Agosto 5, 2018: Apuntes del Evangelio

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Por: Luis Javier Palacio S. J.

La comida, necesidad diaria y universal, es una de las necesidades con expresión religiosa en muchas culturas; el judaísmo y el cristianismo no son la excepción.

Todas las necesidades humanas de hombres y mujeres pueden ser ocasión para proclamar el evangelio: pan, fuego, agua, luz, comida, ayuno, vida en pareja, nacimiento, enfermedad y muerte. La comida original del maná se dice que es la exudación de la planta tamarix mannífera cuando es punzada por una chochinilla. Su ritualización vas desde llamarla “pan sin cuerpo” con sabor a nada, hasta llamarla “pan del cielo” con sabor a lo que el consumidor desee. Cuando los israelitas se cansaron del maná y se pusieron a llamarlo “pan despreciable”, Yahvéh castigó su rebelión enviando serpientes venenosas que causaron la muerte de muchos (Nm 21:5, 6).

Parece que los beduinos ya le daban el nombre de man a-samma (venido del cielo). En realidad es producto de la estación lluviosa, dándose solamente por unos meses y si no se recoge temprano es comido por las hormigas. Algunos comentaristas judíos lo rechazan como elemento propio de su religión. Una comida de supervivencia en el desierto, junto con las codornices, que se vuelve un símbolo de la generosidad de Yahvéh en medio de las dificultades y esperanza de abundancia en el futuro reino mesiánico. Llega a sostenerse que fue la comida del pueblo durante cuarenta años (una hipérbole o exageración) .

El Exodo describe el maná similar al cilantro y su sabor como galletas de miel. Se le añaden elementos como que el maná guardaba el sábado, no cayendo tal día; que deja de caer con las primeras cosechas en Palestina; que puede reemplazar la leche materna. Para otros cesa desde el momento en que se cruza el Jordán por parte de Josué y su grupo, precisamente entrando en una tierra que “mana leche y miel”. También que el maná había sido el último acto creativo de Yahvéh la víspera (viernes) de su descanso sabático. Cuando los israelitas la vieron por primera vez, dijeron: “¿Qué es?”, o, literalmente, “¿man hu’?” Probablemente sea este el origen del nombre, pues los israelitas mismos empezaron a llamar a este alimento “maná” (algo desconocido).

Criaba gusanos y empezaba a heder al día siguiente si se guardaba durante la noche por lo cual era solamente pan de cada día; el omer (medida diaria por persona) adicional de maná que se recogía el sexto día para comerlo el sábado no se estropeaba. Pablo aludió a este hecho cuando estimuló a los cristianos de Corinto a usar sus excedentes materiales para cubrir la deficiencia material de sus hermanos. (2 Co 8:13-15). También se dice que una jarra con maná (que supuestamente se descomponía rápido) permanecía dentro del arca da la Alianza en el Templo. Curiosamente recordaba que el alimento principal debía ser la palabra de Yahvéh y no el pan. El símbolo religioso tiene la capacidad de sobreponer su sentido a la realidad pues a menudo busca que la superemos, no que la confirmemos. Unos cinco siglos más tarde, cuando el Arca se trasladó de la tienda que David había erigido para ella al templo que Salomón había edificado, la jarra de oro con maná había desaparecido. Las riquezas religiosas han sido botín frecuente en las guerras. El evangelio de Juan toma básicamente tres elementos de la tradición de Moisés como son: el maná, la serpiente de bronce y la pascua.

El maná, en el Nuevo Testamento, no retiene más que su capacidad simbólica. Por eso Jesús recalca y añade: «Yo soy el pan vivo que bajó del cielo; si alguien come de este pan vivirá para siempre; y, de hecho, el pan que yo daré es mi carne a favor de la vida del mundo». Para los cristianos esta simbología se traslada a la Eucaristía. Jesús también se refirió simbólicamente a la jarra de maná cuando aseguró a sus seguidores ungidos con espíritu que los que vencieran recibirían el “maná escondido”, es decir, un suministro de alimento imperecedero o lo que este consigue: la resurrección. La evangelización la cumplían los seguidores de Jesús mediante la enseñanza, la fraternidad en la fe y la fracción del pan. Durante siglos era común que se enviara pan consagrado (FERMENTUN, en latín) por el obispo a las comunidades locales y sin consagrar a las más lejanas para expresar la unidad alrededor del pan. Para algunos fueron las reuniones de los creyentes para participar en la fracción del pan las que fueron consideradas criminales por las autoridades romanas y las que llevaron a la persecución.

Buena parte de la segunda sección del evangelio de Juan es dedicada al discurso sobre el pan de vida, aclarando equívocos, señalando su significado, mostrando las implicaciones. Jesús como pan de vida, su carne como comida y su sangre como bebida, son una novedad completa dentro de la mentalidad judía. La antropofagia, los sacrificios humanos eran abominación para el judaísmo. De ahí que Abrahán no termina sacrificando a su hijo Isaac, reemplazado por un cordero. Los sacrificios humanos eran comunes en otras culturas, incluso la griega, cuando los dioses exigían el sacrificio del mejor, del más valiente, de la más bella para ganarse su favor. Por otro lado la sangre no podía tocarse ni consumirse pues era propiedad de Yahvéh y portadora de la vida. Lo que las multitudes habían comido era pan físico de centeno, que era el pan del pobre y Jesús entiende que lo buscan para hacerlo “rey del pan”.

Contrapone el «comer pan hasta saciarse» y el «ver señales» con la intención última de la Eucaristía que es el sacrificio propio (no de otros) y el asumir la pasión propia (no descargarla sobre otros). El sentido aparece más figurado en Juan, aunque en la vida misma de Jesús aparece más claro. Pablo lo expresa con una de las mejores fórmulas eucrísticas del Nuevo Testamento: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva (hostia), santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rm 12:1). Ver señales no es acceder todavía a la fe, pues la señal es ambigua según quien la interprete. Los judíos, dado el realismo de las palabras de Jesús, entendían que los invitaba a irrespetar sus tradiciones de carne y sangre humanas. Pero estos volverían a un saciarse meramente orgánico, mientras Jesús habla de vida eterna. Algo que comienza ahora y se prolonga en la eternidad. El alimento que permanece para vida eterna sin embargo es algo que se busca y ejecuta en la vida temporal. En Juan no es otra cosa que el amor (ágape) que permanece siempre. En el Antiguo Testamento fue el Cantar de los Cantares el que proclamó que el amor era más fuerte que la muerte. Todo lo demás puede pasar y pasa, es pasajero. Bien lo entendieron los creyentes cuando hicieron del ágape uno de los sinónimos de sus Eucaristías.