Julio 12: Parábola y alegoría

Julio 12: Parábola y alegoría

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Las parábolas, todas sobre el reinado de Dios, que es el tema central de la predicación de Jesús, son cortas, escandalosas, para intuir o aplicar, autobiográficas de Jesús mismo. Infortunadamente en los evangelios encontramos las parábolas ya aplicadas por la comunidad cristiana, en lo que se llama “alegoría”. Esta es una ampliación de la parábola en la cual se establece coincidencia de elementos materiales o figurados de la parábola con elementos de la vida real de la comunidad. Parecería entonces que la parábola solo la captan ciertos iniciados que conocen la “extraña” relación oculta. Tal tipo de lectura fue introducida por los griegos para dar sentido a las obras de Homero y por el judío Filón de Alejandría para dar sentido a las Escrituras hebreas. Luego por los cristianos y muchos padres de la iglesia para leer las Escrituras griegas (Nuevo Testamento). Alejandría fue la escuela más fuerte y desarrollada en la lectura alegórica mientras que Antioquía lo fue de la lectura literal. Jesús pudo haber expresado la parábola del sembrador diciendo: “El reinado de Dios es como una siembra pródiga”. Es impensable que hubiera expresado la alegoría de hoy en la cual la semilla es desperdiciada en caminos, aves, pedregales y abrojos, pues la palabra es exclusivamente para humanos y ¿qué humano puede ser despreciado con semejantes calificativos? No cabe en la imagen de Jesús considerar a la gente de tal manera. Menos aún la explicación posterior en la cual las parábolas tendrían la intención de confundir al oyente para no darle a conocer “los misterios del reinado”. En textos como éste se basaban los gnósticos para afirmar que Jesús tenía una enseñanza para el gran público (enseñanza exotérica) y una enseñanza oculta para un público de iniciados (los discípulos) llamada enseñanza esotérica. Parece justificarlo con un texto de Isaías que se refiere a algo muy distinto: la cerrazón del corazón de los judíos a la conversión. Es lo que sostienen masones, gnósticos y rosacruces hoy. Que ellos conocen los secretos de Cristo revelados solamente a ellos[1].

Dicen algunos antropólogos que la humanidad surge propiamente con la invención de la metáfora y la datan de hace unos 14000 años. Antes el lenguaje sería de signos para la subsistencia. Metáfora es esa capacidad, diferente a la del animal, de expresar lo que no se ve con lo que se ve, lo que no existe con lo que existe, lo presente con lo ausente, el futuro con el presente o el pasado, lo espiritual con lo material o una nueva relación entre lo conocido. La vida es un camino, es una muestra de metáfora que une dos cosas conocidas: vida y camino de una manera nueva. Todo el lenguaje religioso y lo realmente importante humanamente se expresa con metáforas. Eres mi vida, dice la madre al niño; eres mi sol, dice el esposo a la esposa; Dios es amor, dice Juan; Dios es espíritu, dice Juan. Todas, afirmaciones metafóricas. El agua es H2O, no es metáfora. Una parábola es un símil o comparación metafórica: “El reinado de Dios es como…”  Si la semilla es la palabra (no los vocablos sino la palabra que crea; davar, en hebreo), Jesús mismo es la palabra o logos encarnado. Lo que se siembre es él mismo como se significa en su sepultura. La misión del creyente sería sembrar o sembrarse sin escatimar terreno, algo que se insinúa al final diciendo que de todos modos, a pesar de las dificultades, hay fruto. En el mismo evangelio se muestra la discriminación humana de terrenos. Pregunta Natanael: “¿De Nazaret puede haber cosa buena?” (Jn 1:46); dicen los sumos sacerdotes y los fariseos: “Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta.” (Jn 7:52); dicen sus paisanos de Nazaret: “¿No es éste el artesano, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban a causa de él” (Mc 6:3); hasta habría dicho Jesús en el envío: “No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10:5-6). En otros pasajes son los judíos lo que no merecerían la Palabra (en algunas citas de Pablo). La discriminación es una tendencia humana que persiste hasta hoy y una manera de construir o producir chivos expiatorios o victimizaciones.

Más que el oyente interpretar la parábola, que cuando lo hace mediante una alegoría corre el riesgo de hacerlo a favor propio, es la misma parábola la que interpreta al oyente. Es una forma de comunicación en la cual el oyente, hoy nosotros como lectores, compara sus percepciones con lo que intuye de la parábola. Si no intuye nada, no hay manera de explicarla. Así pues, la “verdad” de la parábola existe solamente en el proceso de apropiación, que a menudo plantea un dilema, una ironía, una paradoja (el reinado de Dios sea como un grano de mostaza). Al oyente (lector hoy) le toca decidirse existencialmente por un sí o por un no. Esto a diferencia de las afirmaciones científicas que no dan tal opción. La parábola busca cambiar no solamente el entendimiento sino la voluntad. La de hoy, decidirse por la siembra pródiga sin preocuparse de terrenos ni de cosechas.

El tema principal de todas las parábolas es el ágape o amor cristiano, el amor similar al de Dios que se abaja para tocar la miseria humana en Jesús. Algo que a menudo su lectura alegórica (ordinariamente interesada) hace inservible la parábola. La del trigo y la cizaña, por ejemplo, llevó a León X a pedir la extirpación de la cizaña de los luteranos al príncipe Jorge de Sajonia. Francisco, en La Alegría del Evangelio, pidió cuidar el trigo sin preocuparse de la cizaña. Si la alegoría extraída de la parábola no lleva a la misericordia (ágape), es mejor desecharla como inadecuada lectura. Como lo expresaba el teólogo Karl Barth, es mejor mantener el valor de algo incomprensible que algo comprensible pero contrario al evangelio. Las parábolas de Jesús son parte de su lenguaje de revelación, no como métodos de prueba racional —así debe ser— sino de mandato para el creyente: “En verdad, en verdad, les digo…” Es la generosidad del corazón del oyente (hoy lector) la que da la medida de la respuesta a la parábola. La respuesta más universal, que cubriría todas las parábolas, es la conversión, el cambio del oyente o lector. Así se hace presente el reinado de Dios ya “en medio de ustedes”.

La transmisión de las parábolas en la primera generación de creyentes llevó a que se pusieran por escrito, con sus alegorías o aplicaciones; entonces, como escritos abiertos a otras situaciones, tiempos y culturas, requieren interpretación. Como narraciones, las parábolas incluyen comentarios que dejan huella de la interpretación de entonces. Nos toca, pues, mirar hasta dónde hay corrupción textual (falta de misericordia) o distorsión y buscar hasta dónde preservan la tradición de Jesús. Quizás nada pueda recuperar el valor de la parábola oída, a la vista por ejemplo de un sembrador de la época, como en el evangelio de hoy. Un sembrador “loco” que echa la semilla a los cuatro vientos. El sentido ético con el que a menudo se han leído las parábolas no se acomoda a todas. Hoy, con el desarrollo de las ciencias humanas, ciencias del espíritu, tenemos mejores elementos para penetrar en el mundo de la parábola de los que tuvieron los primeros creyentes. Si forman parte de las enseñanzas mismas de Jesús no tiene sentido que fueran para ocultar, así lo que revelen haya que buscarlo intensamente. Era la pedagogía religiosa de la época que hoy debe enriquecerse con otras pedagogías. No vale la excusa de que a los discípulos les explicaba aparte. La revelación es para todos, como la salvación misma.

 

[1] En el cristianismo no existe la revelación de verdades de fe a unos pocos. Todo lo atinente a la fe tiene que ver con todo el pueblo (cuerpo de Cristo) como en el Antiguo Testamento con todo el pueblo de Israel. Las revelaciones y visiones privadas, son eso: privadas, no verdades de fe.