Mayo 1: Pesca abundante y resurrección

homilia_luis_javier_palacio

Por: Luis Javier Palacio, SJ 

En los evangelios tenemos dos relatos de pesca abundante[1]: uno en Lucas en la vida pública de Jesús y antes del llamado a los discípulos y el presente luego de la resurrección como relato de aparición. Es un relato de presencia del Señor en las faenas pesqueras. Todos los relatos de apariciones incluyen reconocer lo extraordinario en lo ordinario en un ambiente de perplejidad. En el caso de hoy se remarca dicha perplejidad en que siendo pescadores de profesión, no logran pescar nada, ni siquiera en la noche que sería el tiempo más propicio. Sin embargo, logran pescar cuando siguen la orden de Jesús resucitado: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Inicialmente lo confunden con un pescador cualquiera que les da un consejo y será el “discípulo amado” quien reconoce en el pescador cualquiera que es el Señor. Esto es consistente con todo el evangelio de Juan donde el “discípulo amado” es el ideal de discípulo, destacado por encima de Pedro. Siendo el “discípulo amado” quien primero lo reconoce (la clave de reconocimiento es el amor o ágape) es Pedro quien primero corre en una especie de competencia, similar a la que se da en el relato de la tumba vacía. Pedro se encuentra desnudo, algo que tiene que ser metafórico —ironía de Juan— pues los judíos le tenían horror a la desnudez y difícilmente se concibe el faenar de un pescador desnudo. Aunque al principio les ha preguntado por la comida, no come con ellos pero sí «toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez» como en algunos relatos de repartición de panes y peces. No se extiende Juan a otras palabras eucarísticas como partir, dar gracias, pronunciar la bendición. Juan es mucho más escueto en el rito sacramental (no relata la “institución”) pero es más eucarístico en el sentido de unirse a Cristo por el amor. Es más místico, subjetivo, existencial que apologético, objetivo, ético. Hace del amor el principio básico de manera que para quien ama todo lo demás fluye con naturalidad.

Al final, luego de la comida, aparece la triple confesión de amor de Pedro que reivindicaría su triple negación. Hay una inversión de tiempos pues cuando llegan a tierra hay pan y peces listos para comer cuando al principio de la escena el mismo pescador desconocido (Jesús) ha preguntado si no tienen algo para comer y la respuesta es negativa. Curiosamente Jesús tampoco los identifica desde el comienzo, pues pudiéndolos llamar discípulos los llama “muchachos” (paidia, en griego) que otros traducen por “hijos” o “hijitos”. El reconocimiento del Resucitado nunca se da al rompe sino en un proceso en el que se deja ver, se hace el encontradizo. Pero dicho reconocimiento está básicamente unido a la Eucaristía. Ésta, como nos dice la carta a los corintios, implicaba previamente el compartir: compartir los alimentos. «Porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.» (1 Co 11:21).

El conteo de los peces, como 153, se ha prestado para diferentes lecturas cabalísticas. Según algunos, era el número de especies de peces que habría en el lago. Es un poco improbable tanta variedad. Ésta es la lectura de San Jerónimo, traductor de la Biblia al latín.  Se basaba en Oppiano, quien creía que el número de especies de peces no debían ser menor que el de los animales de la tierra y estos serían 153. La Biblia está llena de ingenuidades en sentido científico, para un hombre de hoy. Sin embargo, prevalece la lectura simbólica. Para algunos el evangelio estaría reflejando lo que dice Ezequiel cuando habla del torrente  de agua que brota del Templo: «A sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Eneglayim se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos.» (Ez 47:10) Igualmente San Agustín hace una lectura cabalística y bastante alambicada del número 153. Podría significar que todo tipo de peces serán “pescados” por los apóstoles como en efecto la iglesia se conformará con muchos pueblos, lenguas y naciones. En el evangelio de Lucas, la pesca abundante tiene como personaje central a Pedro, quien echa las redes en nombre de Jesús pero cae de rodillas ante él reconociéndose un gran pecador. En ambos relatos, Lucas y Juan, hay bastante simbología que puede leerse con sentido teológico. En Lucas no se menciona el número de peces, pero sí que se llenaron dos barcas. Para San Agustín los siete discípulos significan el fin del tiempo (siete días), la variedad de peces los buenos y los malos que están dentro de la iglesia; para Teofilacto la noche sin pesca sería la historia de Israel y la falta de frutos del profetismo; para san Beda el Venerable los doscientos codos representan los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo y el pez asado representa a Cristo crucificado. Hoy sería impresentable hacer exégesis bíblica o teología con tal tipo de lecturas cabalística o alegórica desbordada no porque no sean posibles sino porque exigen una mayor y mejor sustentación que la mera imaginación. Como en otros comentarios se ha dicho, el judaísmo y el cristianismo no subsisten sin la interpretación del libro. No son propiamente religiones del libro sino de su interpretación. Religión propiamente del libro es la musulmana por lo cual en todas las madrasas[2] se estudia en su original árabe. La interpretación no busca tanto una verdad abstracta y eterna cuanto una aplicación existencial a la propia vida, según tiempos, lugares y personas. De ahí la importancia que el evangelio de Juan da a la situación particular de cada personaje en su evangelio, cuando es confrontado por Jesús.

Luego de la muerte de Jesús los apóstoles debieron volver a sus antiguas ocupaciones en Galilea. Estarían desconcertados, perplejos hasta tener la experiencia pascual de conversión. Es lo que se ve en esta escena. Podemos suponer que los discípulos tuvieron una experiencia relativamente corta de convivencia con Jesús. De un año según los sinópticos y de tres años según Juan. Terminando mal la experiencia, pues en lugar de llegar un nuevo reinado de David, llega la muerte de Jesús como blasfemo, como peligro para el imperio romano, como crucificado. Podemos suponer que vuelven a la vida corriente, con no poca decepción. Entonces es cuando sucede lo inesperado, la presencia del Resucitado y la memoria de Jesús que los transforma. El evangelio de Juan es consistente en encontrar tal presencia y tal memoria en el amor y en concordancia es el “discípulo amado” el que reconoce que quien los ayuda en la pesca, mostrándoles adónde debían echar las redes es el Señor. Sin la triple confesión de Pedro sobre el amor su pastoreo de ovejas y corderos sería más político que evangélico. En el diálogo ecuménico con otras iglesias cristianas, se ha llegado al reconocimiento del primado de la sede romana si es en el amor (o en la caridad que es un sinónimo); no en cualquier otra pretensión. El cristianismo de Pedro sería más formal, oficial, institucional, tradicional y el de Juan más informal, carismático, innovador y creativo. Más parecido al cristianismo del apóstol Pablo quien se siente un apóstol tan auténtico como “los doce” aunque no aparezca en ninguna lista de “los doce”. Aclara que su evangelio, al igual que debe suceder en todo creyente, no lo recibió de los apóstoles sino de Dios mismo, por su experiencia pascual. La resurrección no es algo que haya sucedido solamente a Jesús sino que debe suceder en todo creyente y debe suceder en el contexto de la vida diaria. La pesca abundante significaría que la experiencia pascual (conversión) ha de llegar a todos de forma masiva.

 

[1] Se les ha incluido en los llamados milagros de naturaleza pero su forma y estructura literaria no corresponden a los relatos de milagros.

[2] Son las escuelas teológicas musulmanas; el equivalente judío es la  yeshivá.