Julio 19: Parábolas típicas

Julio 19: Parábolas típicas

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Si el tema básico de la predicación de Jesús es el reinado de Dios, el lenguaje básico con el que lo expresa son las parábolas. Muchas imágenes se han hecho del reinado de Dios a lo largo de la historia. Eusebio de Cesare, primer historiador de la iglesia, pensaba que el reinado de Dios era el imperio de Constantino con el cristianismo como base. Agustín creía que el reinado de Dios era la iglesia, algo que el Concilio Vaticano II refuta: el reinado de Dios es mayor que la iglesia y ésta debe estar al servicio de aquel. En la Edad Media pasaba el imperio carolingio con su cristiandad como el reinado de Dios. Quizás hoy la democracia se venda como el auténtico reinado de Dios. Pero no siendo de este mundo el reinado de Dios es referente crítico para todos los sistemas humanos. Es decir que el reinado de Dios no es un proyecto político concreto sino un estilo de vida basada en el amor sacrificial (ágape) en el que el individuo se sacrifica por los demás, a la manera de Jesús. De ahí que Jesús exprese, de una manera que parece contradictoria, que el reinado de Dios ya está presente pero que aún no ha llegado. Se entra a él o empieza a construirse con la conversión que es volverse al único lugar en donde Dios está vivo: el otro.

Las tres parábolas del evangelio de hoy son las típicas del reinado de Dios: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la masa. Parece que la más compleja para los discípulos era la del trigo y la cizaña y ciertamente lo ha sido a lo largo de la historia. Dicen los estudiosos del tema que la cizaña (linoleum tumulentum es su nombre científico) era muy similar al trigo, con la diferencia de que indigestaba a los animales que la comían e intoxicaba a quien comía pan elaborado con ella. Así que era difícil diferenciarla a lo largo de la cosecha para el ojo del común. El deseo de arrancarla es el que es reprendido en la alegoría, obra de la comunidad cristiana. Sin embargo, a lo largo de la historia ha sido arrancarla la tentación y el desafuero de muchos.  Qué sea cizaña es difícil o imposible de decidir pues lo hacemos de acuerdo a intereses humanos. ¿Son las doctrinas, personas, herejes la cizaña?, ¿no acomodó Noé en su Arca (para algunos, símbolo de la iglesia) animales puros e impuros?, ¿arrancarlos significa amonestarlos, disciplinarlos, matarlos cuando se han desviado del cristianismo oficial?, ¿quién debe hacerlo: los ministros de la iglesia o los magistrados del Estado? En la Inquisición tanto como en la Cacería de Brujas se unen ambos poderes. Si es atada y quemada al fuego, como tirados son los peces no comestibles de la red barredera, tenemos una base en Mateo para derivar el fuego eterno del infierno. Marcos habla de la Gehena que era el basurero de Jerusalén y Lucas habla de lamentarse y rechinar de dientes. Juan no menciona el tema. Ejemplos lamentables de identificación de la cizaña tenemos muchos. Así Inocencio III autoriza al rey de Aragón a quedarse con los bienes de los herejes, considerados como “zorros que devoran la viña”, que ha derrotado, y de quienes los favorecen. Juan Crisóstomo, haciendo una exégesis más misericordiosa, dice de esta parábola: «El Señor dice "no sea que arranquéis el trigo", para prohibir toda clase de cruzadas y muertes. Pues no hay que matar al hereje, ya que ello traería una guerra sin fin a todo el mundo». Las guerras de religión son una lamentable ilustración. Buena parte del magisterio medieval de la iglesia fue más para “arrancar la cizaña” que para “sembrar el trigo”. Sucedió con los “ritos chinos” que los jesuitas implantaron en dicha región, considerados por Benedicto XIV como cizaña, como Pio VII y León XII consideraron los movimientos independentistas de Latinoamérica como peligrosa cizaña. Una cizaña de la rebelión que iba unida al trigo de la libertad. Necesitamos aprender de la historia misma de la iglesia que la función magisterial no debe concebir al error como cizaña que debe ser arrancada, porque entonces puede ocurrir que sea su mismo servicio a la verdad del evangelio el que quede menguado. El evangelio del amor no puede imponerse con la violencia. El afán de arrancar la cizaña, malamente identificada, condujo a la caza de brujas, luego de la Inquisición. Cubrió por igual a protestantes y católicos. El libro Martillo de las Brujas (Malleus Maleficarum), de los dominicos Jaime Sprenger y Enrique Kramer, prácticamente declaran a la mujer la cizaña de la virtud cristiana por donde entra el demonio a destruir al varón.

En las ciencias del Espíritu (lo es la religión) nos movemos entre la limitación y la infinitud, el pecado y la gracia, el cielo y la tierra y lo que llamamos verdad o error no son dos continentes distantes pues a menudo se mezclan, se entrelazan y son inseparables como trigo y cizaña. Ninguna verdad es en este campo absoluta y ningún error absolutamente error. Como decía Henry Newman: “El error de los herejes es haber nacido la víspera” y en palabras más irónicas del teólogo José Lagrange: “Me castigan hoy por escribir las cosas que se enseñarán mañana”. El mero temor a la cizaña, sobre todo luego de la Reforma, llevó a la paralización de la investigación teológica, bíblica, filosófica y en otros campos. De hecho, la teología terminó con menor libertad de la que tuvo en la época patrística (de muchos y variados debates) y en la misma Alta Edad Media (siglos IX al XII). La tarea del teólogo, el biblista, el filósofo se vio reducida a la repetición de lo declarado como dogma. Mucho del pensamiento se desarrolló, infortunadamente, por fuera, al margen y a veces en contra de la iglesia romana. En la era Ratzinger-Juan Pablo II más de 494 teólgos fueron amonestados. También tuvieron problemas pensadores como Rahner, Schillebeeckx, De Lubac, Congar, Chardin, Küng, Gutiérrez, Boff, Castillo, Curran, Crossan, Thomas Berry y otros. Todos ellos con abundante trigo para el evangelio y la crisis ecológica actual. Casi todos rehabilitados hoy, pero ya tarde para aprovechar sus aportes.

No hemos superado del todo pues la idea de arrancar la cizaña que precisamente la lectura de los primeros cristianos prohíbe en esta parábola. En el campo social, político, económico, racial, étnico, de género su aplicación ha sido igualmente lamentable. Limpieza social, pena de muerte, genocidio, exclusión y marginación, desconocimiento de minorías sigue siendo corriente hoy. En la parte del magisterio eclesiástico hemos tenido la separación de oriente (iglesia ortodoxa, en el siglo X) y la Reforma (luteranos y calvinistas en el siglo XVI), pero además, la evolución conceptual de un magisterio como “puro trigo” incontaminado que queda autorizado para arrancar lo que juzgue cizaña. De este modo se convierte el magisterio oficial en una noción aislada del resto de la Iglesia y a veces contrapuesto a ella. Algunos temas morales son un buen ejemplo, hoy develados por los escándalos sexuales y de pedofilia en la misma jerarquía (sacerdotes, obispos y cardenales). Un ejemplo de cizaña que resultó ser trigo, es el caso de Pablo. De perseguidor de los “del camino” pasa a ser el que da la vida por los cristianos y el apóstol incansable y ejemplar. No tuvo la misma suerte Esteban que muere apedreado frente a Pablo, según los Hechos de los Apóstoles. Quizás la muerte de Esteban sea lo que impacta a Saulo de Tarso en su absurdo proceder de extirpar a “los del camino” como si fueran cizaña dentro del judaísmo. Francisco, en su exhortación Evangelii gaudium (la Alegría del Evangelio) pide a los creyentes ocuparse del trigo sin preocuparse de la cizaña. Será la bondad, la misericordia, el amor el que pueda ahogarla en caso de ser verdadera cizaña. Ya en su época Agustín, preocupado por la variedad de miembros bautizados, expresaba una frase que se ha vuelto proverbial en otros campos: “No están todos los que son ni son todos los que están”. La hora de la cosecha no ha llegado y es privativa de Dios mismo. Ni siquiera Jesús se la atribuye.