Homilía en las exequias del P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J.

Homilía en las exequias del P. Alberto Gutiérrez Jaramillo, S.J.
  • Diciembre 09 de 2019
  • Enrique A. Gutiérrez T., S.J.
  • Curia Provincial

Nos reunimos en esta mañana para despedir a Alberto Gutiérrez, el sacerdote, el jesuita, el maestro, el historiador, el amigo, el caballero. Pensar en Alberto me transporta inmediatamente a mis años de Colegio en el Mayor de San Bartolomé, cuando él realizaba allí sus años de magisterio y donde dio vida a la coral Haendel. Algunos de sus miembros nos acompañan hoy. A Alberto le decíamos en el Colegio Guty; mis compañeros decidieron llamarme de igual manera.

Por otro lado, las lecturas que acabamos de escuchar nos permiten comprender el sentido y el significado de lo que estamos celebrando: la pascua de un sacerdote, que el pasado martes cumplió 55 años de haber sido ordenado. Su ministerio sacerdotal fue fecundo, su consejo llegó a muchas personas que lo buscaron para encontrar el camino hacia Dios en medio de la dificultad. Supo acompañar a quienes lo buscaban con generosidad y alegría. Los últimos años los vivió como Prefecto de esta Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad. Sus alumnos tanto del Mayor de san Bartolomé, como del Colegio Berchmans lo recuerdan con especial afecto. Cómo no evocar en nuestra memoria las Olimpíadas de los Colegios Jesuitas en Cali, en 1973, cuando él era Rector del Colegio.

Vivió 69 años en la Compañía de Jesús. Durante su vida como jesuita, asumió con seriedad y responsabilidad las misiones que le fueron confiadas tanto en los colegios como en la Universidad Javeriana donde fue profesor, decano y vicerrector del medio universitario. Fueron muchos años de entrega a la cátedra universitaria, especialmente en el campo de la historia; al mismo tiempo, fueron muchos quienes se beneficiaron de sus sabias enseñanzas y disfrutaron de sus lecciones siempre alegres, entusiastas y orientadoras para la comprensión de la historia, particularmente la de la Iglesia.

Como miembro de número de la Academia Colombiana de Historia, ocupó la silla número 13 y desde allí nos mostró el valor de la historia como la comprensión de las realidades que en los diversos momentos de nuestro caminar por el tiempo se han presentado. Aportó sus conocimientos y sabiduría con gran desinterés y pasión.

Hablar de Alberto como amigo es reconocer lo que nos dice el libro sagrado “quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”. La amistad fue uno de los valores que marcó la vida de Alberto. Cultivaba la amistad con gran esmero y cuidado. Los problemas de sus amigos eran sus problemas y buscaba la manera de encontrar solución a esos problemas.

Del valor de la amistad puedo dar testimonio yo, particularmente con mi madre y mis hermanos. A ella la llamaba tía y con mucha frecuencia además de los saludos le mandaba un beso. Todas las semanas preguntaba por su estado de salud.

Como caballero podemos decir que lo fue a carta cabal. Culto en su expresión y cuidadoso en la manera de tratar a las personas. Cercano a los más necesitados, lo podía uno ver con frecuencia atendiendo a quienes se acercaban a él en busca de ayuda para aliviar sus necesidades. Lo hacía de una manera discreta para que la otra persona no se incomodara. Una de sus grandes pasiones y aficiones fue la música. Como director de la coral Haendel compartió su gusto por la música y la amistad de sus integrantes hasta hace muy poco. Daba gusto escuchar los conciertos de Navidad en esta iglesia con motivo de las novenas de aguinaldo.

Como escuchamos en la primera lectura “las almas de los justos están en las manos de Dios”, podemos afirmar que hoy Alberto está gozando de la visión de Aquel que fue el centro de su vida, Jesús el Señor, a quien siguió en la Compañía de Jesús, a quien sirvió en sus hermanos, especialmente los más necesitados. Hoy ha escuchado el “siervo bueno y fiel entra en el gozo de tu Señor”. Ha sido el camino recorrido durante 69 años buscando siempre hacer realidad en su vida lo que San Ignacio nos dice en el número 233 de los ejercicios espirituales “en todo amar y servir”.

La experiencia del sacerdote como pastor nos la describe el Salmo que acabamos de recitar. Es el Señor, nuestro pastor, con Él nada nos falta, y como dice San Pablo nada nos puede separar de Él, Ya sea en la alegría o en la dificultad cuando nuestra vida está centrada en Cristo todo lo podemos sobrellevar. Más aún, cuando somos como el grano de trigo que cae en la tierra y muere, podemos producir fruto abundante. Es la vida del sacerdote que se ha gastado y desgastado generosamente en el servicio a sus hermanos Nos lo dice Juan en el evangelio que ha sido proclamado “al que me sirve el Padre lo honrará”.

Si miramos a la luz de la fe la muerte de nuestro hermano, sacerdote y amigo, Alberto, comprendemos que lo más natural que podemos expresar es un GRACIAS, Señor, desde lo más profundo del corazón, porque nos hablaste a través de la vida de Alberto, porque su testimonio es algo que podemos recordar como el de un jesuita a carta cabal quien hasta la etapa final de su vida habló con las obras de lo que es vivir el seguimiento de Jesús en la Compañía que lleva su nombre, destacándose como jesuita, sacerdote, amigo, maestro, historiador y caballero.

Quiero concluir compartiendo con ustedes lo que el Papa Francisco decía en su homilía del jueves santo de 2013, en la misa crismal hablando a los sacerdotes: “Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres”.

Nuestro sentido pésame a su familia, a sus amigos y hermanos jesuitas. Ha fallecido una gran persona, esto lo sentimos. Hemos ganado a alguien cerca de Dios que interceda por nosotros, los que continuamos en este camino de la vida. Paz en su tumba.

Enrique Gutiérrez T., S.J.

5 de diciembre de 2019

Templo de Nuestra Señora de la Soledad.