy inaceptable, para Tertuliano nacíamos en el bautismo como los pececitos en el agua.

En el diálogo con la Samaritana se define a Dios como Espíritu que, como en otro comentario se decía, es en realidad el único espíritu. En el hombre hablamos de alma que en la escolástica se confunde con el espíritu. Para el judío el espíritu (ruah), pertenece siempre a Yahvéh. Una hermosa oración judía de la mañana, llamada Modeh-Ani, reza: “Gracias, Señor, por devolverme tu espíritu”. Sin el ruah de Dios seríamos como zombis, marionetas, títeres de las fuerzas naturales y la razón. Por eso Pablo habla de vivir en el Espíritu, vivir en Cristo, morir con Cristo, con-sepultados con Cristo, co-resucitados con Cristo.

Los samaritanos, tenidos casi por gentiles por los judíos, son sin embargo destacados en algunos episodios como el Buen Samaritano en Lucas y la mujer samaritana del evangelio de hoy. En el Antiguo Testamento ya estaban los elementos de acontecimientos importantes alrededor del pozo. Es el caso del compromiso de Isaac y Rebeca, de Jacob con Lía y Raquel, de Moisés y Séfora. No es extraño que se inserte el tema de los maridos de la samaritana. La tradición de Elías, quien conocería todos los secretos de las Escrituras, tiene su equivalente en Jesús como Mesías que conocería todos los secretos de la samaritana. Jesús aprovecha para expresar su identidad con la expresión típica “yo soy” de este evangelio: «Yo soy, el que te está hablando». Algo similar sucede en el diálogo con Marta quien está inquieta por la resurrección de su hermano Lázaro. Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11:25-26).

Así como Felipe, al principio del evangelio, invita a Natanael con la expresión “venid y ved”, la samaritana testifica a su pueblo y lo invita: “Venid y ved”. Los evangelios emplean esquemas narrativos propios de la literatura hebrea. Aunque hay que reconocer la originalidad del evangelio de Juan. Algún material es único en este evangelio como las expresiones “yo soy”, el diálogo con Nicodemo, la Samaritana, relatos de mujeres discípulas, curaciones como el paralítico de la piscina de Siloé, el ciego de nacimiento, el agua convertida en vino en las bodas de Caná, la resurrección de Lázaro, el lavatorio de los pies, la promesa del Paráclito, la oración sacerdotal, el uso sistemático de signo (semeia, en griego) para las obras de Jesús. Su traducción por milagro no es acertada. Jerónimo, traductor de la Biblia al latín, nunca usa tal palabra en el Nuevo Testamento.

También reviste un gran significado que Jesús, solamente en este evangelio, desautorice la adoración en Garizim y en Jerusalén, pues los verdaderos adoradores lo deben hacer en “espíritu y verdad”. El diálogo con la Samaritana es el más largo de todos los evangelios. La mujer discute como teóloga, algo que no aparece sino en Lucas en los sinópticos. Por lo general se criticaba el trato directo con una mujer en público: era algo que reprobaban sobre todo los rabinos judíos. Opinaba el rabí José-ben-Yohanán: “Que tu casa esté abierta de par en par; que los pobres sean hijos de tu casa. No hables con la mujer. Si eso se dice de la propia, cuánto más de la mujer del prójimo. Por eso afirman los sabios: Todo el que habla mucho con mujer, se atrae la desgracia, abandona las palabras de la Torah y al final hereda el infierno”. Que Jesús tenga un diálogo tan largo y variado con la samaritana, ya constituía una actitud distinta que ha de invitar a imitación de los creyentes.

 

[1] Dice la arqueología que el pueblo salido de Egipto encuentra a Yahvéh en el oasis de Kadesh-Barnea.

[2] Prácticamente los mismos símbolos que utiliza el cristianismo. Ceniza de ramos para el miércoles de ceniza, aceite para bautismo, confirmación, ordenación y unción de enfermos; fuego pascual, velas y cirios; agua para el bautismo.