Mayo 2: ¿Parábola o alegoría de la vid?

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Por: Luis Javier Palacio, SJ 

La parábola se tiene como el lenguaje típico de Jesús para expresar el reinado de Dios. Un reinado que existe ya en la persona de Jesús pero aún no llega en los creyentes. Un reinado que, por lo tanto, es inexpresable pues solamente es construible entre Dios y los seres humanos. Dios sin nosotros no ha querido, nos lo dice la encarnación, y nosotros sin Dios no podemos, nos lo dice la resurrección. Cualquiera de los dos que falte hace imposible su construcción. Un reinado que apunta al futuro, como dinamismo de las mismas parábolas: semilla de mostaza, semilla que crece sola, levadura en la masa, pero igualmente apunta al presente: tesoro escondido, perla de gran valor que hay que buscar, sal que preserva, luz que ilumina, buen Samaritano que socorre, Padre misericordioso que perdona (para que haya conversión), etc. La forma más corta de expresión y más cercana a la parábola es la metáfora, que para algunos marca propiamente el surgimiento de la humanidad. La metáfora permite que las cosas digan más de lo que son. “La vida es un camino” dice más que vida y camino. La parábola es un poco más discreta y expresamente advierte que es comparativa: la vida es como…, la vida es semejante a… El evangelio de Juan prefiere las expresiones directas ahorrándose la comparación. No dice yo soy como una vid sino yo soy la vid verdadera. Sigue en un paralelo con el sarmiento que parece apuntar evidentemente al creyente. Ya el profeta Isaías había utilizado la parábola de la vid para referirse a Israel. Para algunos judíos era la única parábola del Antiguo Testamento. Otra cercana sería comparar a Israel con un rebaño del cual sería Yahvéh el pastor. La vid, siendo uno de los cultivos más antiguos en tierras de Palestina, ya había desarrollado sus propias técnicas de cultivo, de manera que se presta para la alegoría que aparece hoy en el evangelio. Prácticamente todos los comentaristas opinan que la alegoría es obra de la comunidad cristiana y de Jesús sería originaria la parábola. Esta es corta, escandalosa, auto-biográfica, para intuir, con un solo punto de contacto y portadora del reinado de Dios. En la alegoría hay muchos puntos de contacto, identificación uno a uno de sus elementos con grave riesgo de caer en el facilismo de la identificación inadecuada o falta de misericordia. 

Muy al comienzo del cristianismo surgieron dos escuelas de lectura de las Escrituras. Una en Antioquía que propugnaba por la lectura literal de las Escrituras y otra en Alejandría que proponían una lectura alegórica de las Escrituras con múltiples sentidos. Prácticamente hasta los estudios bíblicos contemporáneos, las Escrituras (judías y cristianas) tuvieron cuatro estilos de lectura: literal, alegórica, moral y anagógica. El ejemplo clásico era Jerusalén que en sentido literal sería la ciudad de Palestina; alegóricamente, la iglesia; moralmente, el alma y anagógicamente, el cielo. ¿Podría pensarse que, a la manera como se poda una parra, pudiera Jesús cortar como sarmiento a alguien, para echarlo al fuego? Nunca rechazó Jesús a alguien y de hacerlo, su mensaje del reinado de Dios sufriría menoscabo. Vale recordar las palabras de Teresa de Lisieux preguntada si no rayaba en la herejía su idea del infierno. Respondió: “Claro que creo en el infierno, pero creo que Dios es tan misericordioso que el infierno debe estar vacío”. Superada la geografía del infierno (arriba y abajo en el sistema planetario) y más bien definido como un estado no puede ser producido por Dios sino por el mismo ser humano. La parábola o metáfora de la vid debería tener otra lectura. La predicación exagerada del infierno como lugar de destino eterno, hoy retomada por algunas sectas evangélicas, llevó a un “infernalismo”, en variadas formas que alimentó una religión más del temor que del amor. Ya lo decía San Agustín: “Si no pecas por temor al infierno no eres un cristiano sino un cobarde”. En palabras del teólogo Edward Schillebeeckx, el infierno es una aniquilación del condenado más que un castigo eterno. Si eterno no es sino Dios, le tocaría condenarse con el condenado para que su castigo igualmente fuera eterno.

La gloria de Dios, como lo expresaba San Ireneo de Lyon, es que el hombre viva y en función de tal vida pronuncia sobre sí mismo un juicio existencial que determine su existencia. El que cultiva para negocio quizás no se interese por la rama seca o de poca producción, pero el reinado de Dios no es negocio de este mundo. El cuerpo de Cristo (figura querida por Pablo) es un organismo por el que circula la vida y no una organización que busque rendimientos. Un hombre finito, incluso en obrar el mal, y que sin embargo puede producir una condenación eterna rompería la lógica humana y la divina de la misericordia. En el Cantar de los Cantares lo único que supera la muerte es el amor y no parece ser diferente la lógica del evangelio. Si el bien dura para siempre, el mal es perecedero. ¿Podría Dios, aun respetando la libertad humana, abandonar por siempre a la persona que se destruye a sí misma? En el pasado se postuló que todo agonizante tendría un momento final de conversión disponible. El remedio para la insensatez humana, por parte de Dios, consiste en poner en juego todos los recursos de su amor sacrificial para ayudar al rebelde a superar su rechazo al amor. 

El mismo evangelio de hoy dice que el sarmiento separado de la vid no puede dar fruto. Si el Padre es el viñador no sería Jesús quien haga la poda. Pero en mano del Padre es aún menos pensable. ¿Pretendían los cristianos separarse de la sinagoga, quizás expulsados, condenando a los judíos? Si la vid no produce sino por los sarmientos o pámpanos la necesidad es mutua. El uno no subsiste sin el otro. La razón misma de la encarnación dice Jesús que es buscar a los enfermos y no a los sanos, a los pecadores y no a los justos. Somos los seres humanos (como los son los primeros cristianos) quienes fácilmente caemos en la tentación se clasificar, segregar, separar y condenar. 

Pensarse los discípulos como sarmientos era pensarse como unidos por la sabia que circula en toda la planta. Un árbol no lo produce sin las hojas que hacen fotosíntesis y éstas no viven sin la sabia que les llega del tronco. Ninguno de los dos cumple su función o su misión sin el otro. Es una forma de unidad tan profunda como la de comer su cuerpo y beber su sangre: una vida común para todos. Es una unión de tipo místico mutuo. No puede entenderse como estructura del mundo de autoridad y sujeción, maestro y esclavo, salvador y pecador, sino sorprendente y nueva forma de entender la divinidad; ya no habitante de un cielo lejano sino dentro de la vida misma como su sabia, como el logos que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Hoy el desequilibrio ecológico nos cuestiona si la forma de hacer agricultura ha sido la correcta. Muchas de las así llamadas malezas cumplen una función importante en el equilibrio y no conviene acabarlas con herbicidas, ni muchos insectos con plaguicidas, pues cumplen su función única en el medio ambiente. Quizás las podas también entren en estos nuevos planteamientos. Las ramas, aún las muertas, conservan hongos y humedad que traen sus beneficios. Los cristianos alegorizaron la parábola (o metáfora) con lo que tenían a la mano y quisieron dejar por fuera de la vid a muchos sarmientos que consideraron desechables. Hoy nos tocaría reescribirla con mejores alegorías y más misericordiosas con los que juzgamos que dan pocos frutos. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2:4). El desafío cristiano es ser capaces de dar razón de nuestra esperanza para quienes compartimos la fe pero a la vez dar razón, sin faltar a la misericordia, de quienes no la comparten. Nuestra responsabilidad moral es mayor.