Septiembre 20: El trabajo y la vida

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Por: Luis Javier Palacio S. J. 

Trabajar para vivir y vivir para trabajar (mejor diríamos sobrevivir) parece hoy un axioma irrefutable y eterno. Sin embargo, el mismo origen de la palabra “trabajo” (Tripalium o instrumento de tortura en latín) muestra que no siempre ha sido tan amigo natural de la vida. En la cultura griega el trabajo era para los esclavos y el “ocio” (σχολη[1], sjolé), contemplación (teoría), era para los hombres libres. Similar estructura se conservó durante toda la Edad Media con los siervos de la gleba y campesinos. Solo muy recientemente, especialmente a partir de la Reforma, se entendió todo trabajo como vocación y no solamente la dedicación a la vida religiosa contemplativa o intelectual. Muchos países expidieron leyes contra la vagancia, penalizándola incluso con cárcel. La aplicación del principio pseudo-paulino: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Tes 3:10) se hizo ley y cuasi principio revelado y divino. Los obreros de hoy, por el contrario, querían trabajar y para ello iban a la plaza pública, pero no los empleaban. Que el trabajo construya, humanice, sea clave en el proceso intelectual, social, político, sicológico, espiritual, teológico y religioso de la persona es una teoría reciente y en cierta forma aún en pañales. Yahvéh sería un Dios que trabajaba seis días y descansaba uno, según el relato levítico del Génesis. Hombres siempre en semana laboral, mientras que otros siempre en sábado no era pensable para el judío. Ni siquiera para dedicarse a la Torah. Pero quizás primó la idea del trabajo como castigo divino: “Ganarás el pan con el sudor de la frente y la tierra maldita te dará espinas y abrojos”.

Si en las parábolas se expresa el reinado de Dios, nos toca mirar la parábola de hoy con tal perspectiva. Como la esencia del reinado es la ágape (amor sacrificial) miremos en dónde la encontramos en el relato de hoy. Las parábolas no buscan probar sino revelar. No se apoyan en lo racional “debes hacer” sino en la voz divina “escuchad lo que os digo”. Escuchar, en la mentalidad judía, era el primer deber del judío como religioso[2]. En la parábola de hoy se muestra el actuar espontáneo y generoso de Dios, como funciona la ágape. Va más allá de lo que diría un principio económico de salario igual a trabajo igual. Rompe la lógica del valor o el mérito.  Hace juego a la expresión de que Dios hace salir el sol para buenos y malos, caer la lluvia para justos y pecadores. En el sentir normal de la economía, si hubiese dado más “de lo justo” a los últimos que a los primeros la parábola nos resultaría un tanto repugnante. En cambio nos convencería que hubiera dado a los primeros más de lo convenido (un denario) pues sería generoso. Se habría mantenido la justicia. Como en otro comentario se dijo, el conflicto interno de Yahvéh era entre la justicia y la misericordia (ágape) y por siglos se buscó conciliar ambas cosas: la humanidad de la justicia y la divinidad de la misericordia; este conflicto es más significativo que el conflicto entre Dios (el bien) y el mal (demonio, Satanás, diablo, Mastema, Lucifer, Luzbel). Pero en general la justicia es un invento humano para mantener el statu quo, es decir, para que el sistema subsista en un equilibrio previamente divinizado. Para eso servían los dioses griegos y romanos: mantener el mundo tal cual lo conocíamos. Pero el reinado de Dios entraña una idea judío-cristiana del nuevo cielo y la nueva tierra[3]. De un mundo diferente al que conocemos en todos los tiempos.

 La parábola de hoy nos deja, pues, perplejos respecto a la manera como deberíamos actuar, según Jesús. El grueso de nuestras acciones se acomoda al parámetro de la justicia, lo cual nos hace buenos ciudadanos; pero “la justicia divina” es la misericordia (ágape, amor sacrificial). Por violar la justicia protestan los primeros obreros, aunque se les pague lo convenido (un denario). Si Dios obrara de acuerdo a valores y méritos quienes protestan tendrían razón: han hecho más méritos que los últimos. Si eliminamos en Dios que actúe por méritos sino gratuita y espontáneamente, entonces el proceder absurdo adquiere el carácter divino. El propósito de la parábola entonces sería mostrarnos la novedad de la actuación de Dios, en Jesús, y la novedad que implica en nosotros. El principio de la justicia (a cada cual lo suyo, como lo expresó Justino) no cabe en la religión de la gracia, la ágape, la misericordia, el reinado de Dios. La justicia, motivada por una cierta idea de igualdad, debe dar lugar a al amor sacrificial inmotivado, ajeno a cualquier norma. Siguiendo el principio retributivo, tendría Dios que premiar a los buenos y castigar a los malos. Pero en Jesús muestra que su preocupación preferencial es precisamente por los pecadores, enfermos, marginados, humillados que para el judaísmo eran los castigados por Yahvéh. No importa que tan tarde hubieran tenido los desempleados acceso a esta forma de proceder, tendrán un denario para cubrir las necesidades propias y de sus familias. En la doctrina social de la iglesia, hablaba Paulo VI de la necesidad del salario integral: suficiente para el obrero y adecuado a su familia. El salario no debe corresponder a una ley económica sino a una realidad social.

Hoy, la realidad laboral y económica es bien diferente de la de una sociedad agrícola como la de entonces. Grandes capitales están en manos privadas o estatales. La sociedad contemporánea no se califica más de la producción sino del consumo. Grandes masas de desempleados no son ni siquiera necesarias para la economía. Son “desechables” o sobrantes y los Estados las expulsan o condenan a vivir en guetos. Muchos nuevos pobres no serán nunca empleados, pues la ciberproducción, robotización y otros mecanismos no requieren de su mano de obra. Para la élite romana y griega era impensable un mundo sin esclavos, pero hoy parece pensable un mundo sin obreros. Quizás la parábola nos muestra lo contradictoria que ha sido la paga. ¿Se paga a una máquina que hace el trabajo de varios obreros? Se mutila la naturaleza humana al pensar que, sin un pago, prefiere permanecer ociosa y arruinar sus talentos, dones, carismas, minas al servicio de los demás. Diversos voluntariados muestran lo contrario. El salario, la justicia, el trabajo son invenciones tan humanas como el juego, el arte, el ocio creativo y demás manifestaciones humanas. La revelación en Jesús sobrepone a todo ello la gracia: dar gratis, sin esperar nada a cambio; la misericordia como sentir como propio el dolor y el sufrimiento ajeno. Justificar el sufrimiento ajeno, entre este la falta de medios de subsistencia (desempleo), es el principio del verdadero mal para el cristiano. Solidarizarse, sin justificar o buscar causas justificadoras, es el principio del bien para el cristiano. Algunas cosas como la educación y los préstamos fueron gratuitas en el pasado, con base en las enseñanzas bíblicas. Hoy necesitamos pensar otros mundos posibles a pesar del poder alienante del sistema. El reinado de Dios, que expresan las parábolas, no es de este mundo pero empieza en este mundo.

 

[1] De aquí viene la palabra escuela, escolástica y las relacionadas. Era la ocupación de quien no necesitaba trabajar para sus necesidades básicas las cuales eran cubiertas por los esclavos. Había diez esclavos por cada ciudadano en Atenas, según el libro la Política de Aristóteles.

[2] La palabra creativa del Génesis (davar) es a la vez orden: “Hágase de la luz…” La palabra “oír” (sania, en hebreo; hypakoe, en griego) significa igualmente obedecer. No es solamente música para deleitarse sino mandato con una promesa aneja.

[3] Los profetas estaban siempre descontentos con el presente y predicaban conversión para que hubiese un futuro diferente que ellos mismos desconocían pues estaría en manos de Yahvéh.