Marzo 29: Lázaro muerto, dormido, resucitado

Marzo 29: Lázaro muerto, dormido, resucitado

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El estudio de las culturas antiguas, que apenas se empieza a desarrollar en el siglo XIIX, encontró un relato egipcio en donde aparecen Marta y María relacionadas con la resurrección de El-Asar (Lázaro) en un lugar egipcio llamado Betania de hace 4 mil años, es decir, muy anterior al relato del evangelio. Corresponde a un arquetipo narrativo del poder de Dios usado como símbolo de derrota de la muerte. Si el milagro por excelencia en el Nuevo Testamento es la resurrección de Jesús y la nuestra, los relatos de curaciones a ella se asimilan. Las tres resurrecciones: de Lázaro, la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naín (con precedente en relatos de Elías y Eliseo) serían una ampliación de los relatos de curación. Tanto en el caso de la hija de Jairo como en el de Lázaro, se habla de que duermen.

Aunque Pablo lista entre los carismas curaciones, interpretación, profecías, enseñanza, cuidar de los pobres (la ágape) es el carisma permanente. En el Antiguo Testamento atender la viuda, el huérfano y el extranjero. Como lo expresa Pascal en su “Oración para aprovechar la enfermedad” el gran beneficio que una persona puede recibir de Dios en esta vida no es el liberarlo de la enfermedad, el dolor o el sufrimiento sino la certeza del amor de Dios que le permite mirar de frente y aceptar el sufrimiento y la muerte. Como en la logoterapia de Viktor Frnkl, encontrar sentido a su existencia es más importante que la existencia misma. Es la enseñanza profunda del libro de Job. La plena salud en esta vida será objeto de la Organización Mundial de la Salud y los programas gubernamentales pero tenerla no es garantía de resurrección ni motivo de orgullo para el creyente. Ayudar a otro sí lo es. En el evangelio de Juan la vida verdadera (eterna) ya se vive en esta vida. La OMS define la salud como el estado de bienestar físico, mental y social perfecto y no meramente como ausencia de enfermedades o limitaciones. Es la utopía que guía la medicina hacia una vida sin sufrimiento, felicidad sin dolor, comunidad sin conflictos. Al evangelio no repugna tal utopía pero la ilumina con algo más: la pasión, sufrimiento y dolor derivados de vivir el evangelio, llevan a la resurrección.

La resurrección de Lázaro no es la resurrección cristiana. De hecho solamente Juan trae este episodio y los tres sinópticos lo desconocen. Cuando mucho es la reanimación de un cadáver para morir un poco más adelante. Así esperaban los judíos que resucitarían los héroes macabeos para ver, por un instante, el nuevo reino de David. El creyente podría definir la salud como la habilidad para apañarse con el dolor, la enfermedad y la muerte, con autonomía; no como la ausencia de disfunciones (ciego, sordo, mudo, amputado, etc.) y sin temor mórbido a la muerte. Otra sería la “inmortalidad barata” de ciertos tratamientos médicos para prolongar la vida incluso en estado vegetal[1]. El culto moderno a la salud produce precisamente lo contrario de lo que trata de superar: miedo a la enfermedad y a la muerte. Decía Nietzsche que con la muerte de Dios, la salud y el cuerpo serían el nuevo Dios. A menudo la enfermedad más bien es la ocasión para descubrir que poco sentido le damos a la vida normal (oración de Pascal). Hoy, la crisis ecológica nos dice que lo que está muriendo a grandes intensidades sin razón ninguna, es la misma naturaleza que hemos despojado de su capacidad reveladora.

Juan llama “signos” a todos los gestos de Jesús en su evangelio. Desde el signo del agua y el vino  en Caná de Galilea. Kierkegaard, con ironía, decía que hemos hecho el signo contrario: convertir el vino (evangelio) en agua (sin desafío para la vida). En la conversación con Marta declara Jesús ser la resurrección y la vida que llegan por la fe. No por salir de la tumba con las vendas de la muerte. Ese era el sueño egipcio con el embalsamamiento de los faraones. Juan encadena la resurrección de Lázaro con la muerte de Jesús por el temor de las autoridades. Los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) la encadenan con la expulsión de los mercaderes del Templo. Juan lo ubica al comienzo de su evangelio, a continuación de las bodas de Caná, y sin consecuencias mayores. Se refiera a reconstruir el Templo de Dios que es la persona. Como en otro comentario se dijo, la muerte de Jesús no logra una buena razón sino en el amor sacrificial (la ágape). No es pensable un Dios mayor que el que da la vida por amor sacrificial (ágape).

En el Libro de los Muertos de Egipto se habla de Hiliópolis (ciudad del sol) donde cada año se realizaban los ritos de muerte y resurrección de Osiris y Horus. Se trataba de la muerte y el renacimiento simbólico, metafórico de la conciencia. Otro nombre para Osiris era Asar (de El-Asar, Lázaro). Así como los cristianos tomaban elementos del judaísmo para aplicar a Jesús, tomaban de otras culturas. Algo que los mismos judíos habrían hecho con otros pueblos: persas, griegos, babilonios, asirios, egipcios[2]. Si en Egipto se celebraba la resurrección de la verdadera conciencia del individuo, su verdadero ser, el Cristo que lo in-habita en el Espíritu, según Pablo, en el evangelio de Juan no se buscaría otra cosa. La resurrección está en Cristo y no en salir de una tumba. La función del biblista contemporáneo no es desechar el relato de Lázaro por su similitud con el egipcio sino re-significarlo con el sentido del evangelio. Era lo que expresaba el famoso biblista Rudof Bultmann de des-mitificar para re-mitificar. Ninguna cultura hasta hoy, puede sobrevivir sin el mito. La democracia es uno de ellos y no por ello se la desecha sino que se le exigen permanentemente nuevos contenidos.

Cuando Pablo define el bautismo, lo hace como participar ya ahora de la muerte y resurrección de Cristo. «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6:4). Juan expresa la resurrección (no la de Lázaro, la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín) de una forma más radical y relacionada con el amor: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3:14). Aceptar el influjo externo en los evangelios es darles una fortaleza mayor como respuesta a los anhelos de la humanidad. Como expresaban Ireneo y Justino, las semillas del Verbo fueron sembradas en todas las culturas y religiones. Sus expresiones son abonadas por la cultura literaria de cada una de ellas. Si suponemos a Lázaro como un personaje histórico —Eleazar ó Dios acude era nombre común en Israel— no sabemos que tanto haya vivido como resucitado, pero el relato nos dice que estaba llamado a hacerlo. No en el “último día” como pensaba Marta. No tenemos otra vida para lograrlo más que ésta, cualquier tiempo extra es accidental. Lázaro tendría que morir nuevamente como quien es reanimado con un desfibrilador. Muchos padres de la iglesia interpretaron la curación de los diez leprosos y la resurrección de Lázaro como modelos de reconciliación, perdón, conversión. Enfermedad y muerte físicas como consecuencias del pecado se filtró tanto en el judaísmo como en el cristianismo. El modelo cristiano no es Lázaro sino Jesús. La resurrección de Jesús no es volver al punto de partida sino la entrada en una forma nueva y radical de existencia. El Espíritu del Resucitado permanece siempre. No ha resucitado si no lo hacemos nosotros.

 

[1] Es el estado de las meras funciones biológicas sin muestras externas de conciencia. Muerto para los demás y vivo para la medicina.

[2] Hay cantos al dios sol (Amón-Rah) que entraron en el salterio. Sol de verdad, sol que brilla en lo alto son advocaciones egipcias.