Noviembre 29: La visita inesperada

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

En una encuesta hecha en Inglaterra sobre el tiempo en que a las personas les hubiera gustado vivir, la mayoría de las respuestas fueron que les hubiera gustado vivir en la época de Jesús. Quizás pensaban que les hubiera respondido muchas inquietudes y preguntas que albergaban. Preguntas que indudablemente son nuevas y no se hubieran hecho en tal tiempo. En la época de Jesús, la literatura de moda era la apocalíptica, es decir, la referente al final (eón, en griego) de la larga historia de invasiones y deportaciones del pueblo judío. Los primeros cristianos procedentes del judaísmo, influenciados por tal pensar, malinterpretaron los signos de su época como si fueran el fin, bien del judaísmo, bien del mundo, bien del sistema vigente. Así, la destrucción del Templo de Jerusalén (año 70) por las tropas de Tito Flavio, la interpretaron los cristianos como el principio del fin. Tal forma de pensar aparece en los evangelios en diferentes ocasiones y puede inducirnos a un pensamiento similar. El Templo ciertamente se acabó hasta el día de hoy, pero no así ni el judaísmo ni el pueblo judío. Los creyentes, a su vez, vieron lentamente frustradas sus expectativas del fin y les tocó reformular su fe en concordancia. Mucha literatura religiosa empezó a expresar el retorno de Cristo bajo otros parámetros diferentes a su parusía en gloria. Supuestamente era necesaria una segunda venida para reivindicarse de la primera que habría terminado mal: en pasión y muerte. Se olvidaron que la resurrección era no la negación de la pasión y muerte sino su confirmación. «Fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación» (Rm 4:25) es la profesión de fe más antigua del misterio pascual que recoge Pablo. La salvación no se contiene solamente en la muerte (como en varias teorías salvíficas) sino en su conjunción con la resurrección. Cristo “vuelve” cuando sucede en la persona o en la comunidad el misterio pascual.

De una manera privilegiada, en mucha literatura cristiana de los primeros siglos Cristo vuelve en el pobre. Así se tuvo al pobre como el vicario de Cristo al menos hasta el siglo XII. Es célebre la leyenda de Martín de Tours quien comparte su capa con el pobre para entender luego que la ha compartido con el mismo Cristo. Igual sucede en muchos cuentos de León Tolstoy. En las normas de vida que Benito de Nursia deja a los benedictinos se les pide hospedar al peregrino, pues sin saberlo pueden hospedar al mimo Cristo. El documento del episcopado latinoamericano de Puebla pide ver en el pobre el rostro de Cristo. Así podríamos citar muchos ejemplos de similar idea. Es en el rostro del otro en donde encuentro al Dios que me interpela. También podríamos decir, de una forma más teológicamente refinada, que puede invertirse la perspectiva de manera que sea el otro quien pueda ver en nosotros a Jesús mismo que se compadece. Es decir que debo ser yo, como creyente, quien sea Jesús para los demás, independientemente de quién sea el otro. Al fin y al cabo el principio del mal es justificar el sufrimiento ajeno así como el principio del bien es tener por propio el sufrimiento ajeno. Tal es la expresión para la misericordia de Jesús: “se le hinchaban las entrañas” (splachinizomai, en griego).

Comparar pues la imagen del Dios cristiano con un hombre que se ausenta y deja su casa al cuidado de sus siervos no resulta adecuado. Ni Yahvéh se ausenta de su pueblo en el Antiguo Testamento –incluso sale desterrado con el pueblo a Babilonia– ni Jesús nos abandona luego de su muerte, pues nos deja su Espíritu, el Espíritu del Resucitado. Todo el relato sería una ilustración, más bien inadecuada, del consejo central: estad vigilantes. ¿A qué? a la ocasión de hacer misericordia, de hacer el bien, pues esta sí que puede llegar de improviso y la podemos dejar pasar. Como dice la carta de Santiago: «Aquel, pues, que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado» (St 4:17). En la teoría moral clásica se llama “pecado de omisión”. Velar por la llegada del fin, aunque fue popular en la literatura espiritual del pasado, no resultó tan fructífero en la vida cristiana. Tenía dos formulaciones: temor a la muerte y el propio juicio o juicio particular y temor al juicio universal. En la regla de Benito de Nursia se pide al monje pensar a menudo en su muerte para guardarse en esta vida. Así, esta vida pasaba a ser una preparación para la muerte (ars moriendi, en latín) o la vida como el arte de morir. Esta vida y este mundo perdían su interés e importancia. Una idea propia del platonismo griego que muchos padres de la iglesia se tragaron sin beneficio de inventario y armonizaron supuestamente con el mensaje de Jesús. Pero el mensaje de este es del reinado de Dios que se construye en esta vida, porque ya viene o ya está en medio de vosotros. Quien viva según el evangelio, ha superado tales inquietudes. La muerte es hoy retomada con interesante sentido por la filosofía del siglo XX e igualmente la escatología por la teología como el horizonte que puede jalonar nuestro presente. Ningún pasado nos condena ni a un eterno retorno ni nos impide soñar y trabajar por un mundo distinto.

Como varias veces lo ha dicho Francisco, debemos dejarnos sorprender por el Espíritu, no por los malos augurios. Un Espíritu que nos sorprende con nuevas soluciones como en el caso de José y el embarazo de María. Nos sorprende con el mismo camino como en el caso de Abrahán en busca de una tierra que aún seguimos buscando. Una actitud de viajero que está llegando y nos invita a estar siempre yéndonos, dejando atrás. Un Espíritu que nos sorprende en el sufrimiento por amor sacrificial (ágape). Como lo expresaron Máximo el Confesor y Blas Pascal y que ya había expresado Pablo: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1:4). El mismo Moisés finalmente no entra en la Tierra Prometida aunque se sacrificó por ella. Todo cristiano está llamado a ser un estigmatizado. Un Espíritu que nos sorprende con mundos nuevos. Un mundo donde los seres humanos sean como Jesús: “hombres y mujeres para los demás”. Este es el amor que dice Pablo (himno a la ágape) que dura para siempre, que sobrevive a la fe y a la esperanza. Algo que parecía necedad para los judíos y locura para los griegos. Un amor sacrificial que no surge del orden natural, del animal racional ni del biológico. La armonía del orden natural y racional se basa en el poder, en el dominio del más fuerte. El perdón y la misericordia son los poderes creativos del Espíritu. Es la verdadera creación de la nada, la gracia. Perdón y misericordia permiten que la historia tenga un principio, libre de los lazos del pasado. Que lo imposible suceda. Un Espíritu que nos sorprende con nuevas formas de liberación. Como en la parábola del Buen Samaritano, el movido por la misericordia fue un samaritano mientras que el sacerdote y el levita fueron movidos por normas. En bien del ritualismo anularon la solidaridad. Un Espíritu que nos sorprende en la debilidad, no el súper hombre (personaje de ficción). Algunas hagiografías (vidas de santos) caen en este error. El enfoque triunfalista de la santidad no se encuentra en los Evangelios. El santo es aquel que no cesa de luchar y está presto a arrepentirse; el que no reemplaza al Dios viviente en el otro por ningún sistema de virtudes o principios.

Dios siempre crea con lo que tiene y saca lo mejor de lo que le ofrecemos, porque el reinado de Dios se construye entre Dios y nosotros. El Dios revelado en Jesús no se ausenta dejando a los siervos a cargo de su casa sino que se queda en la casa precisamente como siervo, como servidor. Esto lo entendemos mejor en la sociedad contemporánea que si hubiéramos vivido en la época de Jesús, como deseaban los ingleses entrevistados.