Dificultades y esperanza

Dificultades y esperanza
  • Domingo Noviembre 17 de 2019
  • Apuntes del Evangelio
  • Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  • Ordinario

El evangelio le apuesta toda su fuerza al sentimiento contrario: el amor sacrificial (ágape). Un amor que llega al sacrificio propio en bien del otro y nunca en su contra. El evangelio de hoy, en un lenguaje que puede a veces resultar confuso, pide a los creyentes no temer ni la destrucción del Templo —ya habría sucedido para la época — ni a los falsos mesías ni a las guerras ni a los terremotos ni a las pestes ni a las hambrunas ni a las cárceles ni a las persecuciones ni a los reyes ni a las propias familias. El creyente debía ser una persona “curada de espantos” frente a toda amenaza, dificultad o muerte. El miedo o temor de Yahvéh, citado a menudo en la Biblia, era originalmente el miedo concreto a la divinidad del rayo, el trueno, la muerte, y sólo secundariamente fue re-interpretado como reverencia a Yahvéh. La misa palabra trueno (kol, con o corta) pasa a designar la voz de Yahvéh (kool, con o larga). Varios autores griegos ya eran conscientes que una de las raíces de la piedad humana era el temor o miedo. Epicuro, Lucrecio decían que el temor era el primer fabricante de dioses. El cristianismo sería el contrario total de este principio: sin amor no hay Dios cristiano. Con Jesús se disipa el temor y la culpa con el perdón sin límites. Se supera el temor al enemigo reemplazándolo con el amor, pues cuando éramos precisamente pecadores muere por amarnos, como lo expresa Pablo.

De alguna manera el ascetismo exagerado en el cual cayó el cristianismo en ciertas épocas, nace de la idea del temor a la ira divina que sería aplacada por la disciplina propia hasta el auto-abuso. Largos ayunos, penitencias, peregrinaciones, privaciones. Algo en lo que no cayó el judaísmo pues Yahvéh pediría cuenta de los placeres lícitos que no se disfrutaron en esta vida . Para algunos teólogos y sicólogos, el temor nacido de lo religioso tiene una función disuasiva más que pro-activa. Reforzaría ciertos temores profundos de la misma conciencia humana como los expresados en el pacto de Noé para todos los pueblos. Un pacto con unas prescripciones menores (7) que el Decálogo (10) que sería exclusivo para el pueblo judío. Pablo recomienda a los filipenses «trabajad con temor y temblor por vuestra salvación» (Fil 2:13), pero a continuación añade que es Dios quien da el obrar y el querer, es decir, la superación del temor en el abandono en Dios. Tal sería el caso del calvinismo que mantiene que el temor al juicio de Dios debe unirse a su misericordia de manera que produzca una vida de obediencia a la ley divina y a la disciplina de la iglesia. La vía señalada por el evangelio para que llegue el reinado de Dios, es la conversión, que no debe llegar pensando en las propias necesidades y problemas, pecados y temores, sino permitiendo que nuestra vida sea andar por el camino de Jesús. Si en el Antiguo Testamento la conversión era volverse a la ley divina, desde Jesús es volverse al único lugar donde Dios está vivo: el ser humano. No hay conversión sin este efecto social en los demás.

La expresión natural y sicológica del temor, del miedo, son las fobias que no tienen connotaciones morales, excepto si se dirigen a las personas (misoginia, homofobia, xenofobia, etc.). Algunas son mecanismos normales de auto-protección que llevan a la huida. Es una reacción afectiva ante la amenaza de un daño, un poder superior o una potencia amenazante. Es lo que expresamos como temor reverencial. Para el judaísmo su máxima expresión era a Yahvéh. Por el contrario, desde el relato del Génesis, el hombre es para el reino animal y vegetal un poder dominante, y en cuanto tal temido: «El temor y el miedo de vosotros estará en todos los animales de la tierra, en todas las aves del cielo, en todo lo que se desplaza en la tierra y en todos los peces del mar. En vuestras manos son entregados» (Gn 9:2). Hoy somos conscientes, con la crisis ecológica, de lo negativo que ha sido tal temor en la desaparición de muchas especies consideradas amenazas o competencia para el hombre. Algunos estudiosos de las religiones han hecho del temor la base de toda experiencia religiosa. Es clásica la expresión de Rudolf Otto de toda divinidad como objeto de “fascinación y temor”. Se le agradece que combine dos sentimientos que parecen encontrados. La vivencia de Dios como poder tremendo y extraordinario produce siempre en el hombre un temor respecto al que hay que protegerse. Jesús busca todo lo contrario. Incluso, en muchos pasajes, es él mismo quien busca la gente, al marginado, al pobre, al enfermo.

El respeto a los lugares santos, como en la expresión de Yahvéh a Mosés: «No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás tierra santa es» (Ex 3:5), todavía se mueve en una concepción limitada de la divinidad, lejos de la manifestada en Jesús. En el Antiguo Testamento las teofanías (manifestaciones de Dios) suscitan tanto temor como atracción. La divinidad puede quitar y dar la vida; curar y enfermar; dar bienes o quitarlos; encumbrar al poder o humillar hasta el polvo. Más parece la extrapolación de los poderes caprichosos, violentos y a veces bondadosos de este mundo. Jesús nos corrige tales imágenes de Dios; incluso cuando se han infiltrado en la teología. El único poder superior al hombre, en el Nuevo Testamento, es la gracia y no actúa sino en el hombre y a través del hombre. Igual que el Espíritu: está en nosotros sin que nos pertenezca. Todas las amenazas del evangelio de hoy: destrucción de Jerusalén y el Templo, anti-Cristo, guerras, terremotos, pestes, hambrunas, cárceles, persecuciones, reyes, la propia familia, son fruto de las pasiones humanas desbocadas y no de dioses caprichosos; menos del Dios Padre revelado en Jesús. Toca al creyente remediarlas o eliminarlas con sus fuerzas y con la ayuda de la gracia.

Aunque Pablo no intentó nunca hacer una lista de los atributos de Dios, ni de sus acciones, recoge expresiones tradicionales del Antiguo Testamento: poder, cólera, justicia, severidad, pero acentúa todo lo que manifiesta el amor sacrificial (agapé), la misericordia, la gracia. Aunque Pablo siente un temor religioso ante el carácter impenetrable de los caminos de Dios «en efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa?» (Ro 11:34), habla ante todo de Dios Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, paciente, fiel para con todos y contra todo, amigo de los hombres. El creyente no puede huir del mundo y sus dificultades. El mundo es el lugar de su misión y salvación. Allí, incluso por su misma debilidad, hace más creíble su testimonio. Se siente llamado por Dios para confundir la sabiduría de este mundo. Su actitud consiste en estar en el mundo sin dejarse aprisionar (encarcelar) por él. Disfruta del mundo como si no disfrutara; no tiene que tener temor o miedo pues ya sabe que pretendidas potencias de este mundo son pasajeras, transitorias, provisionales. La esperanza del reinado de Dios le permite esperar incluso contra toda esperanza. El cristianismo es religión del optimismo divino pero también humano. Espera contra toda esperanza.