Mayo 2: “El que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí nada pueden hacer”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Hechos 9: 26-31
  2. Salmo 21
  3. 1 Juan 3: 18-24
  4. Juan 15: 1-8

En los tiempos modernos podemos decir que el pensador alemán Federico Nietzsche ha sido el crítico más fuerte del cristianismo.[1] Sus críticas son acerbas, señala a las iglesias como responsables de sumir a Europa en un idealismo inútil, en el desprecio por la realidad concreta y por la dimensión placentera de la existencia, sus baterías enfilan particularmente hacia San Pablo,[2] a quien considera traidor al espíritu original de Jesús. Ordinariamente se considera a este pensador un enemigo declarado de la fe y, en consecuencia, merecedor de todas las diatribas y descalificaciones de parte de los creyentes fieles y de sus teólogos. Sin embargo, los invitamos a pensar, con beneficio de inventario, en el significado de tales cuestionamientos y a no levantar las armas de la condena sino a descubrir el porqué de tales valoraciones.

Cuando nuestra fe se convierte en prácticas rituales frías y distanciadas de la realidad de las personas, cuando enarbolamos un moralismo y un dogmatismo intransigentes y condenatorios –como los que frecuentemente se hacen contra las comunidades LGBTI[3]–, cuando distorsionamos al buen Dios haciendo de Él y de su voluntad fuente de justificaciones para injusticias y excomuniones, cuando desconocemos la misericordia y la compasión que manifiesta Jesús en los evangelios, cuando en nombre suyo absolutizamos mentalidades y estilos que nada tienen que ver con él, estamos dando la razón a Nietzsche y a otros contradictores. En ese sentido es la invitación que hacemos a revisar juiciosamente nuestro modo de seguir el camino de Jesús, sana autocrítica, muy exigente, para asumir en su originalidad el proyecto del Señor.[4] Aunque resulte muy doloroso, Nietzsche es una buena ayuda para este examen de conciencia.[5]

Lo que queremos decir con este contexto “nietzscheano”, a pesar de su aparente contradicción, es que si no estamos unidos a Jesús a través de una experiencia personal, real, vital, liberadora, nuestro cristianismo quedará reducido a una esterilidad religioso-moral como la que cuestiona con tanta severidad el pensador alemán.

Esto, pensamos, nos ayuda a entender y apropiar lo que propone el evangelio de hoy. Es el muy conocido de la vid y los sarmientos (ramas), para entenderlo bien hay que acudir a su simbolismo bíblico.[6] Con ésta imagen se alude en el Antiguo Testamento al pueblo de Dios, también la higuera y sus frutos, los higos, por ejemplo: “Como uvas en el desierto encontré a Israel, como breva en la higuera descubrí a sus padres”[7] o esta otra: “El Señor me mostró dos cestas de higos… una tenía higos exquisitos, es decir, brevas; otra tenía higos muy pasados, que no se podían comer”.[8] Los higos exquisitos aparecen como figuras de los israelitas que en el destierro permanecían fieles a Yahvé; los muy pasados son figura del rey, de sus dignatarios y del resto que permanecen infieles en Palestina o residen cómodamente en Egipto.

Tanto la vid que da frutos amargos (agrazones) como la higuera se refieren al pueblo judío y a sus gobernantes, que no se han mantenido en la perspectiva de Dios, fomentando la injusticia, el culto religioso externo y formal, la insolidaridad con los pobres y las idolatrías, tan radicalmente fustigadas por los profetas. El fruto que Yahvé esperaba de Israel era el amor a Dios y al prójimo, las dos exigencias en las que se fundamenta la ley religioso-social de este pueblo. 

Practicar ese amor es hacerlo la clave esencial de comprensión de sus opciones y de sus proyectos de vida, es realizar con eficacia la justicia y el derecho, tal era la tarea preparatoria de la antigua alianza en relación con el reinado de Dios prometido. Sin embargo, el pueblo no ha tomado en serio esta definición y deliberadamente ha roto con el proyecto original: “Pues la viña de Yavé Sebaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito. Esperaba de ellos justicia pero brotó iniquidad; esperaba de ellos honradez, pero se oyeron alaridos”.[9]

El mismo Jesús conmina a la higuera-Israel, en el evangelio de Marcos, con estas fuertes palabras: “Al ver de lejos una higuera con hojas, se fue a ver si encontraba algo en ella. Se acercó a ella, pero no encontró nada más que hojas (es que no era tiempo de higos). Entonces le dijo: Que nunca jamás coma nadie fruto de ti”.[10] Con tal expresión Jesús manifiesta el deseo vehemente de que nadie, judío o no, recurra para su alimento-vida a la higuera-institución religiosa o dependa de ella; quiere que la humanidad entre definitivamente en un camino de relación con Dios y con el prójimo,    lo que él propone es una lógica  que supera con creces lo meramente religioso-ritual para aterrizar en la ética del día a día, en lo que aquí llamamos con insistencia la projimidad, ir a Dios se logra a través del ejercicio prioritario de esta, eso es la higuera-vid que da frutos, porque está unida a Jesús.[11]

El juicio tan tajante de Jesús sobre el templo y la institución, que los presenta como el prototipo de lo aborrecible, se debe a que esta ha sido infiel a la misión que Dios le había asignado, ha traicionado el universalismo que debía encarnar y se ha convertido en instrumento de explotación. No es casual que, después de la maldición de la higuera, venga la exigentísima postura de Jesús ante los vendedores que, en las afueras del templo, realizaban su comercio religioso: “Una vez allí, entró Jesús al templo y comenzó a echar fuera a los vendedores y compradores; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y no permitía que nadie transportase cosas por el templo”.[12]

Jesús funda una comunidad nueva, él es el punto de quiebre con la religiosidad fundamentalista de ritos, de disciplinas intransigentes, abriendo la puerta a un horizonte donde el culto agradable al Padre es la ofrenda de la propia vida inspirada en el Evangelio. Este es el marco contextual de la imagen de la vid y los sarmientos: “Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, tampoco ustedes podrán si no permanecen en mí”.[13]

Jesús no ha creado un círculo cerrado, ni un club de perfectos, sino una comunidad en permanente expansión y apertura, ciento por ciento incluyente y acogedora. El fruto es el ser humano nuevo, el Espíritu trabaja con la mayor intensidad para agraciar a quienes, en pleno ejercicio de su libertad, acojan este don y opten por vivir en él, haciendo efectivas las bienaventuranzas, la mesa común, el reconocimiento a la dignidad de cada persona, la supresión de categorías y diferencias detestables, la promoción de los últimos del mundo. Jesús es el canal de esa vitalidad: “Hijos míos, no amemos de palabra, sólo con la boca; sino con obras y según la verdad. En esto sabremos que somos de la verdad…”.[14]

La verdad aquí es la vida que Jesús comunica a quien se une a él: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, dará mucho fruto; porque separados de mí nada pueden hacer”.[15] Quien vive en este amor sigue un proceso ascendente, elimina factores de muerte, todo  lo que san Pablo llama “el hombre viejo”, haciendo cada vez más que el discípulo sea libre y genuino; la fecundidad de la relación vid-sarmientos, Jesús-ser humano, es la novedosa humanidad que tiene en Dios y en la relación con el prójimo, su principio y fundamento.[16]

No está en nuestro ánimo desvirtuar el amplio mundo de lo religioso, con la diversidad y riqueza de sus expresiones, pero sí encarecer que todo él esté saturado de evangelio, de existencia fraternal, servicial y solidaria, porque, de lo contrario, se reduce a “beatería” y a religiosidad exterior. La alternativa es la espiritualidad, la que se origina y alimenta en la vida que es el mismo Señor Jesucristo: “La gloria de mi Padre está en que den mucho fruto, y sean mis discípulos.[17]

Sin estar unido a Jesús no es posible que se dé un discipulado evangélicamente fecundo. Eso se percibe con claridad, cuando en la Iglesia se privilegian lo institucional, lo jerárquico, lo jurídico, lo religioso sin espíritu, surge un cristianismo timorato, con parálisis, sin potencia profética para incidir en la historia.

La fecundidad de Jesús, la viña genuina, se traduce en libertad de espíritu, en creatividad evangélica, en audacia misional, apostólica, en comunidades ricas en realizaciones de servicio, de unión de los ánimos que brindan esperanza y sentido de vida, que alientan en medio de las contradicciones, que acogen generosamente a todo el que a ellas llega en busca de respuestas, que no clasifican ni condenan, ni andan a la caza de herejías, en diálogo constante con las realidades humanas y sociales, con capacidad creciente para anunciar el reino de Dios y su justicia, y para denunciar todo lo que va en contra de la vid verdadera.

Saulo, luego de su conversión el gran Pablo de Tarso, es un típico ejemplo del paso de ser higuera estéril, viña seca, a dejarse alimentar por Jesús, unido como sarmiento-rama a la vitalidad original, esto se testimonia en la primera lectura de hoy, de Hechos de los Apóstoles: “Cuando llegó a Jerusalén, intentó ponerse en contacto con los discípulos, pero todos le tenían miedo, pues no creían que fuese discípulo. Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo presentó a los apóstoles, y les contó cómo había visto al Señor en el camino, y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús”.[18]

 

[1] 1844-1900. 

[2] NIETSZCHE, Federico. El anticristo. Alianza Editorial. Madrid, 1996.  Fue publicado por primera vez en 1895, es su escrito fundamental sobre sus críticas al cristianismo. JASPERS, Karl. Nietzsche y el cristianismo. El Aleph, 2000. ROYO HERNANDEZ, Simón. Friedrich Nietzsche y el cristianismo: de la crítica de la religión a la muerte de Dios. Publicado en revista Aparta Rei Revista de Filosofía número 49 enero 2007 . 

[3] MARTIN, James. Tender un puente: cómo la Iglesia Católica y la comunidad LGBTI pueden entablar una relación de respeto. Lectorum Publications. New York, 2019. 

[4] TAMAYO-ACOSTA, Juan José. Nietzsche y el cristianismo. En Diario El País. Madrid, diciembre 28 de 2000. En https://www.elpais.com/diario/200012/29/opinion/97804442_850215.html  MEDRANO EZQUERRO, Juan Manuel. Tres acercamientos cristianos al pensamiento de Nietzsche: Welte, Vattimo y González de Cardedal. En Revista Brocar número 36 año 2012, páginas 313-339. 

[5] KUNG, Hans. Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo. Ediciones Cristiandad. Madrid, 1979. De esta importante obra del recientemente fallecido teólogo suizo recomendamos el estudio del capítulo IV “El nihilismo, consecuencia del ateísmo”, en el que estudia el pensamiento de Nietzsche y el capítulo V  “Sí a la realidad alternativa al nihilismo”.  Páginas 469-637 de la referida edición. 

[6] Papa FRANCISCO.  El permanecer recíproco entre la vid y los sarmientos. Homilía del miércoles 13 de mayo en la eucaristía celebrada en Casa Santa Marta. 

[7] Oseas 9: 10

[8] Jeremías 24: 1-10

[9] Isaías 5: 7

[10] Marcos 11: 13-14

[11] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS & CONSEJO MUNDIAL DE IGLESIAS. Materiales para la semana de oración por la unidad de los cristianos año 2021: “Permanezcan en mi amor y darán fruto en abundancia Juan 15: 5-9

[12] Marcos 11: 15-16

[13] Juan 15: 4. BEUTLER, Johannes. Comentario al Evangelio de Juan. Verbo Divino. Estella, 2010. Ver especialmente el análisis que el autor hace del segundo discurso de despedida de Jesús en el contexto de la última cena, donde utiliza la imagen de la vid y los sarmientos. 

[14] 1 Juan 3: 18

[15] Juan 15: 5

[16] ELLACURIA, Ignacio. La espiritualidad cristiana en https://www.repositorio.uca.edu.ni/3584/1/La%20espiritualidad%20cristiana.pdf

[17] Juan 15: 8 

[18] Hechos 9: 26-27