Noviembre 8: Reinado de Dios como sorpresa

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Aunque el lenguaje propio de Jesús para hablar del reinado de Dios es el lenguaje de las parábolas, a juzgar por el mismo evangelio, a menudo dejaban al oyente perplejo. La comunidad cristiana debió estarlo en muchos momentos y buscó aclararlas mediante alegorías. Algunas con acierto y otras no tanto. En el caso de hoy más bien parece un principio vuelto parábola: «Velad porque no sabéis ni el día ni la hora». Una idea hija de la literatura apocalíptica en boga que presentaba la llegada del mesías como algo sorpresivo. Se filtra en el evangelio como el ladrón de medianoche, el amo que regresa de la fiesta de bodas y otras expresiones, pero también con las contrarias. «Si alguno os dice: Mirad, el Mesías está aquí o allí, no lo creáis» (Mt 24:23). Los evangelios, recogidos de la comunidad, reflejan las contradicciones de la misma comunidad. Esto puede verse en la parábola de las vírgenes necias y prudentes. Se han hecho lecturas alegóricas, tipo cabalístico, con el número de cinco como quienes usan bien y quienes usan mal los cinco sentidos, algo más cercano al dualismo maniqueo que al judaísmo o el evangelio. El número 5 no tiene citaciones significativas en las Escrituras, como las tiene el 12. Las 5 prudentes debían haber compartido el aceite a la manera como se comparten por seis veces los pocos panes y peces. Juan Crisóstomo, comentando esta parábola, dice que las prudentes serían igualmente castigadas pues no tenían suficiente aceite para compartir y por lo tanto no habrían hecho caridad que sería la finalidad del cristianismo. Hacen cálculos para que les baste para sí mismas en vez de compartir lo que tienen. «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo» (Gal 6:2). Otra lectura numerológica fue: 1 era para Dios, 2 para las tablas de Moisés, 3 para los patriarcas, 4 para los evangelistas, 5 para las vírgenes prudentes, 6 para las tinajas de agua en las bodas de Caná, 7 para los sacramentos, 8 para las bienaventuranzas, 9 para los coros angélicos (de origen persa), 10 para los mandamientos, 11 para las once mil vírgenes (de leyendas de Úrsula) y 12 para los apóstoles. Este tipo de juegos bíblicos son comunes en Agustín de Hipona, de la escuela Alejandrina, de lectura alegórica de las Escrituras. Pero con alegorías se puede hacer decir a la Biblia lo que se quiera. Eso es válido siempre y cuando lo que se exprese sea misericordia y no exclusión o condena.

Igualmente se leyó cada una de las actitudes descritas en la parábola. Así, la llegada del esposo serían los últimos tiempos –en vez del reinado de Dios–; el novio sería el Mesías; el sueño, la espera de la segunda venida (parusía); el grito de medianoche sería el anuncio del ángel; el matrimonio, la consumación de la parusía; y las vírgenes, los cristianos preparados y los sin preparación para el fin. El aceite era para Agustín la caridad[1]. La Reforma interpretó el aceite como la fe, pues la fe es la que salva, no las obras de la ley, como dice Pablo: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe» (Ef 1:8-9). Incluso la teología feminista se ha fijado en las vírgenes prudentes como aquellas que se han formado para sí mismas desarrollando sus talentos y pueden alumbrar su propia vida con libertad e independencia, por ejemplo, en el campo laboral. Las necias mostrarían una dependencia que las incapacita y finalmente las excluye de aportar al reinado de Dios. Hoy entendemos mejor el aporte insustituible de lo femenino en todos los campos eclesiales, incluyendo la teología, estudios bíblicos, ministerios, pastoral y demás aspectos.

Aunque en el cristianismo se exaltó la virginidad, así como los eunucos por el reinado de Dios, hay que decir que la virginidad no era alabada en el judaísmo en donde no tenía más sentido que preparación para el matrimonio. Prudentes y necias buscarían encontrar en la fiesta de bodas su futuro deseado. En esta parábola tiene un sentido genérico como de damas de compañía así como los hombres, llamados amigos del esposo o paraninfos, cumplían similar papel para alegrarse con el novio. María solamente es llamada virgen (parthenos, en griego, como traducción de Almah, en hebreo) de manera directa en la anunciación, en Lucas. Indirectamente en Mateo, citando a Isaías 7:14. «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.» (Mt 1:23). Pablo cita la palabra virgen pero para referirse a la continencia. Algunos padres de la iglesia, con fuerte influjo gnóstico, van a hacer de la virginidad casi que la esencia del cristianismo. Así aparece en Metodio, quien atribuye a la virginidad un poder de intelección espiritual superior. No cabe virginidad de necias pues por la misma virginidad ya serían prudentes. Prácticamente Jesús había venido a enseñar virginidad, para la cual establece la siguiente escala (de Jabob, para subir al cielo). Su seis peldaños serían: a) matrimonio de hermanos y hermanas desde la creación hasta Abrahán; b) poligamia desde Abrahán hasta los profetas; c) monogamia; d) prohibición del adulterio; e) exigencia de moderación aún en el matrimonio; f) virginidad absoluta en imitación de Cristo.

Mateo aún piensa en la parusía como segunda venida en gloria luego de que la primera fuera en pasión y muerte. Se refiere con tres parábolas al tiempo intermedio como son la de los siervos buenos y malos, la de las diez vírgenes y la parábola de los talentos. En las tres la llegada del señor es inesperada. En realidad el reinado de Dios no llega inesperadamente porque es una construcción entre Dios y el hombre. Dios sin nosotros no ha querido, como lo expresa la encarnación, y nosotros sin él no podemos, como lo expresa la resurrección. Ireneo y Justino hablaban de la sinergia o acción conjunta entre Dios y el hombre.

En realidad, el reinado de Dios, no sería comparado con las vírgenes sino con el banquete de bodas. Una imagen que crea el profeta Jeremías para el judaísmo y que expresa el venidero banquete con Abrahán y los profetas. En el cristianismo surge una imagen similar, tanto en la vida pública de Jesús, con numerosos banquetes y con imágenes de ellos, así como en Apocalipsis, con el banquete de bodas del Cordero. Si en el Antiguo Testamento el banquete marcaría el desposorio de Yahvéh como el novio e Israel como la novia, en el cristianismo sería el desposorio de Cristo con la humanidad. Pablo utiliza la unión de Cristo y la Iglesia pero ésta es aún una imagen restringida que dejaría a muchos por fuera. También la Eucaristía habría surgido de un banquete (cena de Pascua) y tiene similares desafíos de comensalidad o convivialidad de toda la humanidad. No puede ser para la satisfacción de unos pocos, como predicaba el jansenismo. En las costumbres judías, el novio se encuentra, como en esta parábola, en compañía de sus amigos, de camino hacia la novia, para llevarla de la casa de sus padres, donde seguía habitando todavía después de los esponsales, a su nuevo hogar. A su llegada es recibido, ya que la novia misma no puede salir a su encuentro, por una comitiva de muchachas, amigas de la novia, que le conducen a la casa de esta. Con los novios, entran luego todos en la casa donde tiene lugar la boda, la casa del novio, donde es festejado el banquete nupcial. El matrimonio era un contrato sin connotaciones religiosas. Pero el reinado de Dios debe superar una fiesta folclórica con novedades aún desconocidas.

 

[1] Como en otro comentario se decía caridad no fue una buena síntesis del amor cristiano (ágape) pues el amor sacrificial no es acumulable en botijas como el aceite. Implica darse sin esperar nada a cambio (mérito).