Enero 24: Mensaje de Jesús y seguidores

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El mensaje de Jesús parece tener una simplicidad tal que hoy nos admira la cantidad de cosas que se dicen y escriben sobre él. Pero es el proceso normal de todo cuanto existe. Por ejemplo, el que todo lo vivo nazca del simple carbono; que seamos “carbono que piensa”. Pero cuánta complejidad hay en el carbono (la simple C de la tabla periódica). El mensaje básico de Jesús sería: “Conviértanse para que llegue el Reinado de Dios”. Un reinado que Agustín aplica a su concepto de Ciudad Terrenal y Ciudad de Dios (la de abajo y la de arriba) que es el pensamiento que domina toda la Edad Media. Más de mil años de historia de la humanidad occidental. En el judaísmo, aunque se habla de nuevos cielos y nueva tierra (arriba y abajo), siempre tendrían que venir consecuentes con “esta tierra”, con la que “mana leche y miel”. El cielo en función de la tierra y ésta en función de aquel. Como en conocida expresión sobre Teresa de Lisieux: “Teresita no quería ir al cielo; quería bajar el cielo a la tierra”. No era pequeño el desafío de tal mensaje para unos pescadores del lago de Galilea. De hecho, empiezan a medio entender el asunto mucho después de la muerte de Jesús con la experiencia pascual; es decir, con la convicción de que estaba vivo en medio de ellos pues había resucitado.

A lo largo de la historia del cristianismo se ha entendido el mensaje de Jesús de diferentes maneras. Quizás la más conocida y difundida es como mensaje para vivir en esta tierra de manera que podamos acceder a la vida eterna. A través de ésta, como respuesta a los cuatro grandes anhelos humanos de: verdad, belleza, bien y eternidad. Hoy no es tan evidente tal esquema. La verdad que nos convence viene más de la ciencia; la belleza, de las teorías estéticas; el bien, de la estabilidad social, política y económica; la eternidad ha entrado en crisis como idea de tiempo indefinido en estado de inmovilidad total[1].

Muchos de los biblistas hoy nos recuerdan y enfatizan que Jesús era judío, hablaba como judío, utiliza lenguaje judío y pensaba como judío. En tal escenario es impensable una espiritualización de su mensaje que excluya este mundo. Podríamos decir que el judaísmo es esencialmente materialista (en el buen sentido). Es decir, que no hay salvación que no sea material: socorrer a la viuda, el huérfano y el extranjero. También el Nuevo Testamento enfatiza las realidades de este mundo como en las Bienaventuranzas y el Juicio de las Naciones. La salvación pasa por dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de enjugar las lágrimas de quien llora, de que sean felices los pobres y los perseguidos por causa de la justicia. Decía Tertuliano que con la encarnación “la carne es el gozne de la salvación[2]”. El teólogo José Ignacio González Faus lo interpreta o traduce como “no hay salvación que no sea material”. Así adquieren sentido los relatos de curaciones, reparticiones de panes, defensa de la mujer adúltera y otros de Jesús asistiendo al necesitado. Tal es el mensaje que deja a sus seguidores. Qué tanto de esto entendieran Simón, Andrés, Santiago y Juan al momento del llamado no es posible saberlo. El ideal que recorre todo el judaísmo es el de la igualdad. Yahvéh no tolera la desigualdad; ni la esclavitud en Egipto, ni las injusticias de los primitivos pobladores de Palestina, ni los abusos de los reyes persas, ni las invasiones de los griegos y los romanos. De ahí que las leyes más igualitarias de toda la Biblia sean las del Deuteronomio con su ideal de pueblo de Yahvéh. La idea de pueblo de reyes y sacerdotes es del Levítico. El Deuteronomio busca que no haya pobreza en Israel por causas humanas y que las causadas por la naturaleza (desplazamiento, orfandad, viudez) sean aliviadas por la solidaridad de todos mediante los diezmos[3] y primicias.

El reinado de Dios, pues, tenía como base fundamental la igualdad humana[4] y variada literatura religiosa coloca a los pescadores como base para lograrla. Lucas ubica el llamado de los apóstoles luego de una pesca abundante y precisa en el llamado que serán pescadores de “hombres vivos” (Lc 5:10). Pocas traducciones resaltan esta característica que expresa mejor el destino de los apóstoles. No solamente para pescarlos sino para que permanezcan vivos. Esta precisión, que no aparece ni en Marcos ni en Mateo, parece corregir alguna malinterpretación que pueda haber habido en la misión. El llamado a ser pescador de hombres vivos permite una imaginación más amplia respecto al destinatario del mensaje. Sacar lo mejor de cada ser humano y de lo que de hecho ya bien Dios haciendo en él. Dios, como creación continua, es una de las más dinámicas definiciones de algo que es más verbo que sustantivo. Dios no es “es”, sino “siendo”, en acción. Lucas utiliza la palabra ζωγρων (zogron = apresar, reanimar), mientras que en Marcos y Lucas utilizan αλιεισ (aliéis) que es pescador de mar o lago. Algunos comentaristas interpretan las palabras de Lucas como “os haré vivificadores de hombres”. Tal parece que no quedaba clara cuál era la misión con la palabra propia para el nuevo oficio que ejercían ahora estos primeros discípulos.

El pez termina muriendo al salir del agua; el pescador de hombres vivos quizás lo traslade a otras aguas. Ser pescadores de hombres parece sugerir más el fin de la vida del pez que el comienzo de una nueva vida dentro de esta misma, que es la conversión. En el Antiguo Testamento la conversión era volverse a una mayor fidelidad a la Toráh; pero luego de la encarnación, conversión es volverse al único lugar donde Dios está vivo: el ser humano. El evangelio de Juan no menciona el oficio de los primeros discípulos que llegan a Jesús a través del Bautista. Jeremías había usado negativamente las imágenes de pescadores y cazadores, babilonios de corazón endurecido, que Yahvéh enviaría a Israel como castigo. Serían los judíos pescados para secarlos al sol y cazados como presas de monte. Jesús habría utilizado los peces para alimentar a las multitudes e incluso el pez[5] pasará por símbolo del cristianismo por cerca de nueve siglos, mucho antes que la cruz.

Siendo el oficio de pescadores propio de Galilea y poco conocido en Judea, es comprensible que luego de la Resurrección la misión no se exprese en términos de pescadores sino de predicadores o enviados (apóstoles). Igualmente, en términos de lo que ya practicaban los creyentes como el bautismo, la atención a los leprosos y demás enfermos. Ya el profeta Jeremías había predicado que la conversión no era cambio ni geográfico ni de oficio sino el cambio de un corazón de piedra por uno de carne. Si miramos a Jesús como el modelo de “pescador de hombres vivos” vemos que su interés era vivificar a aquello a quienes el judaísmo de la época consideraba como “muertos” para el reinado de Dios. Jesús, por el contrario, encuentra en ellos su base y razón de ser.

 

[1] La eternidad como “visión beatífica”, como eterna alabanza de la divinidad, como persecución del Cordero, como absorción en el ser de Dios, como unión a la esencia divina no parece ser suficientemente estimulante para una vida ética aquí en la tierra. Al contrario, como una espiritualidad de fuga mundi (huída del mundo).

[2] CARO CARDIS SALUTIS, en latín.

[3] Es el profeta Malaquías, preferido por las iglesias de garaje, el que insiste que el diezmo es para Dios; el Deuteronomio para compartir con el pobre.

[4] De alguna manera ha sido buscada por diferentes sistemas económicos y políticos aunque partiendo de supuestos diferentes. Los Derechos Humanos, en sus cuatro niveles actuales, tienen a la base el mismo ideal igualitario.

[5] La razón es que pez en griego (ιχθυς, ichtys) es el anagrama de Jesucristo, hijo de Dios, salvador.