Noviembre 29: “Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: estén despiertos”

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Por: Antonio José Sarmiento Novoa, S.J.

Lecturas:

  1. Isaías 63: 16-19 y 64: 2-7
  2. Salmo 79
  3. 1 Corintios 1: 3-9
  4. Marcos 13: 33-37

Es frecuente, en la historia de la humanidad, encontrarnos con crisis, desencantos, pesimismos, sentimientos de fracaso y de vacío existencial. Son muchas y variadas las causas de estos fenómenos, como la  fractura de las grandes utopías que movilizan la historia, el escepticismo ante los ideales, guerras, pobreza, precariedad de los liderazgos, tragedias naturales, pandemias como la que ahora vivimos en este arduo 2020, mentiras e injusticias por parte de los dirigentes, anquilosamiento de las tradiciones religiosas, modelos políticos y económicos carentes de humanismo. Aunque sea muy fuerte reconocerlo, no podemos evadir la inevitable confrontación con estas dolorosas realidades.[1]

¿Equivale esta constatación a convertirnos en profetas de desgracias, capitular ante tantas contradicciones, renunciar al entusiasmo y a la creatividad, a la pasión por la vida, sumirnos en una depresión irreversible?  El pueblo de Israel, al que podemos mirar como un significativo paradigma de nuestras propias biografías y de la historia, nos brinda luces y esperanzas, resurgir de la vida, primavera y resurrección.

¿A qué se nos parece lo que dice la primera lectura, del profeta Isaías? Vuelve el pueblo israelita a su tierra, después de largos años de exilio y cautividad en Babilonia, experiencia de dura confrontación y despojo de los elementos esenciales de su identidad social y religiosa: “Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos y endureces nuestros corazones para que dejen de temerte? Vuelve, por amor a tus servidores y a las tribus de tu herencia!”. [2]

El lenguaje de este texto revela una dolorida conciencia de su desamor a Dios y del alejamiento de los compromisos adquiridos con Él en la alianza, entre líneas podemos percibir el triste  sentimiento de haber merecido la deportación a Babilonia, como castigo por sus infidelidades. Pero ahora, a pesar de ese desastre, viene también la intención de restablecer todo lo perdido, de volver a ser una nación íntegra, animada por ese Dios del que un día se apartaron.

La recuperación de la esperanza se torna imperativo con el compromiso de transformar las realidades presentes[3]. En nuestro país, no por pecados ni por faltas de las comunidades, sino por la gravísima injusticia de grupos armados, señores de muerte y de violencia, muchas buenas personas, principalmente campesinos laboriosos, han sido desposeídos de sus tierras y lanzados al cruel desplazamiento de sus lugares de vida y de trabajo. Eterno drama que sigue afectando gravemente nuestro tejido social a pesar de los logros de los acuerdos de paz. También contribuye decisivamente a este desorden el modelo económico imperante que no propende por la justicia y por la equidad. La tarea histórica nuestra es emprender una vida nueva, en armonía y equidad, creando constantemente las condiciones de posibilidad para la deseada convivencia que permita el desarrollo integral de los habitantes de Colombia[4].

La comunidad judía en la que surge ese texto de Isaías retorna del exilio con el desafío de reconstruír los fundamentos de la nación, la ciudad de Jerusalén, el templo. No era un reto fácil. La mayoría de los exiliados ya se habían organizado en Babilonia y en otras regiones del imperio caldeo. La mayor parte de los que habían llegado desde Judea cincuenta años antes ya habían muerto y sus descendientes no sentían gran nostalgia por la tierra de sus padres. Los profetas los habían invitado continuamente a reconocer los errores que los habían llevado a la ruina, pero la mayoría de la población ignoraba a estos mediadores de Yavé: “Desde hace mucho tiempo somos la gente que tú ya no gobiernas y que ya no lleva tu apellido”[5].

Algunos tomaron en serio el proyecto de restaurar la identidad, las instituciones, la organización de la comunidad, pero no contaron con mayor apoyo, a muchos les parecía que era algo loco e innecesario, para qué retornar a Jerusalén si ya todo está perdido, ausencia total de esperanza. ¿Qué hacer ante tales coyunturas? Pasándolo a nosotros: ¿la corrupción imperante en muchos ámbitos de nuestra sociedad tiene tal poder que echa a pique toda nuestra ilusión de ser un pueblo de gente honesta? ¿Los desequilibrios del modelo económico vigente tienen la capacidad de eliminar nuestras expectativas de justicia, equidad e inclusión? ¿Seremos superiores a estas contradicciones?

Siempre se requiere un resto fiel que mantenga viva la llama del sentido de la vida, de la confianza en el Dios que dinamiza la historia y que suscita movimientos liberadores, que confronta nuestros miedos e inercias para lanzarnos a la tarea de restablecer el sentimiento colectivo de dignidad: “Y sin embargo, Yavé, tú eres nuestro padre, nosotros somos la greda y tú eres el alfarero. Todos nosotros fuimos hechos por tus manos”[6].

No vamos a transformar nuestra realidad convirtiéndonos en profetas de desgracias ni haciendo eco y juego a los políticos que pretenden polarizarnos con fundamentalismos intransigentes. El ser humano nuevo que surge de la experiencia de Dios y del hermano debe estar dotado de creatividad y de vigoroso talento innovador para demostrar que sí es posible instaurar la nueva humanidad[7].

Hacemos estas consideraciones en el comienzo del Adviento 2020, un año fuerte en nuestro mundo, la pandemia del coronavirus es un azote que cubre a todo el planeta, las cifras sobre fallecidos y contagiados son enormes, se hacen ingentes esfuerzos por parte de las entidades sanitarias para prevenir, controlar, dando lo mejor de sí mismos para intervenir con todos los avances de la ciencia médica, pero la COVID-19 de momento no se detiene, su agresividad es desbordante. Esto nos ha obligado a forzadas cuarentenas, a pérdida de empleos y de ingresos económicos, a modificar totalmente nuestros hábitos cotidianos, a experimentar angustia ante la limitación del encuentro presencial con los seres queridos, a no poder acompañar a muchos de ellos en los momentos finales de la vida, a sufrir crisis emocionales profundas.

¿Qué proponemos desde nuestra fe en el Señor Resucitado? ¿Cómo el anuncio de la Buena Noticia de Jesús, hecho con responsabilidad histórica, en honda conexión con estas realidades, se torna alternativa de sentido en estas circunstancias?[8] En ese sentido, entendemos la invitación de Jesús a mantenernos despiertos: “Estén  despiertos ya que no saben cuándo regresará el dueño de la casa. Puede ser al atardecer, o a media noche, o al canto del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de repente y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: estén despiertos”[9]

La interpretación que se daba a estos textos del evangelio que apuntan hacia el futuro o hacia la escatología era muy impregnada de fatalismo y de temor: se tenía en mente a un Dios justiciero que señalaba plazos perentorios que podían cumplirse de un momento a otro, con esto se alimentaba el miedo a Él, se limitaba notablemente el sano disfrute de la vida y la religiosidad se convertía en una amargada y temerosa preparación para la muerte, sin la más mínima incidencia en la justicia o en la fraternidad.

Este miedo funcionó durante siglos, con una imagen mítica de Dios calcada de los emperadores totalitarios o de los señores feudales que hacían y deshacían con sus súbditos lo que se les antojaba. Había pavor a la condenación eterna, muy propio de la cristiandad medieval y barroca, con desafortunada persistencia en no pocas mentalidades y ambientes de nuestro tiempo. ¿Qué tiene que ver eso con el Dios gozoso que viene para nuestra salvación? ¿Cómo recuperar el sentido de lo teologal en cuanto incremento cualitativo de dignidad, de libertad, impulso para una humanidad que, bien arraigada en la realidad, se proyecta a la trascendencia desde unos contextos históricos liberados y liberadores, anticipo de la plenitud definitiva? ¿Cómo regresar de nuestros exilios para realizar la plena narrativa de la liberación? [10]

¿Qué advenimiento espera la humanidad contemporánea? ¿Cómo vivir el espíritu de adviento en sociedades que no esperan nada? ¿Cómo hacer vigente el sentido del Reino de Dios y su justicia con toda la intensidad profética del proyecto de Jesús, del reencantamiento del ser humano y de su historia, de superar el síndrome del fracaso y del exilio?

Nuestro proceso de paz, la reivindicación de las víctimas, la justicia especial para este proceso, la creación de condiciones que hagan posible una convivencia sensata y dialogante, las determinaciones que hagan efectivas  las oportunidades para todos son concreciones del advenimiento del Reino entre nosotros. La esperanza cristiana apunta a la consumación definitiva y al mismo tiempo trabaja con ahínco para demostrar que esa plenitud debe empezar aquí en la historia.

Pablo, animando a los  cristianos de Corinto ante desalientos y crisis entre ellos, dice: “Sin cesar doy gracias a mi Dios  por ustedes y por la gracia de Dios que recibieron en Cristo Jesús. Pues en él han recibido todas las riquezas, tanto las de la palabra como las del conocimiento, al mismo tiempo que se hacían firmes en la fe. Ahora no les falta ningún don espiritual y quedan esperando la venida gloriosa de Cristo Jesús nuestro Señor”[11]. Somos hijos legítimos de la gran utopía de Jesús, la de las bienaventuranzas, la que nos implica en la llegada de este nuevo orden de vida, de dignidad, de esperanza efectiva y afectiva para todos.

Cada vez se perfila mejor: crear un mundo nuevo, fraternal y solidario, sin imperios ni transnacionales explotadores de los pobres, sin compra de honras y conciencias, sin destrucción de la casa común, sin brutales dominios de unos sobre otros, sin esquizofrenia consumista… Tarea apasionante a la que Jesús nos invita y pone en alerta: “Lo que le digo a ustedes se lo digo a todos: estén despiertos”[12].

Vivir el adviento 2020, resignificando nuestra historia, encarnados en la misma, con polo a tierra –solemos decir–, tomando la iniciativa de Jesús que nos invita a vivir en vigilancia creativa, para no derrochar esta oportunidad de dar a todos las mejores y más definitivas razones para la esperanza.

 

[1] Araceli Damián. Crisis global, económica, social y ambiental. Publicado en Revista de estudios demográficos y urbanos. Volumen 30 número 1 (88) 2015, páginas 159-199. Colegio de México, México D.F., 2015 .  Gabriel Careaga. El siglo desgarrado: crisis de la razón y la modernidad. Cal y Arena editores. México D.F., 1989. Bárbara Tuchman. La marcha de la locura: la sinrazón desde Troya hasta  Vietnam. Fondo de Cultura Económica. México D.F. , 1989. Carlos Valverde. Génesis, estructura y crisis de la modernidad. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 1996. Michael Howard & W. Roger Louis (Editores). Historia Oxford siglo XX. Planeta. Barcelona, 1999.

[2] Isaías 63: 17

[3] Jürgen Moltmann. Teología de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1987; Esperanza y planificación del futuro. Sígueme. Salamanca, 1971. El experimento esperanza. Sígueme. Salamanca, 1985. Esperanza para un mundo inacabado. Trotta. Madrid, 2008. La justicia crea futuro: política de paz y ética de la creación en un mundo amenazado. Sal Terrae. Santander, 2010. Moltmann, nacido en 1926, es miembro de la Iglesia Evangélica Luterana de Alemania, vivió con gran intensidad la crisis y el desencanto de la segunda guerra mundial, su propio país embarcado en la demencia hitleriana y nazi, fue obligado a vincularse al ejército, luego prisionero en un campo de concentración. En estas circunstancias conoció a cristianos sólidos, resilientes, y desde ahí empezó su notable aventura teológica y espiritual que tiene en la esperanza cristiana el núcleo de su pensamiento y de su praxis pastoral.

[4] Francisco de Roux. La audacia de la paz imperfecta. Planeta. Bogotá, 2018. Vicenc Fisas. Cultura de paz y gestión de conflictos. Icaria Editorial/Unesco. Barcelona, 1998. Johan Galtung. Tras la violencia tres R: reconstrucción, reconciliación, resolución. Bakeaz Guernica Gogoratuz. Bilbao, 1998. Hans Küng. Proyecto de una ética mundial. Trotta. Madrid, 1991.

[5] Isaías 63: 19

[6] Isaías 64: 7

[7] Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo PNUD. Colombia rural: razones para la esperanza. Informe nacional de desarrollo humano 2011. PNUD. Bogotá, 2011. Horacio Arango Arango, S.J. Razones para la esperanza: textos sobre sociedad, paz, educación y espiritualidad 1998-2016. Centro de Fe y Culturas. Medellín, 2017. Jaume Botey. Construír la esperanza. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2008.

[8] Fernando Ayuso (editor). Tejer historias: comunicar esperanza en tiempos de pandemia. Publicaciones Claretianas. Madrid, 2020.

[9] Marcos 13: 35-37

[10] Milton Schwantes. Sufrimiento y esperanza en el exilio. En https://www.dioscaminaconsupueblo.files.wordpress.com/2013/10/sufrimiento-y-esperanza-en-exilio.pdf

[11] 1 Corintios 1: 4-7

[12] Marcos 13: 37