Ecos del Congreso SJES

Ecos del Congreso SJES
  • Diciembre 10 de 2019
  • Conferencia de Provinciales Jesuitas en América Latina - CPAL

Sin dejar de sorprenderme por la inesperada delegación que me dio el Provincial de Centroamérica para asistir al Congreso SJES en Roma, celebrado del 4 al 8 de noviembre pasado en Roma, y más todavía que los organizadores me incluyeran entre quienes compartían sus testimonios, me siento con la responsabilidad de devolver mis impresiones generales sobre este acontecimiento especialmente relevante para la vida apostólica de la Compañía de Jesús.

Me encantó el encuentro. Una diversidad de presencias culturales, étnicas y sociales representadas en los más de 200 delegados procedentes de los cinco continentes. Una riqueza extraordinaria que solo la puedo agradecer como regalo de Dios, y que a su vez da vitalidad a la misión del apostolado social de la Compañía.

Igualmente impresionado quedé por la calidad humana, intelectual y espiritual de los delegados, al tiempo que la sintonía con la identidad común de tantas procedencias. La amistad y sencillez en las relaciones humanas, vivencias y compartires me hizo sentirme agradecido de llevar este tesoro como auténtico don de Dios.

La riqueza y variedad de testimonios así como el análisis y la sistematización de los aportes, deja constancia de un servicio apostólico que se sustenta en un análisis profundo, un compromiso con la causa de los pobres y una fe arraigada en la gratuidad del amor de Dios. Se sentía en el ambiente el olor de la inmediatamente anterior experiencia del Sínodo de la Amazonía, y algunos de sus principales organizadores participaron en el Congreso. Y esa preocupación por profundizar el compromiso por la defensa de la madre tierra bañó todo el Congreso, desde los momentos de oración y discernimiento, el trabajo en grupos, las eucaristías, los análisis y los testimonios.

Sin embargo, el encuentro me dejó la sensación de haber sido más eclipsado por el entusiasmo que por los contenidos del compromiso. Los organizadores supieron conducir a tan nutrida asamblea con una metodología que logró articular la oración y el discernimiento con las plenarias que moldearon la vida del Congreso entre análisis y testimonios. Pero los grandes contenidos que condujeran a un amarre que estremeciera el andar siguiente de la misión de la Compañía de Jesús, se diluyeron, se escaparon como agua en la mano. Se tocaron todos los temas necesarios, desde la ecología y la madre tierra, pasando por la discriminación, la exclusión, la ausencia de democracia hasta la necesidad de empujar la misión de la Compañía hacia la inserción, el mayor liderazgo del laicado y el desafío de estructurar respuestas que comprometan la relación estructural de universidades con centros sociales.

Todo eso se trató. Pero faltó la chispa. Muchísimo entusiasmo sin que el mismo se haya correspondido con la fuerza que deja para el futuro. Aunque se insistió que no debía verse solo como un evento, me temo que no superó esa barrera, y con el tiempo el entusiasmo podría ir bajando hasta dejar la memoria anclada en un pasado lleno de nostalgias, pero con escasa incidencia en los desafíos apostólicos históricos. Fue un encuentro importante de memoria y recuento de 50 años de apostolado social, de una inspiración profética del Padre Pedro Arrupe para saber situar la misión de la Compañía de Jesús en un período efervescente y en una humanidad de la segunda mitad del siglo veinte que pujaba por transformaciones que alejaran al planeta de una nueva guerra y que estableciera puentes de paz, justicia y dignidad para los pueblos oprimidos de la tierra.

Cincuenta años atrás, Padre Pedro Arrupe encendió la mecha profética que trastocó apostólica, humana y espiritualmente la vida entera de la Compañía de la misma Iglesia. Fueron tiempos convulsos ante los cuales el Padre Arrupe supo dar respuestas audaces y creativas. Fue una chispa profética muy propia de una Compañía de Jesús llamada a ser por siempre caballería ligera para una Iglesia que buscaba historizar la fuerza que irradió del Vaticano Segundo. Para América Latina y el Caribe, el Secretariado de Justicia Social de la Compañía de Jesús significó un Sí muy firme a una Conferencia Episcopal Latinoamericana que en Medellín estaba formulando en clave de las comunidades de base y de la opción por los pobres, las grandes opciones del Concilio.

Cincuenta años después, nos situamos en un siglo complejo, con una tecnología que nos acerca a todos los pueblos de la tierra, pero con un sistema conducido por el capital que nos separa, nos confronta, nos hunde en las polarizaciones, depreda la madre naturaleza, y demanda de la Iglesia y de la Compañía de Jesús una voz profética para estos turbulentos tiempos. La globalización tiene tanta fuerza y pujanza que nos gana la partida. Ante el escepticismo de grandes conglomerados humanos, la irrupción de las luchas feministas y las relaciones de sospecha ante un mundo religioso al menos ambiguo, la credibilidad de la Iglesia y de la Compañía de Jesús está en juego. El tiempo de este siglo veintiuno clama por una chispa profética. El mundo se hunde en las distracciones tecnológicas y en una globalización de la concentración de las riquezas y en un reparto masivo de las angustias humanas. El papa Francisco ha dado el paso al frente. Su palabra, sus signos testimoniales, su decisión de confrontar denuncias a abusos por parte de no pocas autoridades eclesiásticas, la vinculación entre el amor a los pobres y a la madre naturaleza, colocan al papa en pie de testimonio profético.

Nosotros nos vamos quedando atrás, como en remolque, demasiado tímidos, y la timidez apostólica no concuerda con las exigencias que brotan de tantas angustias humanas acumuladas en el planeta. Este Congreso de 50 años de Justicia Social y Ecología fue de mucho entusiasmo, insisto, pero cargado de timidez ante el empuje apostólico que nos demandan los tiempos actuales. No nos hemos colocado a la altura de la impronta profética del papa Francisco. Un entusiasmo jalonado más por los liderazgos provenientes de los países del gran norte que por la fuerza creativa y desestabilizante proveniente de las periferias del planeta. Pienso que fue muy hermoso encontrarnos en Roma, el mero centro de la Iglesia y de la Compañía de Jesús, ¿fue atinado haber escogido ese centro para tratar temáticas que comprometieran con las periferias, en lugar de haber escogido hasta por simbolismo profético a un Sudán, un Mumbai, un Puerto Príncipe, un Brasil, o una destartalada Honduras? La verdad, fue más cómodo y facilitó más los viajes y seguramente abarató los costos, ¿a costa de centralizar más algunas decisiones, y orillar un poco más a las periferias? Son solo inquietudes.

Es virtud que vayamos detrás de un papa profético, pero no lo es tanto cuando el apostolado social está llamado a ser de modo muy especial la caballería ligera dentro de la Compañía de Jesús. Y con solo el entusiasmo el cansancio nos puede ganar la partida. Ya la Congregación General 36 se quedó muy por detrás del andar profético del papa Francisco. Es cierto, hubo gestos bonitos y proféticos, como la presencia de un 35 por ciento de laicos y laicas, o la reunión que espontáneamente las mujeres que asistentes tuvieron con el Padre General. Fue especialmente sano el tiempo dedicado a la oración y al discernimiento. Pero con muy poca oportunidad para auténticos debates de donde pudiera salir una chispa que estremeciera la vida apostólica para las próximas décadas. Faltó esa chispa. El aporte para un mundo que exige respuestas audaces se quedó muy limitado.

El Congreso fue un evento sumamente importante, pero todas sus tareas quedan por definirse. ¿Qué significa hoy en un mundo globalizado la inserción apostólica en las periferias sociales y existenciales de la humanidad? ¿Cómo unimos la fe y la justicia con la lucha por defender las culturas y la amenaza depredadora de la industria extractiva extendida por todo el planeta? ¿Cómo entendemos la relación auténtica entre jesuitas y el laicado comprometidos ambos en la misión del apostolado social? ¿Se puede soñar con comunidades de solidaridad apostólicamente comprometidas y que alimente la fe y la identidad tanto de jesuitas como de laicos y laicas? ¿Cómo asumir el compromiso de integrar auténticamente a las mujeres y a la juventud en nuestra misión apostólica que incluya estructuras de dirección? ¿Podremos empujar a una colaboración estructural entre universidades y centros sociales para dar respuestas más eficaces a la complejidad de la misión en estos tiempos de depredación ambiental y humana?

Preguntas y preguntas. Inquietudes abiertas. El apostolado social está llamado a desprenderse de esa pesadez enorme de sus estructuras, y aportar la riqueza y audacia de caballería ligera que tanto necesita la Compañía de Jesús, porque lo ha perdido en altas dosis. Me temo que este Congreso estuvo muy a la altura –muy baja altura—del impulso de la Congregación General 36, pero muy por detrás de la altura del papa Francisco, y muy, pero muy detrás de lo que hoy diría y exigiría el Padre Pedro Arrupe. Pero el mismo Congreso dejó todos los insumos para que la altura apostólica se eleve y se convierta en la chispa que aporte a la Compañía y a la Iglesia el impulso profético y confesional que nos demanda la humanidad entera. Y También me temo que con estas mis dispersas y alocadas valoraciones, no creo que un provincial se vuelva a animar a darme una delegación futura para un nuevo evento, y aunque lo hago con mucha gratitud y cariño, más bien me temo ganarme algún malestar, o un ceño fruncido de alguno que otra de los abnegados organizadores del Congreso 50 años SJES. Y bien ganado.