Julio 26: Lo nuevo y lo viejo

Julio 26: Lo nuevo y lo viejo

Por: Luis Javier Palacio S. J. 

El lenguaje religioso, siempre metafórico, tiene la suficiente ambigüedad como para que el que lo escuche o lo lea tenga que decidirse frente a él, en favor o en contra, con plena libertad. Ante el lenguaje de la ciencia no hay posibilidad diferente a asentir. Decía Blas Pascal que “la luz de Dios es suficientemente fuerte para que el que quiera pueda creer, y la oscuridad de Dios es suficiente para que el que rehúsa creer no se sienta constreñido a hacerlo”. No pensaban así muchos teólogos que hicieron de toda la temática religiosa un asunto de razón, de manera que quien no creía era un tonto, un imbécil, un animal, un ser sub-humano. Las dos parábolas de hoy tienen la anotada característica. El tesoro escondido en el campo y la perla preciosa han sido interpretados tradicionalmente como el mismo reinado de Dios por el cual vale la pena venderlo todo para comprar el campo donde está el tesoro y el que vende todo para comprar la perla. En los dos casos parece pues que se trata de un negociante que hace un buen negocio para beneficiarse. Tal es la idea del amor (eros, en griego) que siempre movería al hombre a ascender, escalar, subir, beneficiarse hasta del mismo Dios. En el Nuevo Testamento se usa para el amor, el término ágape que significa lo contrario. Un Dios que no enriquece sino que él mismo se empobrece; que no asciende sino que desciende; que se encarna tomando la forma de siervo en vez de la de rey, potentado, emperador o faraón. Ni siquiera se hace patriarca de una tribu como Abrahán, Isaac o Jacob. «No llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo» (Mt 23:9). A sus discípulos los llama amigos, en Juan, y entre ellos les pide llamarse hermanos.

Si tenemos en cuenta la manera de proceder de Jesús y pensamos que las parábolas son autobiográficas, entonces es Jesús el buscador de la perla fina y el que encuentra un tesoro y tal tesoro y perla fina es el ser humano marginado, excluido con el que él mismo expresa su misión: no a los sanos sino a los enfermos, no a los justos sino a los pecadores. Es decir, que lo despreciable a los ojos de la sociedad es para Jesús su fuente de riqueza. Como en la anécdota que se narra del diácono Lorenzo (siglo III) que cuando las tropas de Valeriano quisieron hacerse a los tesoros de los cristianos, se presentó ante el emperador rodeado de pobres, paralíticos, cojos, mendigos, enfermos y ciegos y le dijo: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. Parece haber entendido bien las enseñanzas de Jesús. Esos son sus amigos preferidos, por los que muestra una opción preferencial a lo largo del evangelio. Jesús los consideraba sus verdaderos tesoros por los que “vende todo” (su rango de divinidad) para adquirirlos. «Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se abajó a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Fil 2:6-8). Pero no solamente le cuesta el tesoro y la perla su propia vida sino también el sufrimiento (pasión) de toda su vida. Sabemos que la perla no se da de forma natural sino como reacción a un cuerpo extraño en el organismo de la ostra. Está formada por glóbulos de carbonato de calcio en capas alternadas con sustancia orgánica, de color nácar brillante. Ordinariamente recoger perlas era trabajo de esclavos que hacían sumergir en mares profundos. El provocador de la perla puede bien ser un grano de arena que produce irritación en la ostra. Supone, pues, sufrimiento por ambas partes: de su producción y de su cosecha.

Mirando las parábolas, Jesús vería a la gente como ovejas sin pastor, como ciegos guiados por ciegos, como ovejas perdidas, como tesoros escondidos, como perlas de gran valor, como dracmas extraviada, como enfermos, como pequeños (niños) a los que hay que recibir, como perros que comen migajas de la mesa, como extranjeros también hijos de Abrahán; todas esas visiones lo llevarían a la misericordia. No veía la realidad descarnada sino con los lentes monocromáticos de la misericordia. Se dice que algunos animales tienen una visión similar: no ven sino un solo color. El hombre, con visión multicromática, prefiere el deslumbre del poder, de las riquezas, del honor y demás halagos que siempre tienen una raíz común de explotación de otros. Cuando las ciencias sociales se desarrollan, entendimos –aunque hasta hoy no corregimos– que riqueza y pobreza, poder y opresión, especialización y analfabetismo, abundancia y escasez no son contrapuestos sino dialécticos: lo uno se debe a lo otro. Era más cómodo e irresponsable atribuirlo todo a Dios, como en buena parte lo hacía el judaísmo, con excepción de los profetas.

En palabras de Pablo, debemos mirar toda la creación desde Cristo: de él y por él y para él son todas las cosas. Así, las ovejas sin pastor no tenían que buscar pastos allende, los ciegos (pueblo y dirigentes) necesitaban otro modo de ver, la oveja perdida estaba solo extraviada (vagando), el tesoro escondido estaba en el corazón compasivo, la perla de gran valor era el otro, la dracma extraviada era lo pequeño despreciado, el enfermo no era castigado de Yahvéh sino ocasión de misericordia, el pequeño (niño, huérfano, viuda, forastero) valían tanto como tú y como yo, los perros y Lázaro no tenían por qué comer migajas caídas de la mesa, al gentil también le llega el pan (por eso Marcos trae dos reparticiones, una a judíos y otra a gentiles), todos eran herederos de la bendición y las promesas (no solo los judíos), los hijos biológicos de Abrahán salen de las piedras (Bautista). El amor (ágape) de Dios, sobre el cual debe construirse el amor a los demás, no es deseo adquisitivo como quien quiere guardar para sí un tesoro o una perla. No es un amor egocéntrico por más razones altruistas que se argumenten; incluso Dios mismo justificado como eternidad, belleza, bien o verdad. No es apego al valor de un objeto. El amor (ágape) cristiano, por el contrario, es sacrificial hasta dar la vida por los demás, es el camino que Dios recorre para llegar al hombre (Jesús es la mano de Dios tocando el dolor humano), es sinónimo de gracia (dar gratis lo que gratis se ha recibido), no busca su bien sino el ajeno, es libre frente a su objeto, se dirige como la lluvia a justos y pecadores o como el sol para buenos y malos, es espontáneo y sobre abundante como la gracia, no busca valores sino que los crea. En muchos escritos de espiritualidad e incluso de pastoral, se hace un esfuerzo ingente para encontrar valores en la pobreza o en el pobre y así poder amar a ambos. Pero esto sería caer nuevamente en el amor griego (eros) de propia satisfacción. El himno a la Caridad (ágape) de Pablo en el capítulo 13 a los corintios, alaba el amor como el desinterés total, a la manera de Jesús. Ama lo que humanamente no sería digno de amarse. Lo que no tiene valor ante el mundo pero el amor (ágape) lo hace valioso. Crea de la nada: produce valor donde no hay valor. Con otras palabras decía Juan de la Cruz: “Al final de la tarde serás examinado en el amor. Busca amor y encontrarás amor; y si no encuentras amor, siembra amor y encontrarás amor”. Una semilla que debe sembrarse a todos los vientos y que quizás otros ya sembraron antes y por esto el reinado de Dios es mies abundante, cosecha para la siega. La iglesia ortodoxa (oriental) suele adornan la cruz con perlas en vez de clavar allí un crucificado, pues miran la cruz desde la resurrección (vida), no desde la muerte, algo que se introduce hacia el siglo IX por Beda el Venerable. Esa cruz que era necedad para los judíos y locura para los griegos. Para el creyente, símbolo de todos los que hemos crucificado en este mundo y necesitan de la resurrección. Quizás no puedan hacerlo sin nuestra ayuda. También de la cruz se puede sacar lo nuevo y lo viejo para que la resurrección sea futuro para todos.