Agosto 7: Estar listos o preparados

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Por: Luis Javier Palacio, SJ 

El núcleo de las exhortaciones de Jesús puede ubicarse en: «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». El corazón, para el judaísmo, era la sede de los sentimientos, el amor, el odio, incluso las ideas. El corazón es en el judaísmo el equivalente del alma entre los griegos. El corazón, en cuanto sede de las aspiraciones humanas, no podría tener una satisfacción definitiva en la tierra; la tendría si mucho en el cielo. Los términos no especifican en qué consiste ese tesoro en el cielo o por qué es duradero. Lo que sugiere es más bien la razón por la que una comprometida búsqueda del reinado puede encontrar un obstáculo en la ansiedad por las necesidades y bienes de este mundo. El horizonte no es el de la consumación definitiva (escatología) sino más bien el destino individual, después de la muerte. En esta perspectiva, la recomendación de Jesús exige mantenerse en guardia, alerta, para que el corazón no se deje seducir por los atractivos materiales. Una de las formas de ostentar riqueza en la época era con los vestidos costosos. Éstos se guardaban en armarios especiales pero ni siquiera allí eran inmunes a la polilla.

Luego de exponer Jesús la actitud que debe tener el discípulo frente a los bienes materiales, pasa a hacerles advertencias sobre la vigilancia y la fidelidad. Es que tales temas no son ajenos al tesoro en el cielo y a las cosas más necesarias para la subsistencia. Las instrucciones de Jesús se pueden reducir a estos tres apartados: a) criados vigilantes, en ausencia de su señor; b) actitud vigilante del dueño de la casa; y, c) conducta del administrador durante la ausencia del amo. Las recomendaciones a los criados vigilantes en ausencia de su señor buscan una actitud de vigilancia y de disponibilidad frente a unas perspectivas escatológicas. Ahora, en su condición presente, los discípulos son como unos criados que, en ausencia de su señor, deben seguir cumpliendo sus obligaciones, porque el amo puede presentarse de un momento a otro. Si el amo, a su llegada, los encuentra en vela, recompensará sus servicios. Es más, llegará incluso a cambiar los papeles y se pondrá él mismo a servirles; es decir, los admitirá a compartir su propia mesa en el banquete escatológico. A pesar de declararlos dos veces dichosos (bienaventurados), el tema de la recompensa es secundario; lo que predomina realmente es la actitud de vigilancia y de disponibilidad. Para la actitud vigilante del dueño de la casa se usa una especie de parábola y esta vez es el amo de casa quien debe estar en guardia para impedir que entre el ladrón y desvalije la casa. El factor tiempo es importante y aparece medido con la segunda y la tercera vigilia. Correspondía a la duración de la vigilia que debía prestar el guardia militar. En el mundo romano se dividía el tiempo en cuatro períodos de tres horas (de las seis a las nueve, de las nueve a las doce, de las doce a las tres y de las tres a las seis); cada uno de los períodos era una vigilia o, una guardia o turno del centinela. Por su parte, el mundo helenístico y el judaísmo dividían la noche en tres vigilias de cuatro horas cada una (de las seis a las diez, de las diez a las dos y de las dos a las seis). La de hoy es como una parábola del propietario informado de un intento de robo. En cuanto a la conducta del administrador durante la ausencia del amo, la pregunta de Pedro busca aclarar el referente: «¿Es a nosotros a quienes dices esta parábola o a todos?». Jesús responde indirectamente a la pregunta que comienza a su vez con una pregunta retórica: «¿Quién es, pues, el administrador fiel, prudente?». Es raro que comience con una pregunta retórica, a modo de contrarréplica, que enseguida adquiere las características de una parábola. Si antes se trataba de un grupo de criados, ahora se trata un administrador del que se espera no sólo disponibilidad y vigilancia, sino también un escrupuloso ejercicio de su administración, que supone lealtad al dueño y prudencia en las decisiones. A la luz del tiempo y la conducta responsable, se comprende que, en caso de un abuso de autoridad por parte del administrador, su castigo responda a esa manifestación de su doble vida; la deslealtad del que debe ser fiel, la prepotencia del que debe ser cuidadoso desembocará en una destitución de sus funciones.

Podríamos decir que el evangelio de hoy nos presenta tres máximas o tres parábolas. La primera se basa en la imagen de los siervos que esperan a su señor, que regresa de la boda. Los esclavos no tenían un horario fijo de trabajo. Debían estar dispuestos en cualquier momento, incluso cuando el señor de la casa estaba ausente. La segunda es la imagen del ladrón que sorprende. La tercera (a raíz de una pregunta de Pedro) es la imagen del mayordomo. Máximas y parábolas serían: 1. Debemos esperar siempre la llegada del Señor (el reinado de Dios es como quien espera a su Señor). 2) Debemos estar siempre despiertos (el reinado de Dios es como quien está siempre alerta). 3) Debemos obrar como buenos administradores fieles y prudentes (el reinado de Dios es como un buen administrador). Las tres enfatizan la vigilancia y la fidelidad. Igualmente las tres máximas se orientan a la parusía o segunda venida y si las tomamos como parábolas serían parábolas del fin. Aunque vale anotar que Lucas da una solución muy propia al fin. Básicamente consiste en no preocuparnos por el fin, esté o no próximo, porque hemos entrado al tiempo de la iglesia. En este tiempo, rige la máxima: “Mientras tengamos tiempo, hagamos el bien”. Ignorar a qué hora vendrá el hijo del hombre no es una ignorancia negativa, según Lucas, pues producir unas consecuencias positivas: estar alerta, listo y preparado.

Para otros comentaristas el fin en Lucas es el fin personal o muerte, que llegaría en cualquier momento, según la parábola del rico insensato: «Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que acumulaste, ¿para quién serán?» (Lc 12:20). Otra de las preguntas que nos plantea esta serie de recomendaciones sobre la vigilancia y la disponibilidad es sobre su origen histórico. ¿Podemos atribuirlas al mismo Jesús o hay que pensar más bien en cierto tipo de exhortaciones comunitarias, nacidas de la espera de la parusía? Quizás no es posible dar una respuesta categórica pero hay que decir que la metáfora del ladrón no es frecuente en la literatura judía pre-cristiana, pero la vigilancia, como perspectiva escatológica que apunta al “día del Señor[1]” tiene raíces en los profetas. En el Apocalipsis leemos: «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela y conserve sus vestidos, para no andar desnudo y que se vean sus vergüenzas» (Ap 16:15).

Estar en vela se expresa en este evangelio como “estar despierto”. Los íconos (pinturas religiosas de la iglesia oriental) son pintados ordinariamente con los ojos grandes y abiertos, porque estarían siempre en vela o ya gozando de la visión beatífica; es una de las normas del arte ortodoxo (oriental). Pero al final del evangelio de hoy aparece la idea de la responsabilidad que implica el haber recibido. «A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aun más».

En el evangelio de Juan –datado alrededor del año 100– la escatología (el futuro) ya se ha realizado y no se espera una parusía. El gran defensor de la “escatología realizada” fue el médico y biblista Albert Schweitzer. Ceñirse la cintura y encender la lámpara son signos de aprestamiento para la marcha, pues por ser tierra calurosa se procuraba viajar en las noches. También puede tener reminiscencias de la noche de pascua, como se narra en Egipto. Estar preparados, sea para el fin personal o comunitario, es el consejo.

 

[1] YOM HA-DIN que evolucionó con el profeta Amós de juicio y castigo para los extranjeros enemigos de Israel, hasta juicio y castigo para todos los hacedores de maldad incluyendo a los judíos.