Enero 31: En la sinagoga de Cafarnaúm

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Cafarnaúm sería la patria chica de Pedro y Andrés, a donde Jesús traslada su cuartel general en lugar de su tierra de Nazaret, donde fue mal recibido. Cafarnaúm se vuelve el centro de su actividad en Galilea, la cual se desarrolla en el triángulo formado por las ciudades de Cafarnaúm, Betsaida y Corazaín; las tres, alrededor del lago o mar de Galilea o Tiberíades. Esta ciudad tendría unos 1500 habitantes. Cuando debido a las posibles amenazas de muerte le toca a Jesús dejar su tierra habla de no tener morada: «Dícele Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8:20). Puesto que Jesús centra su ministerio en la región de Galilea, los primeros discípulos serían escogidos contando con los oficios y parentescos de la región: los hermanos Andrés y Simón Pedro, Juan y Santiago, compañeros de faenas con Pedro y Andrés que eran compañeros de labores en la pesca con Santiago y Juan; así como vecinos o conocidos (la mayoría de los doce serían de Cafarnaún y Betsaida). El evangelio de Juan, sin embargo, relaciona a Pedro, Andrés y Felipe con la ciudad de Betsaida. «Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro» (Jn 1:44). Los evangelios, recogidos de las comunidades creyentes, tienen las imprecisiones de lo que se transmite de boca en boca.

Un detalle irónico del evangelio de hoy es que mientras los discípulos difícilmente reconocen a Jesús, pues no logran comprenderlo, dos confesiones de fe en Jesús como hijo de Dios aparecen en dicho evangelio. Una en el pasaje de hoy por parte de un espíritu inmundo y otra al final del evangelio cuando un centurión ve a Jesús morir en la cruz. «¿Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco; tú eres el Santo de Dios». La gente, por el contrario, admira las enseñanzas de Jesús como quien tiene autoridad y no como los escribas. Era común que los escribas no comentaran propiamente las escrituras sino que citaban las interpretaciones que otros daban de ellas. Algo similar a lo que se desarrollará en la escolástica con la expresión ¡lo dijo el maestro! (magister dixit) que, en general, se refería a Tomás de Aquino. Los expositores de la Ley y los Profetas en la sinagoga tenían que fundamentarse en las Escrituras y en la “tradición”, que eran las sentencias de los rabinos. Este método a menudo no era más que una cadena de dichos: “Dijo rabí tal…”, y así en una serie inacabable de sentencias. Pero el método de Jesús era distinto. Interpretaba con su autoridad; prescindía de estas sentencias y dictaminando por sí mismo. Al estilo de las sentencias en el “sermón del Monte”: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo. Pero yo os digo» (Mt 5:38.39).

Marcos le da una importancia especial a la sinagoga aclarando que sea de Nazareth o de Cafarnaúm. También Pablo empezará predicando en las sinagogas y será luego del rechazo de los judíos que se dirige con mayor dedicación a los gentiles. La misión en Galilea, según Marcos, es básicamente de enseñanza y curación de enfermos que en Lucas pasan a ser expulsiones de demonios. Para Marcos las referencias a las sinagogas son la manera de presentar a Jesús comprometido con una misión pública, aspirando a tocar a todo el pueblo judío; un movimiento masivo más que buscando la salvación solamente de un pequeño remanente. La sinagoga ubica a Jesús en un escenario público en Galilea, por lo cual un líder importante de la sinagoga (Jairo) lo reconoce y busca su ayuda. Los escribas locales, por el contrario, son descritos negativamente. El único escriba  que recibe aprobación es uno relacionado con la administración del Templo en Jerusalén, no con la sinagoga. Es el que le pregunta sobre el primer mandamiento en Marcos 12:28. Los escribas deben ser escuchados pero no imitados. El desarrollo general de la narración en Marcos en negativo, pues comienza con un relativo éxito en la sinagoga de Galilea y termina en Jerusalén con la advertencia a los discípulos que serán azotados en las sinagogas, lo cual indica que los creyentes se involucraban en la vida pública de los judíos, en lo social, administrativo, político y religioso.

En aquella reunión sinagogal de sábado había un hombre que si a intervalos estaba normal, en otros aparecía “poseído de un espíritu impuro”. Como en otros comentarios se ha dicho, esta expresión corresponde a enfermedad o desequilibrio mental, según el pensar de la época. Con un enfermo como el de lepra no se decía que tuviera un espíritu de impureza sino un castigo de Yahvé (por difamador, según el relato del Génesis en los casos de la lepra de Moisés y de su hermana Miriam). Jesús, como judío que era, hijo de su cultura, quizás pensara de manera similar pero el modo como trata a un endemoniado es quizás una nota irónica de Marcos. Basta la increpación «cállate y sal de él» para que la persona que sufre tal estado quede sana. El endemoniado (o el demonio) increpa a Jesús con el nombre con el que era usualmente conocido: Jesús nazareno, añadiendo luego “santo de Dios”, que no era título oficial ni usual del Mesías. Juan pone una expresión similar en boca de Pedro: «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:69). El que los demonios reconozcan a Jesús con tales títulos tendrá una explicación curiosa en algunos padres de la iglesia como Agustín de Hipona para quien hasta los demonios tendrían fe; sin embargo, no se salvarían por no tener buenas obras. Orígenes, por el contrario, opinaba que al final todos tendrían que salvarse, hasta los demonios. De otra manera no sería Dios el creador de todo lo que hay y que ha declarado bueno, según la expresión del Génesis. En el libro de Daniel era todo el pueblo el que sería santo y de los santos. También Pablo se refiere a la comunidad de los creyentes como “los santos”. Así dice en la carta a los romanos: «A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación, a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Rm 1:7). Algo que se repite en las cartas a los corintios y a los tesalonicenses.

En el evangelio de Marcos este caso del “espíritu impuro” anuncia buena parte de lo que contiene su evangelio sobre las disputas de Jesús con los líderes religiosos de su tiempo. Versan básicamente sobre la guarda del sábado, las normas dietéticas y las de pureza ritual. En Marcos encontramos quizás la expresión más dura sobre el sistema de impureza. «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7:15). Luego hace, como explicación a sus discípulos, una lista de los males que salen del corazón humano que, aunque no es exhaustiva, ilustra suficientemente que nada tiene que ver con demonios ni externos ni internos. Solamente con las pasiones humanas que anidan en todo hombre y que solamente con la gracia de Dios pueden controlarse. «Porque de dentro del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez» (Mc 7:21-22). Cualquiera de ellas puede tener una persistencia tal en cualquier ser humano que era apenas natural que en la época se pensara en que eran producidas por demonios, espíritus inmundos, posesiones y demás fenómenos extraños. En la espiritualidad ascética se hablaba de vicios que era necesario contrarrestar con el cultivo de las virtudes (vía purgativa) para poder algún día llegar a la vía unitiva. Hoy sabemos que son pasiones tan inherentes al ser humano que no son erradicables sino meramente controlables. Es lo que el creyente encuentra en Jesús: que no se dejó dominar por tales tendencias en el desierto. En todo igual a nosotros, menos en el pecado (Hebreos 4:15).