Agosto 4, 2019: Apuntes del Evangelio

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Por: Luis Javier Palacio S. J.

También aparece en el Siracida: «Cuando dice: «Ya he logrado reposo, ahora voy a comer de mis bienes», no sabe qué tiempo va a venir, morirá y se lo dejará a otros» (Sir 11:19). Quizás no haya familia que no haya tenido dificultades con la herencia, como los dos hermanos al comienzo del evangelio de hoy. Jesús extiende este versículo a un drama con la aparición de nuevos personajes.

En vez de un hablante tenemos ahora cuatro, siendo uno de ellos Dios mismo. La riqueza de la cosecha es algo no adquirido con el esfuerzo propio sino don de Dios, a través de la tierra. La pregunta ética que correspondería al granjero es ¿Qué hago con lo que no me he ganado? La parábola parece dirigida a quien no se hace tal pregunta. Jesús introduce la idea de que el alma (o vida, pues psyché permite ambas traducciones) es un préstamo cuyo vencimiento llega ese mismo día. Resalta igualmente el estilo de vida del granjero y el aislamiento que tal estilo le ha creado. En su reflexión no aparece sino el mismo granjero hablando con su alma. No hay parientes, ni vecinos, ni agricultores, ni siervos que habrían hecho labores en la tierra. El hombre era rico desde el comienzo y obtiene ganancias adicionales. No hay crítica sobre cómo se había hecho rico, pues en los evangelios ordinariamente se dan las situaciones por sentadas.

Lo que va a dejar claro el evangelio es el deber moral de compartir cuando se tiene. En realidad no necesita del excedente de la cosecha. Como dicen varios padres de la iglesia, el mejor granero del rico es el estómago del pobre. En el diálogo que tiene consigo mismo, no se plantea que no necesita de tal abundante cosecha. Hoy, en una sociedad consumista, parecería una pregunta innecesaria. Siempre encontramos en qué gastar cualquier ingreso extra. Pero en la época, el consumo era de necesidades básicas, como lo sigue siendo para muchos seres humanos que apenas sobreviven. Se dice que la sociedad postmoderna se caracteriza por haber pasado de la etapa de producción a la etapa del consumo. “Consumo luego existo” es la máxima existencial de dicha sociedad. El granjero se refiere a sus excedentes como “mi cosecha” a la cual tendría pleno derecho. En realidad, en el pensamiento cristiano, pesa siempre una hipoteca social sobre toda propiedad, sea de bienes raíces, muebles o inmuebles. Agustín decía que lo que te sobre no es tuyo, es del pobre. El granjero quiere guardarse la cosecha, junto con los excedentes para sí mismo. Ambrosio dice que este granjero tenía ya suficientes graneros en la boca de los pobres. Dice el libro del Eclesiastés: «A muchos bienes, muchos que los devoren; ¿de qué otra cosa sirven a su dueño más que de espectáculo para sus ojos?» (Ec 5:10). La economía, por el contrario, no ve en los bienes más que mercancías tasables en dinero, inclusive las personas mismas.
Cuando Pablo se refiere al trabajo, hablando a los cristianos, les recomiendo trabajar por dos razones: a) para que no sean carga para los demás: «Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios» (1 Tes 2:9) y; b) para ayudar a los demás: «El que robaba, que ya no robe, sino que trabaje con sus manos, haciendo algo útil para que pueda socorrer al que se halle en necesidad» (Ef 4:28). Lógicamente en la sociedad actual, con su sistema financiero de rentas e intereses, parecería locura hacer tales planteamientos. Incluso el Estado se desentiende de estas funciones. Dialogar consigo mismo es más contrastante cuando pensamos en las sociedades orientales donde las personas tienen mayor sentido de comunidad que en occidente. Quizá, más lamentable aún, el granjero ni siquiera tiene con quién dialogar sobre su propósito. Como a menudo sucede, las riquezas alejan de los demás y absorben el corazón de quien se dedica a conseguirlas. Es una especie de prisión que ha construido el mismo granjero que lo encierra en su propia riqueza. También un joven que se acerca a Jesús para que le enseñe el camino a la perfección, cuando se le aconseja vender su bienes y darlos a los pobres, se retira triste (deprimido) porque tenía muchos bienes. La solución vendrá pues desde esta misma cárcel y decide demoler el insuficiente granero para hacerse otro a la medida de sus ambiciones.

El granjero acumula varios posesivos de primera persona: MI cosecha, MI granero, MIS bienes, MI alma. El Deuteronomio lo que prescribía era poner aparte el diezmo y las primicias, para compartirlos con la viuda, el huérfano y el extranjero. La desgracia (social) vendría sobre Israel si se desconocía este principio. El diálogo consigo mismo es lamentable para un judío o para cualquier ser humano. Su riqueza lo ha hecho autosuficiente, ni siquiera necesita quien lo escuche. No tiene, como el hijo pródigo, una familia que lo añore y espere su regreso para celebrar una fiesta. Ni como el pastor que tiene una comunidad que se alegra con la oveja encontrada. Ni como la mujer que tiene vecinas para celebrar que ha encontrado su denario. El granjero insensato se ha hecho extraño en su propia tierra. En su original hebreo debe decir nefesh donde hoy tenemos alma. Nefesh en hebreo es la totalidad de la persona. Así que no se dirige a su alma independientemente de su cuerpo. Se ha vuelto una misma cosa con sus bienes. Puede como proyecto de vida descansar, comer, beber y banquetear. Como el rico comilón que no ve a Lázaro a la puerta de su casa. Cuando acata su mal proceder ya es demasiado tarde.

Finalmente, se oye la voz de Dios que lo llama con el apelativo necio, insensato, falto de juicio. Otros textos traducen loco. Ahora Dios le pide cuentas del préstamo de su alma (vida). Todos tenemos una vida que se agota tarde o temprano y la posibilidad de la otra vida está determinada por lo que hagamos en ésta. Si la cosecha abundante fue un don de Dios, la vida también lo era. Vivir en la dinámica del don hace más significativa esta misma vida. Su vida era tan ajena como su cosecha; ambas se debían a los demás. Quizás la mejor definición de Jesús que pueda darse es que era “el hombre para los demás”.

La voz de Dios llega en el momento en el que se sentía más seguro y preparado para el futuro. Es confrontado con la dura realidad de la muerte. Lo que ha guardado quedará quizás para quien menos se imaginaba, como antes se dijo que sucede a menudo con las herencias. La voz de Dios lo confronta consigo mismo. No aparece ninguna acusación directa como ¿qué has hecho por los demás?, ¿por qué no has socorrido al necesitado?, ¿por qué no aparecen amigos o familiares como destinatarios de tus bienes? Más bien es un examen de conciencia al que es invitado como diciéndole: mira lo que has hecho de ti mismo; de tu vida en soledad, de tus planes en soledad, de darte gusto a ti mismo. Ahora te toca igualmente morir solo. Se supone que tendría familiares herederos de acuerdo con las leyes judías. Pero no sabe lo que sucederá con sus bienes. La parábola no nos da la respuesta que el granjero insensato hubiera dado. Es, como la mayoría de las parábolas, con un final abierto. Toca al oyente concluir la parábola o sentirse representado en ella. Las parábolas, a diferencia de los discursos, no son para enseñar algo en concreto sino para pensar, intuir, responder con la vida misma. Como en otros comentarios se ha dicho, todo el lenguaje de Jesús es de invitación a la conversión. Quien se sienta interpretado en la parábola aún está a tiempo para cambiar de mentalidad. Algo que difícilmente podrá en su diálogo en solitario. No puede rescatarse a sí mismo. El proverbio final nos recuerda que la única riqueza es la del servicio a los demás. Esa sí que trasciende la muerte.