Abril 21, 2019: Apuntes del Evangelio

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Por: Luis Javier Palacio S. J.

Era la literatura corriente en la época, pues hastiados del poder romano, esperaban pronto la liberación. Los primeros cristianos creyeron verla en Jesús, pero no fue del tipo que esperaban. Mateo narra la resurrección en tres etapas. La primera corresponde a la tumba vacía, la segunda al soborno de los guardias que dormirían mientras roban el cadáver y la tercera las apariciones. En los relatos de la resurrección hay descuerdo en los detalles en los evangelistas. Básicamente en quién visita la tumba, cuándo y por qué; sobre si la piedra ha sido o no removida; sobre la presencia de los guardias; sobre los hombres que habría allí y si eran ángeles; sobre la reacción de las mujeres. En Marcos, las mujeres traen abundantes especias para ungir el cuerpo de Jesús. Lo creen muerto, y su propósito parece ser la conservación del cadáver, a la egipcia. Pero aquí, en Mateo, no hay referencia alguna a la unción de Jesús con especias. Opinaba Jerónimo (traductor de la Biblia al latín) que el hecho de que no coincidieran agregaba confianza en el texto. Si se hubiera puesto de acuerdo, serían sospechosos de fraude. Los primeros apologistas poco se refieren a la tumba vacía. Solamente Mateo refiere el soborno de los guardias.

Los cristianos hacen del día de la resurrección el octavo día, de manera que completaría los siete días de la creación. Sería una nueva creación y reemplazaría la sinagoga. A la vez diferenciaría los cristianos de los judíos. Simbólicamente el domingo para los cristianos, como lo era el sábado para los judíos, representaría el reposo eterno. El octavo día es representado en la construcción de templos de ocho lados y baptisterios octogonales. El conteo desde la muerte de Jesús el viernes en la tarde, hasta el domingo de resurrección, lleva a asignarle 40 horas de donde se toma la celebración piadosa de las cuarenta horas de diferentes devociones.

Cierta forma de resurrección del cuerpo era aceptada por los fariseos, no por los saduceos, pero no se contemplaba la resurrección de un crucificado y menos de un mesías. Se dice de manera esquemática que el cristianismo occidental prefiere adorar al crucificado mientas el oriental prefiere hacerlo al resucitado. Se pone más el énfasis en la pasión que en la resurrección que marca la principal fiesta cristiana. Cristo ofrece no solamente perdón de los pecados sino nueva vida, prefigurada en su resurrección para toda la creación. Así lo expresa Pablo.

La resurrección es la ruptura del límite inviolable entre la muerte y la vida. En el Antiguo Testamento se narran tres reanimaciones de cadáveres que no coinciden con la resurrección en el Nuevo Testamento: una asociada a Elías y dos al Eliseo. Aunque muchos Padres de la Iglesia tomaron la frase de Oseas «al tercer día nos hará resurgir y viviremos en su presencia» (Os 6:2) como una profecía de la resurrección de Cristo, pocos comentaristas hoy interpretan el lenguaje de Oseas como referencia literal a la resurrección; más bien lo ven como un lenguaje metafórico de la promesa del retorno de Israel del exilio. En el pensamiento greco-romano la resurrección era impensable, pues era imposible y hasta indeseada. El cuerpo era una cárcel para el alma y la resurrección sería volver a estar encarcelada. Por eso es Pablo rechazado en su discurso en el areópago de Atenas.

El evangelio de Mateo es el único que incluye autoridad a los discípulos, en el envío, para resucitar muertos: «Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10:8). Jesús ha sido crucificado de acuerdo a las leyes romanas y costumbres judías. Se ha mostrado fiel hasta el final dispuesto a dar la vida. Parece, pues, que sus adversarios, los dirigentes religiosos y aliados con el poder político, han vencido. Se han deshecho de la amenaza representada por el que proclamaba y ponía en marcha un nuevo reinado llamado reinado de los cielos. Pero la resurrección marca un final diferente. Donde todo parecía un fracaso se anuncia un futuro. Dios no se ha dado por vencido. Una nueva presencia se perfila con la resurrección; será la que cambie a los discípulos.

Los anuncios de resurrección son incompatibles con la ideología, con la propaganda del poder. La resurrección no convierte a los dirigentes que coinciden en atribuir la desaparición del cuerpo a un robo llevado a cabo por los discípulos. Con su anuncio, el ángel hace una revelación y una interpretación: si el sepulcro está vacío, si ha desaparecido el cuerpo, se debe a la acción de Dios. Esa intervención divina no ha sido observada por nadie (no hay descripción de la resurrección propiamente dicha), pero sus efectos admiten varias interpretaciones. A los discípulos y a las mujeres les causará inicialmente temor pero luego será valentía. La resurrección de Jesús significa la resurrección de los fieles. Las tres mujeres son los primeros oyentes y receptores del anuncio de la resurrección. El ángel las envía para que sean las primeras personas en proclamarlo. Pertenecen a un grupo más amplio que incluye discípulos varones. Aquellos de los que últimamente se dijo que habían huido o, en el caso de Pedro, que “saliendo fuera, lloró amargamente”. No se ofrecen detalles acerca de dónde están ni de cómo llegarán hasta ellos las mujeres para transmitirles el recado del ángel. De todas maneras será en Galilea, donde empieza la vida pública de Jesús y empieza también la fe en la resurrección. Los discípulos tienen que ir a Galilea, la región donde Jesús desarrolló la mayor parte de su ministerio y donde ellos fueron llamados a hacerse discípulos.

Allí verán a Jesús resucitado. Las mujeres parten de inmediato. Ya no se quedan a ver a Jesús, cuya promesa de resurrección ha sido confirmada por el ángel y corroborada por el sepulcro vacío. Ellas dejaron el sepulcro a toda prisa, con miedo y gran alegría pero también con esperanza. Las mujeres no son sólo las primeras personas en oír, recoger y anunciar el mensaje de la resurrección, sino también las primeras en ver a Jesús resucitado. Un relato de aparición confirma la interpretación del sepulcro vacío. Jesús les salió al encuentro y las saludó. Jesús resucitado se les revela mientras están obedeciendo al ángel. Al instante de verlo y oírle, las mujeres saben que es Jesús. Y ellas, acercándose se agarraron a sus pies y lo adoraron. La acción de agarrarlo indica que no es un espíritu, pero tampoco un cadáver reanimado. Las mujeres quieren adorarlo. El verbo adorar designa la acción de postrarse requerida al saludar a un rey o gobernante, costumbre iniciada en Oriente a partir de Alejandro Magno. Jesús hace a las mujeres el mismo encargo que el ángel y del mismo modo: “No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Como en otro comentario se dijo, los judíos no tenían culto a las tumbas tenidas por lugares de impureza. Tampoco hubo, en la Iglesia primitiva, culto a la tumba de Jesús. Ahora estaba vivo en medio de ellos, sobre todo cuando celebraban la Eucaristía. El centro de la fe es la resurrección y es a través de ella como le damos sentido a la pasión y muerte.