Noviembre 22: Juicio de las naciones

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

En la literatura aparece la idea de “juicio final” en algunos escritos como el Apocalipsis de Abrahán y en las teorías de algunos rabinos. Pero no era el final propiamente sino el antefinal, lo penúltimo, la historia judía estaría marcada por el período de la aparición de la humanidad (Adán y Eva) hasta la destrucción del Templo, seguida por el juicio final, la llegada del Mesías, el retorno de los exiliados y la restauración del Templo. Algunas figuras asociadas al juicio eran temporales. Por ejemplo, el juicio particular era provisional a la muerte del judío, temporalmente expiaría sus pecados en el infierno para ir luego al paraíso. Luego habría un juicio general para el destino de la humanidad. Por eso algunos interpretaban el texto de hoy como juicio para Israel, juicio para los gentiles, juicio para todas las naciones y juicio final. Igualmente se discutía si todos resucitarían o solamente los justos, con la desaparición total de los impíos. Es la idea que aparece en el milenarismo (o chiliarismo) del Apocalipsis, cuando habría un reinado de los justos por mil años. No desaparecía, sin embargo, la idea de que el juicio de Yahvéh era como un diagnóstico médico, para salvar, no para condenar[1].

El evangelio de Juan se escapa a esta apocalíptica y trae el juicio al presente: «El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios» (Jn 3:18). Es decir, que el juicio lo hace cada quien frente a Jesús. Si decide en contra su vida se oscurece y oscurece la vida de los demás. Si se decide a favor su vida se ilumina e ilumina la vida de los demás. Jesús vería su desempeño como la inauguración del juicio definitivo, algo que el judaísmo atribuía al Mesías. Mientras que para Juan el juicio sería con base en la fe en Jesús, en Mateo, que insiste más en este punto, las propias obras constituyen el criterio del juicio, a la  manera como en los profetas sería juzgado Israel frente a la atención que dieran a la viuda, el huérfano y el extranjero. En Juan lo que conlleva la fe es a la ágape (amor sacrificial) por el hermano, de manera que de ella se siguen las obras. Aunque las obras no producen la fe, de la fe se siguen inexorablemente las obras. En los evangelios pueden entenderse parábolas como la siega o la separación de los peces como advertencias sobre el juicio final, pero igualmente aparece la misericordia como en la parábola de los obreros contratados a diferentes horas del día que reciben igual salario o el trato misericordioso del padre en el hijo pródigo, o la justificación del cobrador de impuestos. Como refleja Santiago en la tensión (inquietud permanente en el judaísmo) entre justicia y misericordia: «Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia se siente superior al juicio» (St 2:13). Tensión que hasta hoy seguimos sin resolver. El éxito de la justicia humana se sigue tasando por condenas, cárceles y penas más que por sanación del criminal.

No deja de llamar también la atención que el juicio de las naciones descrito en el evangelio de hoy es de sorpresa mutua. Tantos los “benditos de mi padre” como “malditos” son sorprendidos y parecen perplejos. Los benditos no actuaron esperando recompensa ninguna y el bien parece haberles surgido de manera natural. Su comportamiento ético (dar de comer al hambriento, de beber al sediento, etc.) no es el producto de un cálculo diseñado para atraer la atención divina. Esto será importante para muchos planteamientos de la ética respecto a la capacidad humana de obrar bien con la mera razón o si requiere la ayuda de la gracia. Los “malditos” habrían obrado el bien si hubieran entendido el mecanismo de la recompensa. Pero para estos no habría nada preparado, solo «fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles». Es decir que el juez mismo se encuentra perplejo sin saber qué hacer con ellos. El creador, que todo lo ha hecho bien, no espera más que el bien de todas sus creaturas. Mucha literatura popular terminó asignándole un sitio geográfico al juicio de las naciones. El valle de Hinón, llamado Gehena, era una hondonada al sur de la ciudad de Jerusalén que el lenguaje popular llama el valle de Josafat. Jesús alude a él como lugar de castigo. Se dice que allí hubo sacrificios humanos antes de la llegada del pueblo judío y que fue convertido en basurero de Jerusalén, probablemente con fuegos producidos por la descomposición de material orgánico (fuegos fatuos, gases de metano). Así se asocia el fuego al castigo.

Tanto Juan el Bautista como Jesús confrontan a Israel con un llamado a la conversión, como hicieron los profetas. En el Bautista es claro que enfrentarán un juicio inminente. En Jesús, en cambio, lo que ha de llegar es el reinado de Dios. De tal manera que el juicio no es el final sino el comienzo del reinado. En el Bautista, el pertenecer al pueblo judío no es garantía de salir librado del juicio, pues Dios puede sacar hijos de Abrahán de las piedras. El evangelio de Mateo es recogido luego de la destrucción del Templo de Jerusalén y dicha destrucción es interpretada como juicio contra Israel (juicio nacional). Así el juicio pasa de ser, como el de los profetas, una exhortación a ser una apología del modo de proceder de Dios en la historia. Para los creyentes sería un llamado a la fidelidad a Jesús. Los saduceos, quienes eran colaboradores de los romanos y detentaban el poder en el Sanedrín y el Templo, no aceptaban ni la resurrección ni el juicio final. La segunda carta de Pedro es la que más enfatiza el carácter de constricción moral del juicio final, pues su negación implicaría licencia para los desarreglos en esta vida. «Los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados hasta el día del Juicio y de la destrucción de los impíos» (2 Pd 3:7). Así como en la Edad Media la espiritualidad se convirtió en la práctica de la preparación para la muerte (ars moriendi), por el temor al juicio, la vida se convirtió en preparación para este. El sentido terrenal del compromiso cristiano se oscureció. Como en otro comentario se decía de la frase de Bernardo de Claraval, conservada en la Salve Regina, esta vida es como un “valle de lágrimas”. Más parece una condena de los dioses griegos que la oración de Jesús para ser guardados del mundo, sin ser sacados del mundo, del evangelio de Juan. No puede negarse que el interés por el fin, así como por el juicio final que la literatura apocalíptica –en boga en tiempos de Jesús– había alimentado, motivó en buena parte la misión apostólica y conformó mucho de las instrucciones y testimonios de los primeros cristianos. Los autores del Nuevo Testamento recurren a la amenaza de la condenación. La carta a los hebreos, la segunda de Pedro, la de Judas y el Apocalipsis abundan en estas alusiones. El llamado a la conversión va de la mano de las advertencias sobre el juicio venidero. Tal cual aparece en muchos discursos de los Hechos de los Apóstoles sobre la actividad evangelizadora de la primitiva comunidad. Así transmiten más el pensamiento del Bautista que el de Jesús. Éste predica preferencialmente el reinado de Dios al cual no vale entrar por amenazas, temores o miedos sino por seducción, por amor sacrificial, por gracia, por la fe en Jesús. Hoy, afortunadamente, se da otra lectura a la literatura apocalíptica más conforme con el compromiso cristiano con este mundo. No era literatura para amenazar sino para escenificar lo que no debía ocurrir a la humanidad. Salvar por el amor y no por el temor sigue siendo un desafío para el mundo de hoy; un mundo “curado de espantos”, quizás mejor dispuesto a la verdadera fe que el mundo de entonces.

 

[1] Algo de esto reaparece en algunas teorías filosóficas del derecho penal. Al reo corresponde devolverle lo suyo: su dignidad humana, su libertad y su proceso de conversión. Mucho tiene de víctima. El derecho puramente punitivo carece de sentido teológico.