Marzo 22: Ciego de nacimiento

Marzo 22: Ciego de nacimiento

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

En el valor relativo al medio que tiene toda enfermedad (en el país de ciegos el tuerto es rey) era más doloroso ser sordo que ciego en Israel. A Yahvéh no se le podía ver de todos modos mientras que se le debía y podía escuchar. La triple oración diaria del ¡Shemá, Israel! (escucha Israel) bien lo expresa y es puesta como el primer mandamiento en los  mismos evangelios.

El relato del ciego de nacimiento, uno de los más extensos en los evangelios y, siendo el tema de la conversión el tema central de todos ellos, ha sido interpretado como el relato modelo de conversión en el evangelio de Juan. En Marcos hay otro relato con alguna similitud del ciego que es curado en etapas, igualmente con barro y saliva. Ve las personas como árboles y luego claramente en una segunda etapa. En la curación de Bartimeo la escena final es de seguimiento de Jesús rumbo a la pasión, rumbo a Jerusalén. El segundo toque a la ceguera de los apóstoles será la resurrección. También es conversión el diálogo con Nicodemo expresada la conversión como volver a nacer, nacer de nuevo o nacer de arriba.

La conversión, en la predicación de Jesús, es el pasaporte para entrar en el reinado de Dios. “Conviértanse porque ya llegó el reinado de Dios o para que llegue” puede ser un buen resumen. Un reinado de Dios que implica convertirse, volverse al único lugar en donde Dios está vivo que es el otro, de manera especial el necesitado. Los que critican, acusan y acorralan al ciego, por el contrario, siguen concibiendo la conversión como el cumplimiento fiel de las normas, especialmente del sábado. Belial, como sinónimo del mal, significa literalmente sin-yugo, es decir, sin el yugo de la ley o como popularmente se dice sin Dios ni ley. Infractor y pecador se hacen entonces sinónimos para el judío. En el relato de hoy termina más de uno ciego y los mismos fariseos se preguntan: «¿Es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: “Vemos” vuestro pecado permanece». Interesante dialéctica entre visión y ceguera, en una especie de claroscuro donde ven la ley pero no ven la misericordia. Ven y no ven al mismo tiempo como sucede en muchas realidades humanas. Convertirse es también entrar en ese “círculo hermenéutico” en donde algo sabemos y algo desconocemos pero podemos avanzar enriqueciendo lo que sabemos[1]

Los discípulos tendrán que avanzar desde entender la ceguera de nacimiento como pecado de los padres o del ciego a absolución por parte del cristiano y ocasión de manifestación de la misericordia. Justificar, con la razón que sea, el sufrimiento ajeno, es el principio del mal. Echarse encima el dolor ajeno es el principio del bien. La conversión no es tanto huir del mal —como lo plantea el profeta Jeremías respecto al poder religioso y civil de su época— sino acercarse al bien. Como la luz que no derrota las tinieblas sino que ilumina lo que las tinieblas encubren. «Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar». El relato mismo de la curación tiene la gracia de involucrar varios elementos además de Jesús pues en otros relatos basta su palabra e incluso a distancia. Entra la saliva de Jesús, el barro de la tierra, la piscina de Siloé con sus creencias judías asociadas, la confusión de los testigos que afirman no ser el ciego sino uno parecido, el propio testimonio, las normas del sábado, la imposibilidad de venir un signo de un pecador, los padres del ciego, el sanedrín, la vacilación del ciego para aceptar o no que Jesús sea un pecador por quebrantar al sábado, nuevo Moisés. Un relato en el que bien puede aplicarse el concepto de David Hume: “Un relato de milagro es creíble si es un milagro mayor la veracidad de quien lo atestigua”. El resultado final es que el ciego acepta a Jesús como hijo del hombre y se postra ante él. Como antes se dijo, un relato de conversión. Entonces responde Jesús con una confirmación del relato como conversión: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos» que tomado en sentido físico sería para hacer videntes a unos y volver ciegos a otros. Espiritualmente puede bien tener sentido, pues los que creían ver veían mal.

Los discípulos, por ejemplo, eran tan ciegos en las causas de las enfermedades como los demás de su época: castigo divino por pecado conocido u oculto. Así justificaban el dolor ajeno y se excusaban de hacer misericordia[2]. La mayoría de los padres de la iglesia etiquetaban a los gentiles como ciegos por no aceptar la luz de Cristo. Algunos como Ireneo y Justino defendían las semillas del Verbo en todas las culturas de manera que personajes como Sócrates eran cristianos “antes de tiempo”. Ceguera total en lo religioso es inexistente, parcial es abundante. En el relato de los Hechos de los Apóstoles, referente a Pablo, éste habría quedado ciego hasta el bautismo por Ananías. Unas como escamas cayeron de sus hijos. Una forma de relatar su conversión que Pablo no llama tal sino llamado a predicar a los gentiles; es decir, tener compasión por los gentiles igualmente llamados a la salvación por la gracia. Para Pablo los judíos son ciegos porque de tanto mirar la ley (Torah) no miran otras cosas. Por ver el árbol no ven el bosque. Todos tenemos un punto de vista limitado que nos toca siempre ampliar (convertirnos). Fundamentalismo y fanatismo son formas de ceguera espiritual. La sinagoga, fariseos y judíos sufren ceguera parcial que los induce a insistir que no puede ser representante de Dios quien no se conforme con las minucias del código sabático.

En la manía de crecimiento del sistema económico mundial actual, somos parcialmente ciegos al daño ecológico. El sector rural y urbano es saqueado por el crecimiento perdiendo su encanto y belleza; dejando en cambio la contaminación, envenenamiento de aire y aguas, desaparición de especies, agotamiento de recursos no renovables y peligro de desaparición de los renovables. El futuro hipotecado. Sus víctimas siguen siendo los pobres y marginados[3]. Tanto Pablo como el evangelio de Juan, ven en Jesús a quien inaugura una nueva creación a partir de la que hay. El creyente, tiene una nueva identidad ya no condenada o limitada por sus pasadas fallas morales o del tipo que sean que lo paralicen (ciego, sordo, mudo, fanático, nacionalista) por auto-engaño o ceguera espiritual. Por la conversión entra en el proceso infinito de la vida divina que todo lo hace nuevo. El testimonio del ciego es contundente aunque no entra en explicaciones ni razones varias sobre el hecho: «Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». La conversión como cambio de mentalidad nos permite ver lo mismo de una manera nueva. No es fácil ver el mundo con los ojos de Jesús de manera que veamos en el necesitado no la justificación de una teoría sino la ocasión para la misericordia. Como en el juicio de las naciones, aunque no lo veamos, que procedamos. Cuando diste de comer y beber a estos pequeños a mí me diste de comer y beber. El bien por encima de cualquier recompensa o cálculo.

 

[1] La forma original del círculo es entender la parte para entender el todo y entender el todo para entender la parte. Por ejemplo, no se entiende la religión (parte) sin la sociedad (todo) y no se entiende la sociedad sin la religión.

[2] Cuan apareció el VIH similares explicaciones se escucharon que era un castigo divino para prostitutas, homosexuales, drogadictos y promiscuos. No fue fácil la lucha para que se estudiara el virus y su tratamiento (misericordia).

[3] Hoy hay categorías más lamentables como desechables, innecesarios en el sistema productivo, marginales al sistema como migrantes, desplazados, minorías.