Abril 28, 2019: Apuntes del Evangelio

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Por: Luis Javier Palacio S. J.

Parecería que creer es lo opuesto y contradictorio a dudar pero más bien son complementarios y se necesitan mutuamente. Enseñados, como lo hemos sido, a considerar el cristianismo como una serie de “verdades eternas” que hay que mantener en su integridad, salidas básicamente de los concilios, se nos olvida que a las definiciones dogmáticas precedieron prolongadas discusiones sobre diferentes posiciones surgidas de las dudas. Un libro tan importante para el cristianismo occidental como Las Confesiones, de Agustín de Hipona, es el derrotero de todas sus dudas personales. Dice Agustín haber superado todas las dudas cuando se adentra en sí mismo y encuentra a Dios como más íntimo que su misma intimidad.

Pascal, por el contrario, decía que adentrándose en sí mismo no encontraba sino un “ego” despreciable y odioso. Dios no podía ser sino el de Abrahán, Isaac y Jacob, alegaba. Otro, de singular importancia para la Iglesia latina como Tomás de Aquino, escribe La Suma Teológica , que está conformado por 520 dudas que trata de resolver a su manera. El judaísmo, en general, consideraba a Yahvéh como más allá de toda duda, absolutamente cierto y sin necesidad de pruebas de su existencia. No así cuando la fe cristiana debió predicarse entre los griegos, grandes preguntadores. Se dice que el mérito del pensamiento griego no fue tanto las respuestas que dio sino las preguntas que se hizo. Prácticamente no dejaron problema humano o de la naturaleza sin preguntárselo ni sin dar respuestas tentativas. Para los judíos, de todo lo demás (que no fuera Yahvéh) se podía dudar, discutir e interpretar a la luz de sus Escrituras. Como en otros comentarios se decía, el judaísmo y el cristianismo no son religión del Libro (como lo son los musulmanes) sino de la “interpretación del Libro”. Los casos referentes a las leyes bíblicas debían decidirse de acuerdo con las normas más estrictas de los rabíes, mientras que lo atinente a lo decidido por los rabinos debía resolverse de acuerdo a lo más amplio y tolerante.

La escena de Tomás, luego de la Resurrección, nos muestra la importancia de la duda que, por otro lado no ausente en la vida pública de Jesús cuando los discípulos dudan quién sea Jesús, las gentes dudan si se va a los griegos o a suicidarse, discípulos y multitudes se pregunta con qué autoridad obra, quien sea aquel a quien los vientos y el mar obedecen, y muchas dudas más. La duda de Tomás es sobre si el Resucitado es el mimos crucificado o si, como los actores de cine, simplemente ha cambiado de papel. La salvación nos viene por la unión indisoluble de pasión y resurrección. Como dice la más primitiva confesión de fe: «Fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Rm 4:25). Somos justificados no solamente a pesar de nuestro pecado sino a pesar de nuestras dudas. De otra forma, lo sería la conclusión de una reflexión lógica, lo que vale para las ciencias pero no para la fe ni para las decisiones más existenciales y vitales (por ejemplo enamorarse, casarse, elegir una profesión, dedicar la vida al servicio de los demás, tener un hijo, etc.). Gracias a la duda, han avanzado las ciencias en todos los campos. Se duda de una teoría anterior y se postula una novedosa y más explicativa. La duda, pues, así la duda sobre Dios mismo, no nos separa de Dios. Fue un error de interpretación de los manuales confesionales medievales que desglosaron el primer mandamiento del Decálogo (propio de la Torah) judía: amar a Dios sobre todas las cosas, que concluyeron que era una falta contra este mandamiento tener dudas de fe . Todo el evangelio está basado en la condicional “a pesar de”: a pesar de ser pecadores, Dios nos ama; a pesar de ser injustos, Dios nos hace justos; a pesar del pecado, sobre abunda la gracia; a pesar de nuestras inseguridades, Dios nos conforta; a pesar de nuestros dolores, Dios los asume como propios; a pesar de ser mortales, Dios nos resucita. Ha dicho Francisco en varias ocasiones que el teólogo que pretenda tener todas las respuestas, es un teólogo mediocre. Es deshonesto adherir a una doctrina a condición de dejar de pensar. La función del lenguaje religioso acerca de Dios y del hombre (la Biblia es palabra de Dios sobre el hombre, no sobre Dios de quien más ignoramos que sabemos) no es comunicar algo, sino fundar, poner las bases de lo que no se daría de otra manera. Si no digo: te amo, no es posible el amor. Y decirlo no es un dato científico. Dejar de pensar y de “decir” riñe con la misma naturaleza humana de ser consciente y animal pensante. El papel del ser humano, como el único ser que puede pensarse (reflexionar) en toda la naturaleza, es ser consciencia de toda la creación. Es el desafío de la mística pues corre el peligro de quedarse solamente en el místico mismo, siendo irresponsable con el resto; o quedarse solamente en un Dios irresponsable con su propia creación. Sin preguntas, sin dudas, nuestra fe está muerta y en parte también nuestra existencia.

Según algunos, con la revelación se nos resuelven todas las preguntas y no queda espacio para la duda. Pero la realidad de una fe madura es bien distinta. Con la revelación la idea de Dios, aunque parezca evidente, se hace más oscura. Era más claro y lógico el dios filosófico de los griegos pero igualmente era más inhumano; parecía gozar con el sufrimiento humano y todo intento del hombre por pretender ser como los dioses era castigado; era el mayor pecado, llamado hybris (soberbia). Al hombre le tocaba resignarse a su suerte. Algo muy diferente es la figura de Jesús sobre la cual nos seguimos haciendo preguntas hasta hoy. Jesús, como nos dice el Vaticano II, nos revela precisamente que el hombre mismo es un misterio y que se aclara con otro misterio (sacramento) como es Jesús. La fe, en vez de resolver todas las dudas, es el abrazo amoroso que Dios nos da incluyendo en el abrazo nuestras dudas. Como el padre que no tiene más respuesta para las inquietudes y curiosidades de su hijo que abrazarlo. Es que el mismo padre alberga similares preguntas y dudas. De Tomas, pues, podemos pensar que supuesta incredulidad más bien es reconfortante para la fe y por supuesto para una vida honesta, auténtica.