Junio 7: Amor (agape) de Dios al mundo (cosmos)

Junio 7: Amor (agape) de Dios al mundo (cosmos)

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El evangelio de Juan es el que más claramente une creación, redención, encarnación, salvación y futuro de la humanidad. Infortunadamente lo hace con un lenguaje que dio en el pasado para que se leyera dicho evangelio como la obra de un teólogo (los 7 concilios ortodoxos y otros posteriores) y luego como un gnóstico (enemigo del mundo). Más recientemente se ha propuesto una lectura mística. Juan es un místico, pero un místico judío, muy diferente a la mística ascética que recorre el cristianismo desde  Plotino, pasando por Agustín, hasta finales de la Edad Media. La confesión de fe de que Dios es creador, para oponerse a las teorías emanantistas de Plotino, no llevó, sin embargo, a un aprecio por el mundo (cosmos) o naturaleza sino a ponerla en la escala más baja de todos los seres: el mundo material como obstáculo a menudo, o como mero peldaño o escalera para subir el mundo espiritual. Incluso el mundo, en varios padres de la iglesia, es más bien un castigo al hombre por su pecado que una ocasión para que se manifieste la gracia. El Dios creador terminó distinto y a veces hasta opuesto al Dios encarnado. El mundo, creado de la nada, tendría que volver a la nada (Agustín) y por tanto carecía de valor permanente. El esquema alejandrino de descenso de Dios en la encarnación y ascenso en la salvación, era en última instancia descenso a la materia (mala) y ascenso al espíritu (bueno). Gnosticismo teñido de maniqueísmo. El alma, confunida con el Espíritu o Ruah del judaísmo, era una especie de nostalgia permanente del cielo, de donde habría caído, como en el mito de Platón en su diálogo Fedón o de la inmortalidad del alma.

Los apologistas oponen a la idea griega de la inmortalidad del alma el concepto de resurrección. Taciano decía claramente que el alma era mortal, como en el judaísmo muero el “nefesh”. Justino llega a decir que la inmortalidad es la “hybris” (soberbia) del ser humano pues se tendría por naturaleza mientras la resurrección se tiene por gracia. Como dice el teólogo Adolf von Hernack: “Si el Redentor trajo la idea de inmortalidad, nada nuevo trajo pues ya la creían Pitágoras, Sócrates, Platón y los seguidores de éstos”. La resurrección es el milagro, el único, del Nuevo Testamento y la inmortalidad tan humana como la razón. La creación misma (la materia) es en el pensamiento antes mencionado un castigo para el alma de manera que se encuentra encarcelada en este cuerpo. Cuerpo que Gregorio Magno llamaba “fétido estuche del alma” y que Teresa de Jesús soñaba con abandonar: “¡Ay que larga es esta vida!/ ¡qué duros estos destierros!/ ¡esta cárcel, estos hierros/ en que el alma está metida!/ Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero,/ que me muero porque no muero”. Todos los movimientos místicos, hasta no hace mucho, eran de tipo ascético con imágenes como escla de Jacob, escalera al cielo, subido al monte, cadena de amor (Gregorio de Nisa), alas para el alma, flecha de amor (Teresa de Ávila), llama que inflama o quema, siete gradas de la Divina Comedia y otras imágenes por el estilo, que presentan el ideal de perfección humana en un ascenso a la contemplación (theoria, en griego) divina o visión beatífida. Desde el Falso Dionisio los tres grandes peldaños son el purgativo, el iluminativo y el unitivo o tres vías: via purgativa (de negación del mundo y húida de él), vía iluminativa (de conociemiento de supuestos secretos divinos), vía unitiva (de disolución en la divinidad o entrada en la nube de Moisés de desconocimiento). Muy poco, o casi nada, del amor (ágape) expresado por Juan en su evangelio y en sus cartas: el ágape no es amor a lo de arriba sino a lo de abajo. En los sinópticos al pobre, el enfermo, el marginado, el excluido por el judaísmo. El amor de Dios, manifestado en Cristo que se abaja (kénosis hasta la cruz) no es para que amemos a Dios y ni siquiera a Cristo sino a los hermanos: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4:10-11). En el misticismo ascético de Casiano, Evagrio Póntico, Eriúgena y otros más, el ideal alcanzado no es la misericordia o hinchazón de entrañas que sucede en Jesús cuando se enfrenta a los enfermos o necesitados, sino la ataraxia, apatía, autarquía de quien no se conmueve con nada porque todo lo ha despreciado en función de la contemplación de la belleza, la verdad, el bien supremo de un Dios metafísico, lejano al que se revela en Jesús. Agustín llega a decir que Dios cuando nos ama realmente se ama a sí mismo. ¿Qué podría amar en un ser depravado y caído, por debajo del animal, como el ser humano? Los evangelios dicen lo contrario: «Les respondió Jesús: No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5:31-32). En forma igualmente radical: «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5:44-45). Si el ideal cristiano es la misericordia, como lo expresa Lucas, entonces no puede buscarse en la ataraxia, apatía, autarquía sino en todo lo contrario: abajarse a recoger, a levantar el pobre, encontrarlo en las llagas del enfermo, en la necesidad el desvalido, en la confusión interior o exterior del pecador, en el clamor del necesitdo.

El Falso Dionisio (se hace pasar por discípulo de Pablo pero su libro es del siglo V) establece una jerarquía celestial de la cual la terrenal sería copia. El pensar puro de los ángeles es el nivel más alto y el inferior más bajo los minerales, la materia. Establece una jerarquía social que recorre toda la Edas Media con la clase “orante” como clase alta (los monasterios ocupan lugar privilegiado), luego la clase “bellante” (luchadores como príncipes, reyes, caballeroa, soldados, peones de guerra) y la más baja compuesta por los “laborantes” (tambaleantes, en sentido etimológico) que eran la mayoría y eran los siervos de la gleba, los eclavos, los sometidos. Lo que parecería reflexión bien abstracta, termina fundando la realidad más concreta.

En el evangelio de Juan todo acto divino obedece al amor (ágape) que es espontáneo y gratuito. Es descendente, es decir, que si pensamos en una escala, es el peldaño superior el que se abaja al inferior y no como en amor griego que es siempre deseo de lo superior. El Logos se abaja a la carne (el verbo se hizo carne), Jesús se abaja al enfermo y hambriento (reparticiones de panes), baja a la muerte (su mayor gloria es bajar a ella), da la vida por sus amigos y pide a sus seguidores morir como grano de trigo, perder la vida para encontrarla, amar a los hermanos con similar amor (ágape) de abajamiento. Sus discípulos no pueden huir del mundo pues deben amarlo pero no pueden proceder con las ambiciones del mundo religioso, social o político. Coincide con la crítica de los sinópitocos a los ricos y poderosos de este mundo: “Vende lo que tienes y dalo a los pobres”, si tienes comparte, “no sea entre ustedes como los príncipes y señores de este mundo que oprimen. El mayor sea el servidor”. También coincide con el llamado de Pablo: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas» (Ef 6:12). Es decir, nuestra lucha no es contra el cuerpo propio ni el de los demás, sino con el “pecado estructural” o “pecado social” que Pablo describe como el “espíritu” del tiempo. Hoy sería el consumismo, el sexismo, el armamentismo, la discrimación, el machismo, el racismo, la negación de los derechos humanos, la crisis ecológica. Un cristianismo en este mundo y para este mundo objeto del amor de Dios.