Julio 5: Dios se revela en los infelices

Julio 5: Dios se revela en los infelices

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El evangelio de hoy, con la afirmación de que estas cosas de Dios, según Jesús, se revelan a los que son como niños, ha tenido varias traducciones. En el original griego utiliza νήπιος (nepios) que tiene una gama de significados como: que no habla, infantil, niño, pueril, menor de edad, tonto, ingenuo, infeliz, ciego, débil y hasta cría de un animal. Algunas traducciones dicen: gente sencilla, pequeños, pequeñuelos, sencillos, niños, gente ordinaria, párvulos, bebés, estimados en poco, infantes. Si miramos el cristianismo como toda una filosofía con sus ramificaciones en la teodicea y cosmología o como teología con sus abundantes ramas (cristología, eclesiología, sistemática, dogmática, sacramentología, etc.) está lejos de ser comprendida por cualquiera de las categorías traducidas. Tampo el judaísmo gozaba de esta prerrogativa pues era para varones y varones adultos, quienes entraban al judaísmo a los 14 años luego del Bar-mitzvah (mayoría de edad). Sin embargo, si miramos el juicio de las naciones en donde dar de comer al hambriento o de beber al sediento es darle a Cristo en los pequeños, entonces comprendemos que no se trata de que los necesitados conozcan por derecho natural el evangelio sino que en ellos debemos encontrar lo que se nos ha revelado. Es decir, que el criterio de lo que sea cristiano es, en última instancia, la misericordia con los excluidos de este mundo.

En la larga historia da la caridad cristiana podríamos señalar cuatro etapas: a) el deber del cristiano es ayudar a quien está en necesidad sin importar la razón por la cual está el pobre en dicho estado; b) la miseria la producen los accidentes naturales como terremotos, inundaciones, sequías como castigo de Dios pero el creyente debe aliviar sus consecuencias; c) la miseria la producen los tiranos, guerras, dirigentes políticos y por tanto hay que convertir a los dirigentes de este mundo para que actúen cristianamente; d) la miseria es estructural y los dirigentes, por más creyentes que sean, son absorbidos por el sistema o estructura y la refuerzan igual que un no creyente. Por tanto son los excluidos los que pueden señalar el rumbo de la sociedad y el creyente debe solidarizarse con sus luchas.

Es indudable que la limosna no resuelve los problemas sociales aunque toda estructura, por justa que logremos construirla, dejará espacio para ella así como para la misericordia. Por siglos la visión asistencialista del cristianismo oscureció y hasta llegó a rechazar el Jesús profeta de la justicia. La consecuencia de esta reducción fue ventajosa para una minoría creyente negligente con la justicia y puntillosa con la moral mientras la injusticia se abatía sobre la mayoría. No olvidemos, por ejemplo, la esclavitud de los africanos por siglos y la vergonzosa desigualdad en muchos países católicos. Pero el cambio estructural no vendrá desde arriba[1], en ninguna estructura humana sea política, económica, religiosa, social, cultural. Tanto Yahvén en el Antiguo Testamento como Jesús en el Nuevo, predican una justicia parcializada. En el Antiguo a favor de “la viuda, el huérfano y el extranjero” y en el Nuevo a favor del pobre. Tal es el caso de los profetas en quienes Yahvéh aparece como el Dios de la parcialidad hacia el pobre y el desvalido y está contra la monarquía y los sacrificios y holocaustos del Templo cuando se le debe honrar es con la misericordia. El Yahvéh que suscita la vocación del profeta, a quien exige todo, incluso la propia vida, pues mueren asesinados, es el Dios del conflicto, precisamente por la parcialidad hacia los oprimidos. Así resume Jesús su misión en Lucas: “Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4):18). El año de gracia es el jubileo de la tierra en el cual quien la había perdido la recuperaba y los esclavos recibían la libertad, eran manumitidos. La parcialidad del amor (ágape) de Dios se nota también en las declaraciones de Jesús sobre quiénes son felices y quiénes desgraciados. A la bendición a los pobres, a los sin poder, une Lucas las maldiciones, ayes o quejas de todos aquéllos que han puesto su corazón en cualquier cosa menos en el amor (ágape) y a todos aquéllos que en base a su poder dominan y oprimen. Precisamente porque Dios es opción preferencial no puede tolerar la opresión de los pequeños.

El teólogo Jon Sobrino rescata lo que llama el principio de parcialidad de los documentos del episcopado latinoamericano reunidos en Medellín. Aunque profesa la humanidad y divinidad de Cristo, afirma que Cristo nuestro salvador no solamente amó a los pobres, sino también, “siendo rico se hizo pobre” (2 Co 8:9), vivió en pobreza, centró su misión en la proclamación a los pobres de su liberación y fundó su Iglesia como signo de pobreza entre los seres humanos. Para las ciencias sociales, dice Sobrino, que si quieren entender la realidad no pueden pretender neutralidad —como mirando la tierra desde la luna— sino mirarla desde el pobre. Entonces entenderán la totalidad. Este principio incluye, por supuesto, la perspectiva de lectura de las Escrituras. La liberación, que recorre todas las Escrituras, en términos económicos significa liberar al rico de su pasión (destructiva de sí mismo y de los demás) por las riquezas; al pobre, del peso insoportable de su pobreza y a ambos, de la ambición. Tanto la pobreza (causada por los humanos) como la riqueza (producto de la explotación del hombre o del medio ambiente) son indeseables para Dios. En el judaísmo porque la tierra que mana leche y miel era para todos los que habitaran en Israel y en el cristianismo porque el reinado de Dios es para toda la humanidad.

Una religiosidad que aliente la pobreza social directamente o asociada con la ideología de la clase alta, o indirectamente no comprometiéndose ideológica y prácticamente con su eliminación, termina siendo una religiosidad esclavizadora. Por el contrario, una religiosidad que aliente la pobreza evangélica que libere de la avaricia o la ambición que lleva a las riquezas no compartidas y la división de clases, y así promueve la eliminación de la pobreza social es intrínsecamente salvífica. Quien se hace evangélicamente pobre, se hace solidario con los pequeños, los marginados en donde encuentra el actuar o revelación de Dios; se mueve a unirse o solidarizarse con los pobres en su lucha por la libertad. La implicación es que la opción para ser pobre y la opción por los pobres son compromisos inseparables de todo cristiano. El cristianismo no es el asentimiento a un conjunto de verdades abstractas que cualquiera podría hacer sino un estilo de vida que realice el ideal cristiano: ser hombres y mujeres para los demás. Muchas agencias y ONG se comprometen con la liberación del pobre aunque no necesariamente con la concomitante práctica de la pobreza evangélica que debe acompañar el creyente. A menudo incluso terminan en lo contrario, más que sirviendo a la liberación del pobre viviendo del pobre. Sucede con algunos planes del Banco Mundial en países del tercer mundo. El compromiso cristiano debe ir más allá del mero benefactor o beneficencia (niveles 1, 2  y 3 de la caridad) y avanzar a ser compañeros de los pequeños, pobres, marginados en sus luchas por la superación de su pobreza, de su marginación, de su exclusión. No puede negarse que la desidia de muchos creyentes en el compromiso social ha dejado este campo a múltiples ideologías criticadas por los mismos cristianos. Como Jesús en su evangelio decía de los maestros de la ley, no estaban dispuestos a poner un dedo sobre las cargas que imponían a otros.

 

[1] Las revoluciones, a veces violentas, han traído cambios y mejoras innegables como fue por ejemplo la revolución francesa, las de independencia, las anti-coloniales, la liberación femenina y otras que quizás han fracasado sin que ello niegue su validez ideológica (socialización de la educación, la salud, etc.)