Abril 26: Eucaristía de Emaús

Abril 26: Eucaristía de Emaús

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El relato de Emaús es el más extenso de los relatos sobre la resurrección. Simultáneamente es uno de los más extensos sobre la Eucaristía, pues todo él, hasta el momento de la fracción del pan (klasis, en griego), es como una liturgia de la palabra que sería una sinagoga en pequeño. La sinagoga no era lugar de culto sino de aprendizaje. En semana como escuela de párvulos y en sábado de adultos. En las eucaristías de los primeros siglos, la “sinagoga eucarística” era leer textos del Antiguo Testamento y recordar hechos de Jesús, en concordancia con el calendario de lecturas judío y la novedad de ellas o su realización en Jesús. De ahí que nos toco volver a leer las Escrituras Griegas (Nuevo Testamento) con ojos judíos para evitar malinterpretaciones. Algo que hoy estamos haciendo con mayor acierto que en siglos pasados.

La Eucaristía no es en Emaús en el sentido de que es una celebración de espíritu universal. Los dioses nacionales, locales, sectarios, excluyentes quedan superados o, al menos, cuestionados por Jesús. Esta unversalización, mundialización, cosmologización de la salvación se la debemos a la elaboración de Pablo. Jesús no derramó su sangre (sinécdoque de toda su vida) solamente por los judíos sino por todos los pueblos. Tertuliano dirá que lo que hace universal el mensaje cristiano es la idea de Providencia en Jesús, que cuida hasta los lirios, las aves, los cabello de nuestra cabeza. Teófilo de Antioquía dice que es la resurrección, que libera a Jesús del espacio y el tiempo, más precisamente como el Cristo, la que da universalidad al mensaje cristiano.

En Emaús le tocaba a los dos discípulos, que son el mínimo matemático de una comunidad, con la presencia misteriosa, sacramental del caminante en el papel de Jesús, sentirse universales. Lo expresa, de alguna forma, el que no se quedan allí sino que corren a Jerusalén a comunicar su experiencia. La Eucaristía quizás es a la vez que punto de llegada, punto de partida. Celebra lo que hemos caminado e impulsa a lo que nos falta por caminar. La Eucaristía es, en cierta forma, la presencia constante del profeta que lee el presente, invita a conversión, busca construir el reinado de Dios, pregustado en la comunidad que comulga en lo espiritual y lo material[1].

Como profeta se adecúa su muerte en Jerusalén. Aunque desanimados y desilusionados, los discípulos de Emaús no vacilan en recordar a Jesús como “un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo”. Como se esperaba del profeta Elías, Jesús explica las Escrituras, primero a los dos y luego a los once. En un lenguaje más técnico sobre la literatura religiosa judía, Jesús hace un “midrash hagádico[2]”, es decir, un relato a la manera judía para afianzar una práctica: reunirse a comer en nombre de Jesús. Un Jesús que llegaba a compartir la cena luego de haber sufrido como el judío llegaba a la cena familiar luego de haberse fatigado produciendo los alimentos. Pero no se los atribuía a su ingenio sino a Yahvéh: “Bendito seas Señor, que haces brotar el pan de la tierra. Bendito seas Señor, que haces que brote el vino en la tierra de tu siervo David”. Como varias veces se ha dicho en estos comentarios, las Escrituras no dicen nada por si solas, es necesario interpretarlas y tienen setenta rostros. Es decir, nunca se puede cerrar de una vez y para siempre su sentido, como podría hacerse con fórmulas matemáticas o de ciencias de la naturaleza.

Los relatos de la resurrección se articulan en tres momentos, que culminan todos ellos en la apelación a las Escrituras, que era el criterio de verdad entonces: a) los relatos sobre la tumba vacía (resucita la persona no su alma separada del cuerpo);  b) en el centro, el relato de Emaús que no se narra como aparición sino como compañero de camino —Pablo llega más allá cuando ubica el Resucitado dentro de la misma persona o en medio de la comunidad como cuerpo de Cristo—; c) apariciones a todo el grupo. Emaús, como relato eucarístico, es el más cargado de riqueza simbólica y alcanza su cumbre en el reconocimiento del Resucitado en el momento de partir el pan, pero reconocimiento preparado por las palabras sobre las Escrituras a lo largo del camino. Todos ellas aplicadas a Jesús para tratar de comprenderlo. Lo contrario, comprender las Escrituras a la luz de Jesús, aunque aparezca en el mismo Nuevo Testamento, hoy se ve como conflictivo y necesario de revisión. Es la lectura que introduce Teodoro de Mopsuestia, en el siglo V, para la lectura de los profetas. ¿De qué hablaban los profetas? Del Jesús histórico, era la respuesta evidente para Teodoro. Hoy no es aceptable tal respuesta. Los profetas no sabían del futuro y fueron dados para que el judío no pretendiera saberlo.

La resurrección permite una adecuada re-lectura de los hechos llamados de cinco maneras diferentes que algunas Biblias traducen indistintamente por “milagro”. La resurrección está en el origen de la memoria de ellos. Se convierte, a posteriori, en la clave de interpretación de la identidad verdadera y de la vida, de las acciones y de las palabras de Jesús. Al presentar a los discípulos de Emaús reconociendo a Jesús como “profeta poderoso en palabras y en obras” y al mismo tiempo como “mesías fracasado” por estar y mientras están privados de la fe en su resurrección, se da a entender que los milagros erran su objetivo sin la resurrección. La fe no produce el milagro sino que permite reconocerlo. Come bien lo dice el teólogo ortodoxo Olivier Clément: “Milagro es ver lo extraordinario en lo ordinario”. Si el judío lo veía en la naturaleza, lo que desconocía era la naturaleza. Así, al remitirse a los signos judíos como Jonás o el Templo (velo que se rasga a la muerte de Jesús y posterior destrucción del Templo en el año 70) se sugiere que los milagros reciben su significado profundo solamente a partir de la resurrección. En otras palabras, que el único milagro auténtico de todo el Nuevo Testamento es la resurrección de Jesús; y, por supuesto, la nuestra.

El relato de Emaús destaca igualmente el aspecto procesual de la fe. Es un relato típico de reconocimiento paulatino, que utiliza seguramente una tradición de la comunidad lucana. En él se conserva el recuerdo de una aparición de Jesús al grupo de los parientes o hermanos. De hecho, uno de los dos protagonistas de la historia de Emaús, Cleofás, es el hermano de José; por tanto, tío de Jesús, según Lucas. El extenso relato centrado en estos dos discípulos, que dejan la comunidad de Jerusalén para volver a su pueblo de Emaús, mientras otros volverían a la pesca en Galilea, insiste en el diálogo con Jesús, que se les junta bajo el aspecto de un peregrino. Pero sus “ojos eran incapaces de reconocerlo”. En el judaísmo se reconocía mejor a Yahvéh por su palabra, como cuando Jesús y la Magdalena intercambian: ¡María! Y ¡Roboni!. Así que es luego del diálogo con Jesús, en el que su palabra y su gesto remiten al recuerdo histórico y a las promesas de Yahvéh consignadas en las Escrituras, que puede notar el evangelista: “Entonces sus ojos se abrieron y lo reconocieron”. Antes de los ojos se les habrían abierto los oídos. Las expresiones de los dos discípulos manifiestan la crisis en que se haya el grupo por la crucifixión. Su fin trágico en Jerusalén, con la condena a muerte y la crucifixión, ha roto las esperanzas de liberación mesiánica nacional. Los testimonios de las mujeres no logran alentarlos. Entonces será la Eucaristía (fracción del pan) la que haga el milagro de resucitarlos.

 

[1] Aunque reducida a la mínima expresión, no deja de ser comida: pan y vino. Alimento básico del pan y alegría del vino. Lo necesario para el cuerpo y lo necesario para el espíritu. Lo indispensable y los superfluo o súper-erogatorio.

[2] El midrash es el género prácticamente de todos los evangelios. Existen el midrash halálico, para afianzar leyes o normas y el midrash hagádico para afianzar costumbres o tradiciones.