Marzo 28: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Isaías 50: 4-7
  2. Salmo 21: 8-24
  3. Filipenses 2: 6-11
  4. Marcos 14:1 a 15:47 

En los numerales 101 a 109 del texto de los Ejercicios Espirituales,[1] san Ignacio de Loyola propone al ejercitante considerar en su oración el misterio de la encarnación y lo hace así: “El primer preámbulo es traer la historia de la cosa que tengo de contemplar; que es aquí cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo, viendo que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano; y así, venida la plenitud de los tiempos, enviando el ángel san Gabriel a nuestra Señora”.[2] Y más adelante: “El primer punto es ver las personas, las unas y las otras; y primero, las de la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos; unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos, otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo, etc..[3]

Con esto quiere decir san Ignacio que Dios-Trinidad se implica de modo comprometido en la realidad existencial de los seres humanos, compromiso salvífico-liberador, inserto en todo lo que nos concierne, lo que nos da felicidad y sentido, los que nos hace sufrir y carecer de sentido de la vida, es Dios uno y trino que “ve” la vida como es y decide estar en ella, asume la pluralidad de culturas, de creencias, de etnias, de problemáticas. Esto es normativo en la revelación cristiana: nuestro Dios, el que se nos comunica en Jesús, es un Dios entre nosotros, dentro de nosotros, con nosotros, para nosotros. Con este proceder se marca una pauta fundamental para el cristianismo, esta consiste en que el que decida “ejercitarse” en el camino de Jesús también está llamado a implicarse, como él, en la realidad propia y en la de los otros. Vale decir que nuestra fe es una religión con polo a tierra.[4]

Con estas consideraciones, esperamos “situarnos” en el contexto de esta Semana Santa, el tiempo de mayor intensidad religiosa en el mundo cristiano; las iglesias y diversas denominaciones se dedican con fervor a celebrar y hacer memoria de los acontecimientos decisivos de la vida del Señor Jesucristo, su pasión, su cruz, su extrema humillación, su juicio injusto, su muerte crucificada, su pascua, la legitimación de su historia por el Padre Dios, el desconcierto de los discípulos, el ensañamiento de las autoridades romanas y judías, la vida nueva en el Espíritu, las comunidades del cristianismo primitivo, el ímpetu apostólico, la ruptura con el judaísmo, la expansión misionera, la fascinación cristocéntrica de los primeros siglos del cristianismo. Estos hechos, de indiscutible veracidad histórica, son la concreción de la mirada salvífica de Dios

¿Será esta una repetición de lugares comunes, reafirmación de un pretendido Dios sádico, sediento de sacrificios cruentos, que desea con vehemencia la muerte de su Hijo para aplacar su ira con la humanidad pecadora? O, más bien, ¿serán capaces nuestras comunidades, con sus pastores a la cabeza, de atinar con la Buena Noticia de vida plena y de libertad de la que es portador este Señor, implicado en lo más dramático de la condición humana, encarnado en el reverso de la historia, asumiendo todo el dolor, pecado e injusticia para resignificarlos en clave pascual, en la perspectiva del sentido teologal de la existencia?

¿Resonarán en estas liturgias el clamor de los pobres del mundo, las tragedias monumentales que afectan a muchos como las de Siria, Venezuela, los interminables desequilibrios del Africa subsahariana, Haití,  el silencio vergonzante de los condenados morales, el sufrimiento de millones de solitarios, las cifras de fallecidos y contagiados por la Covid-19,  el vacío existencial de los fanáticos de la sociedad de consumo, la superficialidad de los exitosos y competitivos, la pobreza moral de tantos gobernantes, la perversidad de quienes se ensañan de modo violento contra sus semejantes, la hipocresía de los que se pretenden dueños de la fe y de la moral? ¿Aceptaremos que la cruz de Jesucristo es juicio a los poderes del mundo y profecía de Dios que anuncia el surgimiento de la nueva humanidad?[5]

Jesús es el lenguaje más contundente con el que Dios garantiza la seriedad con la que Él que toma al ser humano, no lo hace de modo triunfalista sino de anonadamiento, de vaciamiento de sí mismo, siguiendo aquella prefiguración con la que Isaías diseña el perfil del Mesías: “El Señor Yahvé me ha abierto el oído, y no me resistí ni me hice atrás. Ofrecí mi espalda a los golpes, mi cara a los que mesaban mi barba, y no hurté mi rostro a insultos y salivazos”.[6]

Este anticipo del Antiguo Testamento también está asumido por Pablo, quien afirma: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo: el cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo”.[7] La palabra griega kenosis, utilizada en el original griego, significa despojo total de sí mismo, renuncia a toda pretensión de poder y de prestigio, rechazo del vano honor del mundo, ruptura con la vanagloria, identificación con los condenados de la tierra, cruz, soledad.[8]

Con esta última constatación hay que hacer frente crítico a una interpretación que exalta el sufrimiento por sí mismo, que entiende la realidad como valle de lágrimas, que se traduce en un ser humano debilitado por un Dios tirano, sumiéndolo en el morbo de la culpa y en la angustia como modo habitual de estar en la historia. Esto no tiene nada que ver con el querer de Dios y con la originalidad liberadora del proyecto de Jesús. El asunto se entiende y se vive cuando lo integramos desde la perspectiva total de la vida que se ofrece a Dios y a la humanidad, para que esa misma vida se vuelva abundancia de dignidad, de amor, de justicia, de apertura trascendente al Padre y al prójimo.[9]

Nos encontrarnos escuetamente con el drama del Señor crucificado, con los muchísimos dramas y crucifixiones del ser humano, con esto se nos conmueven hasta las más hondas raíces del ser. Nunca debemos olvidar que a Jesús lo mataron los jefes del pueblo judío, porque lo rechazaban frontalmente: “Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte, pero no lo encontraban. Eran muchos los que lo acusaban en falso, pero los testimonios no coincidían”.[10]

A Jesús lo mataron porque denunció con fuerza a las autoridades religiosas que, con su manera de entender la religión, oprimían al pueblo con cargas insoportables y humillantes. Él no era un insensato y masoquista que se expuso irresponsablemente a la muerte violenta, tenía claro que sus opciones y sus actuaciones lo hacían potencial víctima del odio político-religioso de los dirigentes y de la animosidad de la turba que se dejaba manipular por sus “guías”, como sigue sucediendo en tantos lugares del planeta, incluído nuestro polarizado país.

La expresión dramática que refiere Marcos es elocuente: “Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir angustia. Les dijo entonces: mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y vigilen. Él se adelantó un poco, cayó en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Decía: ¡Abbá, Padre! Todo es posible para ti; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero sino lo que quieres tú”.[11] Lo que importa es descubrir las poderosas razones que Jesús tenía para para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro de que eso le costaría la vida, decisión del   infamante juicio del sanedrín, con el natural temor propio de su humanidad.

Cuando Jesús comparece ante el tribunal que lo va a juzgar y a condenar, manifiesta con entereza cuál es el fundamento de su conducta: “Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y, poniéndose en medio, preguntó a Jesús: ¿No respondes nada? ¿No oyes lo que estos atestiguan contra ti? Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Jesús respondió: Sí, yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y venir entre las nubes del cielo. El Sumo Sacerdote se rasgó las túnicas y dijo: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos juzgaron que era reo de muerte”.[12]

Poner a Dios como aval de todo su actuar, equipararse a Él,[13] es gravísimo delito para la religión judía, tal pretensión es tenida como blasfemia. En Jesús esto es postura existencial, pone en tela de juicio la lógica religiosa y moral del judaísmo de ese tiempo, relativiza su capacidad de mediación y abre a una nueva perspectiva que está en el mismo Jesús, con lo que se rompe definitivamente la sacralidad de ese establecimiento.

Con la Pasión de Jesús, Dios asume la tragedia de la condición humana, sus múltiples crucifixiones, sus padecimientos del mal decidido por otros, su pregunta permanente por el sentido último de la vida, la incertidumbre que producen los muchos sufrimientos, pero también la búsqueda permanente de las mejores razones para la esperanza. Por eso no podemos seguir explicando esta muerte como el rescate exigido por Dios para aplacar la deuda del pecado. Una interpretación así desconoce la idea de Dios que Jesús desplegó en su vida. Un Dios que es Padre-Madre amoroso no casa con el señor implacable que exige sin piedad que se le pague hasta el último centavo de la deuda.

Para los discípulos, la muerte de Jesús fue una conmoción que, aunque inicialmente los dejó en derrota, luego los llevó al descubrimiento de su genuino ser. Esto implicó un proceso de maduración interior, la fe pascual que les permitió encontrar que el hombre Jesús de Nazareth fue exaltado como el Señor, el Mesías, el Cristo, el Hijo, realidad que se dio como resultado de una evolución en la que el Espíritu suscitó esa experiencia que es el punto clave de la fe: la Pascua. 

Por todo esto: “Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre”.[14]

 

[1] SAN IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales . Introducción y notas al texto elaboradas por Ignacio Iglesias SJ. San Pablo. Madrid, 1996. Conviene recordar que el texto ignaciano fue escrito en el castellano del siglo XVI, en la buena lógica de respetar la originalidad del autor se mantienen su dicción y su escritura. 

[2] Ibidem, número 102. 

[3] Ibidem, número 106.

[4] SCHOONENBERG, Piet. Un Dios de los hombres.  Herder. Barcelona, 1968. GESCHÉ, Adolphe. Dios para pensar VII: el sentido. Sígueme. Salamanca, 2004. CASTILLO, José María. La humanidad de Dios. Trotta. Madrid, 2012. La humanización de Dios. Trotta. Madrid, 2012. La humanidad de Jesús. Trotta. Madrid, 2017.

[5] Ver en PAGOLA, José Antonio. Jesús, aproximación histórica el capítulo 13 Mártir del Reino de Dios. PPC. Madrid, 2007; páginas 371-410. BROWN, Raymond. La muerte del Mesías: desde Getsemaní hasta el sepulcro. 2 volúmenes. Verbo Divino. Estella, 2006. BOVON, Francois. Los últimos días de Jesús: textos y acontecimientos. Sal Terrae. Santander, 2007. SCHÜRMAN, Heinz. Cómo entendió y vivió Jesús su muerte? Sígueme. Salamanca, 1983. VARONE, Francois. El Dios sádico: ama Dios el sufrimiento? Sal Terrae. Santander, 1988. 

[6] Isaías 50: 5-6

[7] Filipenses 2: 5-7

[8] MOLTMANN, Jürgen. El Dios crucificado: la cruz de Cristo como base y critica de la teología cristiana.  Sígueme. Salamanca, 1985. GALEANO, Adolfo. El paradigma cristiano de pensamiento: la revolución cultural del cristianismo. Publicado en Revista Cuestiones Teológicas volumen 38 número 90, julio-diciembre 2011; páginas 235-268. Facultad de Teología Universidad Pontificia Bolivariana Medellín. BOFF, Leonardo. Pasión de Cristo Pasión del mundo. Sal Terrae. Santander, 1980. SARDIÑAS IGLESIAS, Loida. Una hermenéutica de la cruz de Jesús desde el realismo político. Publicado en Revista Facultad de Teología Universidad de Santo Tomás 2015, páginas 297-324. Bogotá. 

[9] SOBRINO; Jon. Jesucristo Liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazareth. Trotta. Madrid, 1993. ARREGUI, José. La cruz de Jesús y la salvación. Publicado en Cuadernos de Teología número 25, 2002; páginas 33-39. Universidad de Deusto, Bilbao. ELLACURIA, Ignacio. El pueblo crucificado: ensayo de soteriología histórica. En https://www.core.ac.uk/download/pdf/47263557.pdf

[10] Marcos 14: 55-56

[11] Marcos 14: 33-37

[12] Marcos 14: 60-64

[13] KASPER, Walter. El Dios de Jesucristo. Sigueme. Salamanca, 1982. URÍBARRI, Gabino. Un resumen condensado de la pretensión de Jesús: la respuesta a los discípulos del Bautista (Mateo 11: 2-6 y Lucas 7: 18-23. Publicado en Revista Proyección Teología y Mundo Actual Año 53 número 221 año 2006, páginas 45-70. Madrid. 

[14] Filipenses 2: 9-11