Mayo 3: Un curioso pastor

Mayo 3: Un curioso pastor

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Desde los tiempos de los primeros cristianos se han usado imágenes de Jesús, junto con la proclamación del evangelio. Eran simbólicas como la del pastor (Jesús como pastor), el cordero (Jesús como el cordero pascual), el pez (confesión de fe en griego: ichtys —pez— es acrónimo de lesous , Christos Theou Hyios Soter = Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador) y otras más. Como en otro comentario se dijo, la cruz es bastante tardía, hacia el siglo IX y el crucifijo un poco después. Cuando el cristianismo se hace religión oficial, con Constantino y Teodosio, las imágenes, costumbres y credos de los creyentes se convierten simultáneamente en signos religiosos y civiles o políticos[1].

Lentamente se une el ser cristiano con ser súbdito del imperio y no ser cristiano con ser enemigo de Dios y del imperio. A todo lo largo de la Edad Media el papel del pastor religioso tiene encuentros y desencuentros con el papel de los “pastores” civiles representadas en matrimonios y divorcios de ambas autoridades. La AUCTORITAS (autoridad) de origen moral, se confunde con la POTESTAS (potestad) de origen militar. El rey y el obispo, ambos alegaban ser elegidos por Dios y entraban en competencia sobre el mismo territorio y los mismo súbditos. Será con el surgimiento de la democracia que los hombres pasen de súbditos a ciudadanos con libertad de conciencia en lo político y lo religioso. Esto hace más racional el papel de los dirigentes políticos y más espiritual el de los dirigentes religiosos.

Pero en la Edad Media, teólogos como Roberto Belarmino pensaron en una Iglesia como sociedad universal bajo el gobierno de un solo pastor, el papa, vicario de Cristo[2]. Es la concepción dominante hasta el Concilio Vaticano I (1870) que define el poder del papa como “pastor y maestro de todos los cristianos”. La imagen del buen pastor se interpreta de manera jurídica y social con acento en la jurisdicción universal más que en la universalidad del mensaje evangélico. El deseo de que haya un solo rebaño bajo un solo pastor nunca ha funcionado bajo el presupuesto de la potestad, desde los primeros tiempos del cristianismo. Tampoco bajo las definiciones dogmáticas de los concilios, pues después de cada concilio se han producido nuevas divisiones. Parece que la única unidad posible es en el amor sacrificial (ágape); la unidad en la diversidad; la apertura al Espíritu.

Los ministerios en el Nuevo Testamento están siempre subordinados a Jesús o al Padre. Pedro es la roca pero Cristo es la verdadera roca de Israel (1 Co 10:4); Pedro es el pastor de ovejas y corderos pero Dios es el pastor de Israel (Sal 23:1) y Jesús es el buen pastor; Pablo reclama ser padre de los corintios, pero en Cristo; la paternidad espiritual es asumida por obispos y presbíteros, igual que por los superiores monásticos a partir del siglo IV; pero todos deben orientarse a producir “hijos de Dios” y no sus propios hijos espirituales. El misterio cristiano es el misterio de la luna y no del sol, como gusta de expresar Francisco; es decir, una luz reflejada de Jesús y no una luz propia. El título recomendado por Jesús para sus seguidores es el de hermano y es quizás el más difundido entre los creyentes. En el campo civil su equivalente más próximo es ciudadano. El teólogo francés Yves-Marie Congar muestra que el Concilio Vaticano II se negó a declarar de derecho divino que el Pontífice Romano sea el sucesor de Pedro. Esto supondría una orden de Jesús sobre la que no existe nada escrito. Jesús habló del culto en espíritu y verdad, no ligado a un lugar: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (Jn 4:21). Lo que importa no es Roma. Cuando los papas vivían fuera de Roma, por ejemplo en Aviñón, permanecieron como obispos de Roma. La Iglesia romana absorbió lo "católico. Entonces concluye Congar que la plenitud del título "católico" es tan fuerte que no nos gusta mucho que se nos llame "católicos romanos". El segundo adjetivo pone límites al primero.  Tertuliano, padre de la Iglesia, afirma que la catolicidad de la Iglesia le viene por la universalidad de la providencia de Dios y Teófilo de Antioquia opina que le viene por la universalidad de la Resurrección. El adjetivo “católico” es adoptado en siglo II para designar el cristianismo como un todo, en contraste con las iglesias particulares (de Corinto, de Efeso, de Tesalónica, de Antioquía, de Jerusalén, de Roma, etc.)

El perfil que del pastor hace el evangelio es bien obligante. Le recuerda que debe conocer a sus ovejas y reconocer su voz de manera que las ovejas (hoy un término que no puede escaparse a cierto sentido despectivo) también conozcan la voz de su pastor. También se le pide ir en busca de la oveja descarriada que el pastor regresaría sobre sus hombros de lo cual el báculo no parece el mejor símbolo episcopal, más asociado con el poder. También el anillo es de la época de las Investiduras[3] similar a la corona o cetro del rey. Es lo que se ha llamado la “recepción” de las enseñanzas o directrices pastorales, pues sin ella no tienen ningún efecto. Igualmente le recuerda que debe sufrir la suerte de sus ovejas y morir por ellas. Los primeros pastores reales, de carne y hueso, los únicos que aparecen en el evangelio de Lucas, sufren las suerte de sus ovejas y conviven con ellas en el descampado. Vale la pena anotar que no se dice que ninguno de los apóstoles provenga del pastoreo sino de la pesca y luego de otras actividades como la recolección de impuestos. La figura del pastor es pues tomada de la cultura de la época y con los condicionamientos del lenguaje de la época. Nos dice el Concilio Vaticano II al hablar de la revelación y las Escrituras: «Las palabras de Dios, al ser expresadas por lenguas humanas, se hicieron semejantes a la manera humana de hablar, así como un día la Palabra del eterno Padre se hizo semejante a los hombres, asumiendo la carne de la debilidad humana.» (Vaticano II, Constitución sobre la Revelación divina, Dei Verbum # 13).  Se trata pues de mensaje divino en lenguaje humano con imágenes siempre metafóricas de insinuación, invitación, provocación y no de identidad. El Concilio de Trento, por el contrario, utilizó un lenguaje jurídico en el cual casi todos sus decretos terminaban con la expresión descalificadora: “Sea anatema”, es decir, sea condenado o excluido quien piense o interprete de otra manera. Este lenguaje, en vez de invitar a la unidad, ahondó la división ya en marcha para entonces, entre católicos y protestantes. Lo que a continuación sucedió fueron las guerras de religión en Europa y el afianzamiento de la Inquisición.  El Concilio Vaticano II marca un cambio radical del lenguaje, volviendo a uno más similar al de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos: exhortativo, invitativo, sugerente, poético si se quiere, más propio del lenguaje religioso y contrastante con el lenguaje jurídico. Más cercano igualmente al lenguaje del evangelio.

Jesús, presagiando su destino final expresa: «Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26:31). Escandalizarse, en el lenguaje bíblico, es perder la fe, la cual recuperarán luego de la experiencia pascual. El término apóstol (quizás el pastor por excelencia) empieza a usarse con sentido general de predicador hacia finales del siglo II. Así se llama a Patricio, predicador del evangelio en Inglaterra y a Cirilo y Metodio predicadores entre los eslavos.

 

[1] La cruz, como signo de derrota, ignominia, sufrimiento, se convierte en signo de triunfo militar, en el lábaro de Constantino, cuando derrota a Majencio y se adueña del imperio romano. Su lema, bajo la cruz, era IN HOC SIGNO VINCIS (con este signo vencerás).

[2] Hasta el siglo XII y en los Padres de la Iglesia, el vicario de Cristo es el pobre o el Espíritu Santo. Son los que representan a Jesús en la tierra.

[3] Estas fueron las luchas medievales entre el poder civil y el religioso sobre el nombramiento, la autoridad, la potestad y el dominio de la Iglesia de Roma y los poderes “civiles”. Duran hasta bien entrado el siglo XIX sobre todo en Francia y Alemania.