Agosto 30: Sentido de la vida

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

La reprimenda de Jesús a Pedro se debe a que “piensa como los hombres y no como Dios”. Pedro deseaba para Jesús, y seguramente para sí mismo, la vida y la grandeza de este mundo. El Mesías, en cualquiera de las expresiones que se le esperara, como davídico, como levítico, como macabeo, implicaba prestigio y honor. Jesús, en cambio, cree traducir el pensamiento divino (paso siempre complicado) en que la función de esta vida es perderla en bien de los demás. La palabra utilizada para vida[1] se ha traducido igualmente por alma. Aunque pueda sonar escandaloso “perder el alma para ganarla” tiene sentido si pensamos en las palabras de Pablo: “Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne” (Rm 9:3). De alguna forma es la idea del Concilio Vaticano II cuando plantea los sacramentos como para salvar a los demás, cuando los hemos presentado como para salvarse a sí mismo. También los fariseos pensaban que la salvación vendría del cumplimiento de preceptos. En los primeros siglos del cristianismo, cuando se pensaba que los mártires eran los únicos de los que se podía pensar que se salvaban al instante, predominaba esa idea de dar la vida para ganarla. El judaísmo, sin embargo, tuvo fuertes debates para considerar a los macabeos como mártires que dieron su vida en medio de su violencia contra los ejércitos griegos de Antíoco IV. Los musulmanes sí exaltan tales combatientes y quien muera (shahid) en la Jihad (guerra a los infieles) entra directamente en el paraíso musulmán, con abundantes vírgenes de ojos aceituna a su disposición y todos los placeres de esta vida. En las Cruzadas se predicaba algo similar para quien fuera muerto en batalla contra los moros: entraba directamente al cielo.

En el judaísmo la vida propia y ajena debía ser preservada a toda costa. Solamente valía la pena dar la vida y era obligación moral hacerlo, en tres casos: a) para evitar el adulterio; b) para evitar abjurar de la fe judía; c) para evitar matar a otro. De allí tomó el cristianismo la idea de pecado mortal, no porque matara el alma[2] sino porque se castigaba con la propia vida. Tales pecados o delitos eran el asesinato, el adulterio y la apostasía. En el cristianismo no se pagaban con la propia vida sino con la confesión (exomologuesis), la penitencia prolongada y la reconciliación (admisión a la comunidad eucarística). Rápidamente en el cristianismo se pasó de la vida física a la vida metafórica espiritual, y vida eterna. En el judaísmo la vida eterna era característica exclusiva de Yahvéh. La vida humana era un aliento divino (nephesh, en hebreo; psyché, en griego) que terminaba con la muerte. En cambio el espíritu (ruah, en hebreo; pneuma, en griego) era un préstamo temporal mientras viviéramos. Equivale a inspiración, gracia, soplo del Espíritu, manifestación de Dios en el hombre. Lo que nos permite pensar en una vida luego de la muerte es la fe en la resurrección, como lo expresa Pablo: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1 Co 15:19). El evangelio de Juan es el que mejor relaciona esta vida presente con la futura, con su concepto de “vida verdadera”. Algo que empieza ya en esta vida cuando se vive en la ágape (amor cristiano sacrificial). La experiencia pascual, que es el contenido del bautismo, es, por así decirlo, vivir muriendo o morir viviendo en Cristo. De una forma metafórica y poética dice Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2:20).

Es Agustín con su expresión “Dios será el lugar para nosotros luego de la muerte” lo que lleva a postular la existencia de un “lugar” en el cielo, por encima de las estrellas, en contraste con el infierno (sitio inferior) localizado debajo de la tierra. Pero la “geografía” del reinado de Dios es en esta tierra, como la tierra que mana leche y miel, y no en el empíreo. La concepción griega (Platón y Aristóteles) que tanto influyó en el cristianismo, veía el sol, la luna y las estrellas como las mejores imágenes de Dios. Los persas veían en las estrellas dioses menores o ángeles (seres entre Dios y el hombre). Hoy no es defendible la errada cosmología bíblica y no se habla de lugares sino de estados o modos de ser. Siguiendo a Juan la eternidad se ha pensado también como la calidad de la vida presente: vivimos ya la vida eterna o la resurrección. Así dice la carta a los colosenses que ya estamos resucitados: “Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos” (Col 2:12). La misión del creyente sería entonces ayudar a muchos que no han logrado resucitar de sus limitaciones o penalidades; permitirles verdadera vida. En el pasado la vida eterna fue un mecanismo para despreciar esta vida o para desconocer la responsabilidad histórica del creyente. Esta vida como “un valle de lágrimas”, jaculatoria introducida por el monje Bernardo de Claraval en el siglo XII. Teresa de Lisieux decía, en contrario, que esta vida era una lluvia de rosas. La salvación fue adquiriendo un tinte de asunto y propiedad privada muy lejos del judaísmo y de la idea de reinado de Dios que predicó Jesús. La esperanza en la vida eterna (verdadera, según Juan), en vez de alienarnos de este mundo, nos permite obrar con libertad frente a las opciones éticas aunque en ello se pierda la vida. Mártires de campos como el ecológico, los derechos humanos, las causas sociales están muy cerca de los profetas del Antiguo Testamento.

La vida eterna, dando sentido a esta vida, puede considerarse como la culminación de la comunión (Eucaristía) que hace de muchos un mismo cuerpo de Cristo[3]. El cielo de la devoción popular, la vida eterna y el reinado de Dios son términos emparentados que nos obligan a mantener unidos el cielo y la tierra. Se dice de Teresa de Lisieux que no quería ir al cielo sino bajar el cielo a la tierra. El cristianismo proclama, pues, para la dar sentido salvífico a esta vida que se pierde en bien de los demás. Es su forma especial de entender la salvación. Sobre otras formas, como expresan Karl Rahner y Hans Küng: las religiones no-cristianas son la vía ordinaria de salvación mientras que la iglesia cristiana es una vía extraordinaria de salvación. Mientras le toca a la iglesia proclamar la gracia misericordiosa de Dios expresada en la cruz de Cristo disponible a todos los seres humanos, afirma que todos los justos que mueren en Cristo salvan su vida para la vida verdadera o eternal. En cuanto a la posibilidad de una perdición eterna de los pecadores o de los no creyentes, la iglesia no está cualificada para hacer un pronunciamiento equivalente.  Lo ilustra el caso del limbo cuando se dejó a los infantes muertos sin bautizar en un “lugar” cercano al infierno, según la teología dominica más rigurosa, pero también cercano al cielo en la teología franciscana más benigna; para abolir el tal “lugar” y confiar a dichos niños a la misericordia de un padre que también es madre. Muchos de ellos quizás fueron, de alguna manera y sin bautismo, salvación para sus propios padres.

 

[1]ψυχή  (psyché) de donde viene psicología, significa soplo, hálito, aliento vital; fuerza vital, alma, vida y en escritos antiguos significa mariposa, símbolo de inmortalidad.

[2] Hoy nos parece lo más natural que el alma sea inmortal, que es una idea griega. Padres de la iglesia como Taciano, Ireneo y otros decían que quien creyera en la inmortalidad del alma no era cristiano. Ofendía a Dios porque siendo el alma la vida, solamente Dios la podía conceder y nada sería inmortal por derecho propio. En su lugar decían que lo cristiano era la resurrección de la carne.

[3] La teología ortodoxa lo expresa como comunidad en el Espíritu, porque enfatizan más la pneumatología que la cristología. De todas maneras es compartir trinitario: uno para todos y todos para uno (Mosqueteros de Dumas).