Noviembre 15: Parábola de los talentos

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Mateo agrupa una serie de parábolas sobre el fin como son las diez vírgenes, la de los talentos y la del juicio de las naciones en el capítulo 25. La mejor lograda, de acuerdo al sentir general de los evangelios, es la del juicio de las naciones. Las otras dos, de las cuales no podemos saber exactamente su versión original, ya tenemos una aplicación de la comunidad, propia de su época, y que hoy nos presentaría algunas dificultades. Tal es, por ejemplo, que el señor se ausente y deje a sus siervos la hacienda, pues la idea de Dios creador ya había sido reflexionada ampliamente en el judaísmo y coincidía con el Dios providente, es decir, de la creación continua.

Si Dios se ausenta su obra no subsiste. O que sugiera a quien recibió un talento ponerlo en el banco para recibir intereses, algo que estaba prohibido por la ley de Moisés y que permaneció prohibido para los cristianos casi hasta finales de la Edad Media. La distribución desigual de los talentos, que por siglos se entendió como poder económico, que crea unas desigualdades es producida por el ser humano y no por voluntad divina.

Fue la traducción de la Biblia llamada del rey Jaime la que dio un giro a la parábola variando el sentido de talento (moneda), a don individual o habilidad y a que se llegara a la aplicación hoy corriente de que la parábola alude a los negligentes en desarrollar sus propias habilidades naturales, registrado en el regaño al siervo inútil expulsado a las tinieblas exteriores. Una aplicación que Pablo ya había dado a los carismas que son las herramientas para construir comunidad creyente a partir de los mismos creyentes y que no tienen valor económico ninguno sino el ponerse a disposición de los demás por amor sacrificial (ágape) pues de otra forma son mera bulla, címbalos que resuenan. Hoy los “carismas” más bien se han convertido en fuente de riqueza abundante con la comercialización del arte, la cultura, la ciencia, las patentes, las marcas registradas y otros artilugios.

Leída la parábola desde esta perspectiva, quien tenga muchos talentos no tiene motivo para vanagloriarse, pues como dice Pablo los cristianos deben proceder con humildad. Una humildad que no consiste en ocultarlos sino obrar con ellos sin espíritu de competencia. «Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo» (Fil 2:3). La humildad no está pues cerca de la baja auto-estima sino de la generosidad con lo propio. Como decía el catecismo de las obras de misericordia espirituales: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas de nuestros prójimos; rogar a Dios por los vivos y muertos. Hoy muchas de estas obras son negocios lucrativos.

Las tinieblas exteriores, que a menudo han sido tomadas como la condenación, sería la suerte particular de quien recibió un talento pero no sería aún el fin. De ahí que Agustín de Hipona plantee un doble juicio: uno particular y otro universal, de manera que el primero sería el de cada individuo en el momento de su muerte. Se basaba en las palabras de Jesús al buen ladrón: «Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23:43). Indudablemente que parecen esperanzadoras palabras para el bueno pero no así para quien de una vez entra en la condenación. La etapa intermedia sería el Purgatorio, aún no plenamente reflexionado en tiempos de Agustín, aunque sí se atrevió a formular el limbo para los niños muertos sin bautismo. No obstante, lo formulado por Agustín terminó siendo lo aceptado como pensamiento sobre la muerte, cuando el alma sería juzgada, aunque no se reuniría son su cuerpo sino al final para el juicio general o final. Éste se daría en la segunda venida de Jesús al final de los tiempos.

Un talento correspondía a 6000 denarios (Felipe no tenía sino 200 denarios para pan en la repartición de panes) que equivaldrían a 75 libras de oro o sea cerca de 20 años de salario. Toda una jubilación. Con tal capital era fácil producir más capital, como en el mundo financiero de hoy, y en parte los creyentes cayeron en cuenta de que no podía ser la parábola en sentido económico. Así fue como se pensó en que la riqueza eran los dones espirituales y responsabilidades de la iglesia. También que los cinco talentos eran confiados a todo creyente porque eran los cinco sentidos carnales (algo similar se hizo con las cinco vírgenes prudentes y las cinco necias).

También se interpretó como que el primer sirviente representaba a los judíos quienes habrían recibido los cinco libros del Pentateuco que se habrían duplicado con el Nuevo Testamento al hacerse cristianos. El segundo sirviente representaría a los gentiles convertidos al cristianismo que añadían buenas obras a su fe. El siervo inútil lo sería en asuntos espirituales. Sin embargo éste nos puede dar interesantes claves de lectura. Su imagen del señor es la de un negociante: «Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste». Si la comunidad creyente expresaba así la idea de Dios, entonces el siervo inútil tenía una mala imagen de Dios como se nos revela en Jesús. Se llena de miedo, se paraliza, no se atreve a correr riesgos con su capital humano, hay ausencia de inventiva y creatividad al congelar el carisma recibido.

La creatividad es una dimensión fundamental del reinado de Dios, pues siendo único cada ser humano, tiene también algo único que aportar en la construcción del reinado de Dios. Marcamos la historia con nuestra propia originalidad insustituible. Quizás el siervo había interiorizado la imagen de su amo en paralelo con la imagen de Dios. Una pobre imagen de sí mismo es paralizante, especialmente en una sociedad competitiva que nos obliga a compararnos con los demás. Las mismas estructuras inculcan sentimientos de derrota, de poca o nula valía. Es el caso de las masas desempleadas en muchos países en donde llegan a considerarse como desechables para la economía. No solamente la persona no pone su talento al servicio de los demás sino que él mismo se devalúa como persona. La alta tasa de depresiones en las crisis sociales y económicas es un reflejo del problema.

Desde la lógica del evangelio cambia el panorama. Solo se incrementa lo que se comparte; es decir, que se acumula es dando pues crece el sentido de cultura y de humanidad. La salvación mesiánica del judaísmo (y debe serlo la del cristianismo), es para toda la humanidad y no para una nación o religión. Al escuchar esta parábola desde la crisis social, uno se sentiría tentado de cambiar los personajes. En muchas ocasiones, los que han recibido más talentos los han utilizado en bien propio y no en el crecimiento del reinado de Dios. Mientras la sociedad entra en crisis las multinacionales financieras hacen su agosto. Sucede al contrario entre la gente sencilla, que muchos que han recibido poco del sistema laboral, social, económico e incluso les ha tocado vivir en la miseria económica y espiritual, han sido capaces de convertirse y poner lo poco que tienen al servicio de los demás. Como el joven que tenía cinco panes y dos peces. Así han logrado conmovernos y convertir a otros. Hay creatividad y mucho evangelio en las clases pobres y sencillas. Para ellas era el judaísmo y para ellas surgió el cristianismo, al menos en los primeros siglos y en varias etapas de su desarrollo. No se trata de quitar al pobre para dar el rico como sugeriría el comportamiento del señor con el siervo inútil. Más bien que el que tantos talentos tenía y otros tantos había desarrollado, los pusiera al servicio de quien teniendo pocos empezaba a arruinar los pocos que tenía. El evangelio es un nivelador de diferencias.