Octubre 25: El problemático amor a sí mismo

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Quizás no haya en el sentir popular, en los escritos teológicos e incluso espirituales, en los manuales de psicología y demás ciencias sociales un tema más desarrollado que el amor a sí mismo. La autoestima, los propios derechos, la propia dignidad, la propiedad privada, la propia realización, felicidad, salvación y demás aspectos son mirados desde el bien para el propio individuo. Podríamos decir que se ha constituido en la base del hombre occidental y de muchas religiones. También es la base explicativa del comportamiento de todos los seres vivos existentes: mantenerse en su ser, principio de subsistencia, etc. Cualquier planta lucha por la luz solar con movimientos naturales de fototropismo; cualquier animal por satisfacer sus propias necesidades primero que otros. En el hombre, como mamífero superior, se complica esta tendencia por la razón, pues puede luchar por lo propio con mayor astucia y sobrepasar sus necesidades naturales acumulando tener, poder y valer. Incluso esta “tendencia racionalizada” también ha sido justificada y justificante de muchos desarrollos positivos como las ciencias y la técnica. Sin embargo, siendo natural, es más bien contrapuesta a lo que entenderíamos por gracia y demandas del evangelio: dar la vida por los demás; “considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo” (Fil 2:3); nadie tiene más amor sacrificial que quien da la vida; he venido a dar la vida en rescate por muchos (todos en griego); no he venido a ser servido sino a servir; nadie me quita la vida sino que la doy libremente; y muchas otras frases más que contradicen el amor a sí mismo. Amar a Dios como a sí mismo es, pues, una frase problemática. Algunos comentaristas llegan a decir que más que un elemento de comparación es la prohibición evangélica de amarse a sí mismo. Amar a Dios como a sí mismo sería la expresión máxima del egoísmo, algo que precisamente parece ser el pecado radical en el evangelio.

Aquí es donde algunas teologías orientales pueden venir en nuestra ayuda. No olvidemos que el cristianismo nace dentro del judaísmo que es una religión oriental. En el budismo la expresión “yo soy[1]” es la causa de todos los infortunios del ser humano y de todos los demás seres de la naturaleza, vivos e inanimados. El “yo soy yo” trae consigo la triple intoxicación venenosa de la ambición, el odio y la ceguera. Una especie de autointoxicación existencial. El “yo” desea poseer lo que aún no posee y no desea soltar o desprenderse de lo que ya posee. Es la conciencia narcisista que occidente ha vuelto buena conciencia, sana y exitosa en un mundo competitivo. Para el budismo es simplemente un cáncer. El “yo” no solamente sufre sino que hace sufrir. Un pensador occidental como Blas Pascal ya lo decía: “El yo es odiable, se hace el centro de todo y promueve la violencia y la injusticia”. Algunos antropólogos ven en la pedestación (el hombre es el único mamífero que camina en dos pies) el comienzo de la soberbia humana frente a la naturaleza; algo que hoy nos cuesta caro por la crisis ecológica. Las manos se liberaron para exaltarlas como constructoras pero igualmente como destructoras, rapadoras frente a los demás seres, hasta lo que está en lo más profundo de la tierra (petróleo y minería). Las dignifica el arte, el único y gran milagro en la historia, en expresión de Schelling. Para un budista un paisaje, real o pintado, es un autorretrato.

Algunos escritos espirituales de tipo místico hablan de sumergirse en la totalidad en donde el individuo desaparece por completo; para algunos en una luz enceguecedora y para otros en una “noche oscura”. De alguna forma el último paso de los escalones de la ascética (vía purgativa, iluminativa y unitiva) era la disolución del “yo”, en lo “uno” para Plotino; en Dios, para Eckhart; en matrimonio perpetuo para Teresa de Jesús; en amistad permanente para Aelred de Rievaulx, y así muchas expresiones más. Es decir, en la renuncia y disolución del “yo”. En este sentido hay bastante similitud en las dos espiritualidades de oriente y occidente.

Lo típico del sentir cristianos es que por más pulido, educado, perfeccionado, santificado que llegue a ser el “yo”, debe sacrificarse en servicio a los demás; ni a sí mismo y ni siquiera a Dios como idea abstracta. Lo dice Juan: “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4:20). Juan es un místico judío, un místico oriental.”«Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4:11). La respuesta adecuada al amor (kénosis) de Dios manifestado en la encarnación, no es que amemos a Dios, pues sería devolverle su regalo, sino amar (ágape) a los hermanos. Se da el caso de quien ame tanto a Dios que odie a la humanidad. Es lo contrario del Antiguo y el Nuevo Testamento. A quienes querían ver a Yahvéh (nadie lo logra) éste les pide mirar a la viuda, el huérfano y el extranjero. A quien quiere encontrar a Jesús, éste le pide que lo haga en “estos pequeños” que tenían hambre, sed, estaban desnudos, etc. Tanto Yahvéh como Jesús desvían la mirada humana de quien quiera verlos hacia el prójimo; como un rayo reflejado en una superficie lisa.

Agustín de Hipona creyó sintetizar el amor al prójimo, a Dios y a sí mismo en su concepto de caridad. Pero todo concluyó a un amor a sí mismo, en un concepto griego del amor y no en el ágape cristiano de “Si alguno viene a mí… y no odia hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío” (Lc 14:26).  “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Jn 12:25).

Así como algunos comentaristas ven en el evangelio de hoy la prohibición del amor a sí mismo para liberarlo para el amor sacrificial al prójimo, otros ven en el uso que hace Jesús como término de comparación, con lo más connatural y experimentado por todos los seres. Pero solamente quien tenga libertad, voluntad y apertura a lo trascendente, puede obrar en contra de tal tendencia. No tiene sentido decir a una planta o un animal que tenga amor sacrificial por otra planta u otro animal. La enseñanza sería algo como: así como el hombre se ama apasionadamente a sí mismo, es el amor de Dios, no por sí mismo sino por el pecador, el enfermo, el marginado. De igual manera debe ser el amor sacrificial de los creyentes. En términos prácticos y duros, amonestaría Dios: no pierda el tiempo amándose a sí mismo ni amándome a mí; ame a los demás que es la única medida de la vida verdadera. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3:14). La caridad, en última instancia, terminaba en beneficio propio: para el perdón de los propios pecados, para ganar la vida eterna. Se perdía la gratuidad, espontaneidad y sobre abundancia de la gracia que no es otra cosa que obrar “jesusmente” (a la manera de Jesús); dándose sin esperar nada a cambio. El amor sacrificial puede decirse que es “un amor perdido” a diferencia del amor humano o divino que busca su propio beneficio, la posesión, el disfrute, la felicidad propia aunque lo vista de ropaje religioso.

El Concilio Vaticano II le dio un giro, en el sentido anterior, a la iglesia y a los sacramentos. La iglesia es para el servicio de la humanidad, no de sí misma. Los sacramentos son para salvar a los demás, no para salvarse a sí mismo. En última instancia ser salvados es ser salvados de sí mismo; morir al egoísmo, dejar que el “yo” muera o sacrificarlo en función de los demás. Es el sacerdocio común de todo bautizado.

 

[1] En una interpretación de la base de la modernidad europea (Descartes y su cogito) podemos decir: “Dios existe, luego existo”. Es decir, Dios existe para saciar todos mis caprichos. A menudo, incluso en el judaísmo, aparece igual pensamiento con la variación de “nuestros caprichos”, los del pueblo judío.